domingo 16 de mayo de 2010

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA

La muerte de un Pimpollo

León Estévez, yerno del dictador dominicano Trujillo y compañero de orgías y torturas de su hijo Ramfis, se ha suicidado, ya octogenario. Fue muy famoso, en el peor sentido que puede tener la expresión


MARIO VARGAS LLOSA

Hace unos días, en el piso A3.1 de un edificio que hace esquina entre la avenida Francisco Prats Ramírez y la calle Núñez de Cáceres del barrio residencial El Millón de Santo Domingo, República Dominicana, se encontró muerto a un octogenario llamado Luis José León Estévez que, según testimonio de los vecinos, vivía solo como un hongo y nunca recibía visitas. A todas luces, había puesto fin a su vida por su propia mano, descerrajándose un disparo en la cabeza. La pistola Colt, calibre 45, estaba junto al cadáver, que yacía de espaldas en una cama simple en la que, para entrar en la muerte con más comodidad, el suicida había colocado dos almohadones bajo su espalda. Antes de tumbarse, se había quitado los zapatos. En el cuarto había, además, varias maletas hechas, un teléfono, un televisor y un novenario.
Los testimonios de casi todos coincidían en señalarlo como uno de los más crueles torturadores
Con él desaparece un personaje que fue muy famoso, en el peor sentido que puede tener esta expresión, en los años cincuenta del siglo pasado, durante la llamada Era de Trujillo, esos 31 años (1930-1961) en los que el Generalísimo Rafael Trujillo Molina, Jefe Máximo y Benefactor y Padre de la Patria Nueva, fue el amo y señor -un verdadero dios- de la República Dominicana. León Estévez era entonces oficial de la Fuerza Aérea, íntimo amigo y compañero de francachelas, correrías y orgías del hijo mayor del dictador, Ramfis Trujillo, del que sería también asesor y cuñado pues tuvo la suerte de casarse en 1958 con Angelita, la hija mimada de Trujillo. A ésta se la proclamó Reina en el más fastuoso acontecimiento de la Era, la Feria de la Paz y la Confraternidad del Mundo Libre, con que en el año 1955 se celebraron los 25 años del Generalísimo en el poder. Cerca de 70 millones de dólares costaron los milyunanochescos festejos en los que participaron las coristas del Lido de París, la orquesta de Xavier Cugat y delegaciones de 42 países "libres" del mundo, muchos presidentes, entre ellos el brasileño Juscelino Kubitschek, y dignatarios internacionales como el cardenal Spellman de New York. El vestido de su Graciosa Majestad, Angelita I, confeccionado por dos célebres modistas romanas era de gasa, encaje y 45 metros de armiño ruso. Su toga era idéntica a la que llevó la reina Isabel de Inglaterra en su coronación.
Angelita Trujillo está todavía viva, en Miami, donde, desde que se volvió una born-again Christian, suele cantar himnos bíblicos en las iglesias evangélicas. Últimamente ha publicado unas memorias en las que muestra una frialdad polar para con su primer esposo, León Estévez, incluso en un tema delicado que debió de ser materia de los primeros conflictos en el matrimonio. La inverificable leyenda dice que Angelita se prendó de un joven oficial, el teniente Jean Awad Canaán, quien murió por esa época en un oportuno accidente. La familia de éste no creyó nunca que aquella muerte fuera casual y acusó siempre al marido de Angelita de haberla provocado, por celos. En estos días, con motivo del suicidio de León Estévez, la hija de aquel teniente, Pilar Awad Báez, ha resucitado aquellas acusaciones.
Gracias a su matrimonio y su amistad con Ramfis, León Estévez hizo una carrera meteórica. Fue nombrado director de la Academia Militar Batalla de las Carreras a los 23 años y muy poco después ascendido a teniente coronel. Pero su fama de entonces no se debía a sus méritos profesionales, sino a su elegancia y su apostura. Aunque su seudónimo era Pechito la gente común y corriente, y sobre todo las muchachas, lo llamaban "Pimpollo", es decir, guapo, galano y gentil. En las fotos aparece siempre vestido de manera impecable e imitando el atuendo y las coqueterías de Ramfis, los anteojos oscuros Ray Ban, el bigotito recortado a la manera de los astros del cine mexicano como Arturo de Córdoba, los zapatos brillando como espejos y la sonrisita de triunfador.
En los años noventa, cuando yo investigaba sobre la Era de Trujillo, el nombre del teniente coronel Luis José León Estévez se me aparecía por doquier en los testimonios escritos y orales y casi todos coincidían en señalarlo como uno de los más crueles y feroces torturadores y asesinos de aquellos años terribles, sobre todo en los seis meses que siguieron a la muerte del dictador, cuando Ramfis Trujillo, al frente de las Fuerzas Armadas (Balaguer era el presidente nominal) desencadenó una vertiginosa represión en venganza por el asesinato de su padre, en que cientos de dominicanos fueron torturados y asesinados por todo el país. Es seguro que Pechito estuvo en la Hacienda María, de Ramfis, el día que seis de los ajusticiadores del tirano fueron arrebatados a la Justicia, secuestrados por militares y llevados allí para que Ramfis y sus compinches, con vasos de whisky en las manos, los mataran a balazos. Por participar en este crimen, Pechito Estévez fue condenado en contumacia a 30 años de cárcel en febrero de 1965. Pero no cumplió un solo día tras las rejas, porque ya vivía en el exilio, y en 1977, por prescripción de la pena, pudo volver a Santo Domingo, donde se convirtió en un próspero empresario.
En el exilio se había separado de su mujer, a la que acusó de haber "secuestrado" a sus tres hijos, contraído una nueva unión con una señora acomodada, y experimentado una conversión a una forma afiebrada y extrema del catolicismo. Se lo decía miembro de una organización integrista, tal vez el Opus Dei. Yo visité la iglesita donde el Pimpollo oía misa todas las mañanas y pasaba el copón de las limosnas. Aparentemente estaba ya desencantado de la política, pues, en la cena que me organizó el simpático Kalil Haché, antiguo secretario de Trujillo, para que pudiera conversar con los trujillistas sobrevivientes y fieles a la memoria del tirano -la más inolvidable de todas las cenas a la que me ha tocado asistir- el teniente coronel no se hizo presente. Sólo le interesaban entonces la religión y los negocios.
Después de muchas gestiones e intermediarios, aceptó recibirme en su despacho. Había dejado de ser un Adonis hacía tiempo, pero conservaba la pulcritud en el vestir. Era un hombre frío, desconfiado, y no ocultaba su veneración a la memoria de Trujillo. En un momento dado, me dijo que había conversado con una mujer humilde a la que el Jefe le había besado los pies porque ella, en la cama, le dijo que los tenía muy fríos. "Ya ve usted, en contra de lo que se dice, era un hombre compasivo", concluyó.
Le recordé que casi todos los dominicanos que habían sido torturados en la época de Trujillo en la cárcel La Cuarenta y sentados en la famosa Silla Eléctrica para recibir descargas que les quemaran el cuerpo, aseguraban que él siempre estaba allí, presenciando el horror, y muchas veces participando en él con su inseparable fusta de jinete, con la que le gustaba azotar a las víctimas. Añadí que, sin ir muy lejos, mi amigo José Israel Coello, que me acababa de dejar en la puerta de su despacho, había sido una de ellas, y que todavía le quedaba en el cuerpo algún rastro de las cicatrices de los fustazos que le infligió mientras, amarrado en la silla, recibía descargas eléctricas.
Estuvo mirándome un buen rato en silencio, mientras palidecía. Pensé que iba a echarme de su oficina o agredirme. Pero se limitó a murmurar, con un gesto de disgusto: "Si quiere que le diga la verdad, no me acuerdo de ese episodio". Su respuesta me produjo un escalofrío. Probablemente era cierto, lo habría hecho tantas veces y con tantos, que ya no quedaban caras y nombres concretos de los martirizados en su memoria.
Ahora veo en los diarios de Santo Domingo que algunos de los disidentes antitrujillistas que sobrevivieron a las torturas de La Cuarenta, como la doctora Asela Morel, que estuvo allí presa con las hermanas Mirabal, han recordado las siniestras hazañas que perpetraba Pechito Estévez, en 1961, en aquellos calabozos inmundos, oscuros, llenos de humo, sangre, injurias y dolor, en una época en que, casi por doquier en América Latina, las dictaduras perpetraban monstruosidades parecidas.
Los jóvenes dominicanos de nuestros días deben oír hablar de todo aquello como de algo prehistórico. Por fortuna, su país ha dejado atrás y cada día se aleja más de semejante barbarie. Es uno de los países latinoamericanos donde la democracia ha arraigado mejor y donde unas políticas sensatas han traído progreso económico e institucional considerable. Desde luego que hay mucha pobreza todavía y la violencia no ha desaparecido en la vida social. Pero, comparada con el horror de aquellos años, la situación actual está a años luz de la de entonces, aunque sólo fuera porque en la República Dominicana de hoy un Pechito Estévez sería inconcebible.

El País - 16/05/2010

viernes 2 de abril de 2010

miércoles 24 de marzo de 2010

domingo 21 de marzo de 2010

Homenaje







[Miguel Delibes se ha marchado. Nos ha dejado su obra. De su vida tengo los recuerdos, la lectura siempre reiterada de El camino y Los santos inocentes. Me quedaron las ganas de leer toda su larga producción literaria; esa relación tan especial que hay en su narrativa entre la infancia y la naturaleza. Y algo que me hizo comparar a España, o lo que de ella queda, en el léxico de los dominicanos. El castellanismo de Delibes me llevó a pensar en mi país. Ya muerto, solo nos queda la relación de un escritor con la naturaleza y lo que con ella podremos hacer más adelante. Delibes también es, en su lengua, América] maf


ANTONIO MUÑOZ MOLINA IDA Y VUELTA

Delibes, a lo lejos

ANTONIO MUÑOZ MOLINA


Miguel Delibes

Miguel Delibes era uno de esos hombres que dan la sorpresa de ser más altos de lo que uno había imaginado. Era más alto en persona y tenía una cara saludable y jovial, con el lustre rojizo de quien pasa mucho tiempo al aire libre, y en cuanto se empezaba a hablar con él se deshacía el malentendido de esa expresión quejumbrosa de las fotografías. Alto y robusto, más colorado por comparación con la palidez de casi todos los demás, lo vi una vez moverse a grandes zancadas por un salón oficial, con una chaqueta de pana, con una corbata de nudo más bien descuidado, mostrando sin apuro su irritación por uno de tantos chanchullos culturales españoles. Estaba hondamente irritado pero se mantenía tranquilo, con la ecuanimidad del desencanto y del sentido común, porque era un hombre cordial al que no puedo imaginarme arrastrado por la bronca española, por la interjección y el mal modo que entre nosotros se confunden tantas veces con la valentía. A Miguel Delibes los escritores más jóvenes habíamos empezado a no leerlo porque nos parecía demasiado español y demasiado castellano, cuando nosotros aspirábamos tan ansiosamente a ser cosmopolitas, pero lo cierto es que en sus actitudes, en su misma presencia, había algo que lo volvía ajeno al modelo de escritor español al que estamos más acostumbrados. En España gustan los personajes chulescos, quizás por un hábito muy antiguo de servilismo al que manda, y la mala educación se considera un síntoma de autenticidad, hasta de recia hombría. En España conviene ser arrogante, porque al que no lo es tiende a mirársele por encima del hombro, y porque es un país pomposo en el que hinchar el pecho y ahuecar la voz gana inmediatas simpatías. En España el desdén sarcástico se interpreta como un signo seguro de inteligencia, y el franco entusiasmo por algo, la abierta admiración, son tan perjudiciales como la llaneza.

En las grandes novelas de Delibes hay observación meticulosa de los trabajos y las ensoñaciones de la gente común

En un país así, Miguel Delibes resultaba una anomalía. A nosotros se nos pasó la costumbre de leerlo porque teníamos la aspiración de convertirnos cuanto antes en novelistas anglosajones, pero lo cierto es que quien más se parecía en sus actitudes a un novelista inglés o americano era Miguel Delibes. Miguel Delibes vivía retirado escribiendo y dando largos paseos por el campo. Era escritor porque escribía libros, no porque interpretara el personaje público de escritor a la manera española, a la manera francesa o latinoamericana. España es un país perezoso en el que siempre tienen éxito las coartadas para no leer a alguien. Delibes, se decía, era costumbrista y escribía sobre el campo, y el campo era una antigualla bochornosa para quienes aspirábamos a ambientar nuestras novelas en las grandes metrópolis internacionales: nosotros, que en la mayor parte de los casos no habíamos hecho más viajes al extranjero que los que nos pagaba el Ministerio de Cultura. Si Delibes hubiera sido propenso a los exabruptos de soberbia quizás le habríamos hecho más caso. Pero por no tener ni siquiera tenía una leyenda: no podía decirse que hubiera pertenecido a la cultura antifranquista, no se había exiliado; no circulaban sobre él esas historias de malditismo etílico que tanto contribuyen entre nosotros a cimentar una fama literaria. Miguel Delibes vivía en Valladolid como un funcionario y era padre de familia numerosa. La vejez y la enfermedad lo fueron volviendo discretamente invisible.

Una mañana de sábado, en la quietud algo tibetana de una gran biblioteca universitaria, he repasado alguno de los libros suyos que más me gustaron. El silencio y la lejanía, la rara conciencia de que Miguel Delibes acaba de morir, afilan el recogimiento de la lectura, su cualidad de regreso a un lugar muy querido que uno dejó de frecuentar hace demasiado tiempo. Me gusta ver en la estantería, en el edificio donde hay tantos millones de volúmenes a los que esta mañana casi nadie se acerca, los lomos alineados y familiares, la tipografía y la encuadernación de los viejos libros de Destino, en ediciones que en algunos casos son las mismas que yo leía de muy joven en otra biblioteca mucho más humilde al otro lado del océano. En las cosas que se han escrito sobre Miguel Delibes estos días no ha sido infrecuente un cierto tono de condescendencia: el novelista de la vieja Castilla, el cronista de un mundo rural extinguido, el hombre bondadoso y sencillo. Pero las mejores novelas de Miguel Delibes desprenden un fulgor casi doloroso, en el que la belleza del mundo natural y el desamparo de los inocentes son profanados con mucha frecuencia por la fatalidad que persigue a los que no tienen nada, por la brutalidad de los fuertes, por el cambio de los tiempos, que arrastra por igual lo mejor y lo peor, y que en un país como la España de los años sesenta trajo oleadas simultáneas de prosperidad y devastación. El costumbrismo es una falsificación azucarada de lo singular, de lo aparentemente primitivo. Lo que hay en las grandes novelas de Miguel Delibes no es costumbrismo sino observación meticulosa de las vidas humanas y de los trabajos y las ensoñaciones de la gente común; un oído tan exacto para los nombres de las cosas, de los animales y las plantas, como para los matices del habla. Pero el resultando, siendo tan verídico, tiene el poderío y la originalidad de una completa invención literaria. De quien está cerca Miguel Delibes en El camino, en Las ratas, en Diario de un cazador, en La mortaja, es de Juan Rulfo y de su aspereza alucinada. Pero aunque su Castilla puede ser tan severa y violenta como la Jalisco de Rulfo, también hay en ella, en el modo en que un personaje huele la resina de un pinar en el viento un poco antes del amanecer o ve ascender misteriosamente un búho sobre las ramas de un olivo, una sugestión de paraíso que no se pierde nunca del todo. Y los paisajes campesinos de Delibes no están fuera del tiempo ni al margen de la explotación de unos hombres por otros, ni a salvo de la destrucción que provocan con la misma eficacia la negligencia y la codicia. Quizás no hay tarea más difícil para un novelista que la de mirar el mundo integralmente con los ojos de un personaje y la de dejar a un lado su propia voz y transmutar su escritura en una voz del todo ajena a él mismo. En la novela contemporánea española no hay miradas o voces más verdaderas que las de las criaturas inventadas de Miguel Delibes: un niño asustado por la cercanía de la edad adulta, una criada pobre, un bedel de instituto aficionado a la caza, un retrasado mental, un hombre viejo que va viendo aproximarse el final tedioso de la vida, una esposa provinciana comida por el rencor. En Los santos inocentes, el relato, el habla, el punto de vista, el interior de la conciencia, se funden y se transforman en un solo flujo narrativo, entrecortado de ritmos de poema en prosa.

En el silencio de la biblioteca oigo mi propia voz murmurando unas líneas de Miguel Delibes que se convierten, tan lejos, en una oración funeraria.

(de El País 20/03/2010)

viernes 19 de marzo de 2010

Letras de memoria

Andrés L. Mateo

Los intelectuales dominicanos en el siglo XX


A finales del siglo XIX y principios del XX las propuestas de regeneración social de los intelectuales, sus incertidumbres ideológicas y su protagonismo, estaban en relación con la realidad histórica que, muy precariamente, sostenía las estructuras maltrechas del Estado Nacional y dejaba flotar las dudas respecto de la viabilidad de una identidad propia del ser dominicano.

La aventura intelectual dominicana, y particularmente sus expresiones liberales, arribarán al siglo XX con una pobre visión de sí misma, y con el lastre de frustraciones infinitas en sus vínculos con el poder político.

La primera de ella amarga por lo patética, y dibuja la línea maestra de una decepción recurrente que desembocará en sumisión y tragedia. Nuestro paradigma apostólico, Juan Pablo Duarte, cuyas prístinas reflexiones liberales dieron fundamento al proceso de separación de Haití, se asemeja más, por su sacrificio, a un mártir del santoral cristiano que a un luchador por la Independencia armado de un conjunto de ideas. La verdadera fuerza del ideal duartista es su debilidad, la conciencia necesaria que cree en la viabilidad de la nación, sin ningún retroceso, y que la hace surgir de su propia desdicha.

Con Juan Pablo Duarte se inicia el descrédito del pensamiento en el país.

En el terreno de la cultura y la política, esta contraposición adoptó dos denominaciones pintorescas: “Afrancesados y filorios”. Los “afrancesados” tenían sus dudas respecto de nuestras posibilidades de cuajar en nación, y hacían burlas del pensamiento duartista llamándolo “filorios”. Ellos preferían una vía segura que garantizara el proyecto de separación, y veían en el protectorado un camino sin tropiezos para consolidar el plan. El muy célebre cónsul francés, André de Lavasseur, daría su nombre al intento, y las pinceladas de su estrategia deberían ser nuestro primer gestuario del desapego, la primera duda de nosotros mismos, en el residuo del movimiento trágico que arrastra las circunstancias de nuestra identidad.

Los “afrancesados” se volcaban sobre el “buen sentido” de su conciencia de clase, y se definían a sí mismos como pragmáticos. Para concebir la utilidad abstracta de su oponente en el escenario de la historia, llamaban a los duartistas “filorios”, una manera galante de proclamar su inutilidad, de arrinconarlos en una denominación que los petrificaba en las artes, en el teatro, la literatura, la filosofía, pero que los descalificaba para la política.

En la pintura temática de la historia dominicana, pragmáticos contra idealistas será, desde entonces, la disyuntiva, en ese esfuerzo inmisericorde por otorgar corporeidad en dos adjetivos de esencia, al despiadado combate de intereses escenificado desde el inicio de la vida republicana. Duarte sería el “filorio” por excelencia. Su legitimación lo deja siempre congelado, le permite esquivar lo real, remontarse en la proceridad, sin abandonar la ilusión de que su rasgo constitutivo es la idea.

La independencia misma es un movimiento sinuoso (Pedro Henríquez Ureña la definía como un proceso, que incluye la figura de don José Nuñez de Cáceres y su gesta truncada de la “Independencia Efímera”, hasta el final de la Restauración), de caídas y recaídas, que se comprende mejor si se observan esos momentos encrespados en los cuales el liberalismo aflora, como idea, como pensamiento, para luego volverse a hundir.

Ese será el signo primigenio de una impotencia, que marcará por siempre al liberalismo en su relación con la política práctica, dejando a los intelectuales del siglo XIX prisioneros de un tema angustioso: la inviabilidad de la nación dominicana.

Incluso el lastre teórico de la imposibilidad de una nación lo tomará el liberalismo de signo positivista, hegemónico entre los intelectuales dominicanos a partir de la llegada del humanista Eugenio María de Hostos, pero sobre todo, después de 1880, fecha en que el hostosianismo funda la Escuela Normal laica.

Quizás la imagen más esclarecedora, con respecto al destino de los intelectuales, sea la figura del maestro Eugenio María de Hostos tomando el camino del extrañamiento, espantado ante las atrocidades del gobierno de Ulises Heureaux, que había surgido, contradictoriamente, del seno mismo del Partido azul. Con esa huida hacia Chile se cierra el siglo XIX dominicano, forzando al repliegue del normalismo positivista hostosiano, y su expresión política liberal.

El pensamiento dominicano del siglo XX se revitaliza con la fiebre del arielismo americano. La publicación en el 1900 del libro Ariel, de José Enrique Rodó fue un acontecimiento particularmente significativo para el continente americano; su impronta se difundió rápidamente en la República Dominicana, y los intelectuales se sumaron a la algarabía proclamada de una aristocracia espiritual, llamada a flamear como bandera espiritual. El impacto de esta influencia fue tal que la primera edición del libro de Rodó fuera del Uruguay la publicó en el 1901 Enrique Deschamps en la “Revista Literaria”.

El antimperialismo pánfilo, el optimismo y el elitismo melancólico del arielismo, hallaron en el país el caldo de cultivo del nacionalismo como un credo de redención sublime. Las condiciones no pudieron ser más favorables para que se regara como pólvora el nuevo lenguaje de la “renovación”. El hostosianismo tomó nuevos aires con el lenguaje alado del arielismo. Las juventudes pensantes sintieron que se alejaba la desesperanza, sobrevenida en sucesivas guerras fratricidas, luego de la muerte del tirano Ulises Heureaux. Todo se tiñó de ansias inaguantables de renovación, y cuando se produjo la intervención norteamericana de 1916, nada mejor que el rechazo rodosiano a la “nordomanía”, y al paradigma norteamericano carente de refinamiento y atravesado por la supremacía del pragmatismo. El arielismo entonces invadió las tribunas.

Figuras como Santiago Guzmán Espaillat, Rafael Estrella Ureña, Ercilia Pepín, Francisco Prats-Ramírez, Joaquín Balaguer, César Tolentino, y muchos otros, se destacaron como oradores y escritores con los signos inflamados del nacionalismo y el antimperialismo rodosiano. Hasta el 1925 la influencia del arielismo es un impulso estimulante; más allá, se fue revirtiendo en su propia noción de los menos sobre el número, hasta transformarse en el discurso más instrumentalizado por el trujillismo emergente, que aprovechó la raíz aristocrática del universo de Rodó, para racionalizar su propia práctica.

Al surgir el trujillismo, la herencia hostosiana era todavía predominante en la cultura y la educación dominicanas, aunque no como un todo orgánico, ya que los discípulos directos de Hostos tomaron banderías políticas distintas, “orientando sin dirigir el caudillismo horacista y jimenista”. Sus discípulos continuadores de su credo filosófico se diluyeron en las luchas nacionalistas de la “pura y simple”, llegando a conformar partido político, y terminaron divididos ante la gestión de Horacio Vásquez, para dar, al final, “sustancia ideológica al régimen de Trujillo”.

Quizás el primer pensador dominicano que se aproxima a la conformación de un sistema ideológico, sea el doctor Américo Lugo. Sus ideas son la expresión más problematizada del hostosianismo viviente en el seno del trujillismo que nacía. Se negó a construir un pasado oficial aún a riesgo de su vida, y dio un ejemplo de verticalidad en su postura nacionalista, al asumir, frente a la intervención norteamericana de 1916, la dirección intelectual del rechazo a las tropas de intervención, y proclamar el no-reconocimiento de los actos jurídicos del poder interventor.

La cultura dominicana tenía entonces, además, otros paradigmas, como don Emiliano Tejera, quien “pese a haber vivido en la mejor época del positivismo en la América Hispana no fue positivista”. Pero por su tradición conservadora, el fundamento hispánico recalcitrante, y su papel de autoridad intelectual de gobiernos en la tradición del autoritarismo (como el de Ramón Cáceres), la incidencia de su pensamiento no era conflictivo.

Más influyentes son, todavía, los integrantes del pequeño retablo del positivismo hostosiano, quienes, además de Américo Lugo, contaban con pensadores cuyas preocupaciones por la cuestión nacional, y los argumentos recurrentes utilizados para explicar el entorno social, habían hecho fortuna entre las élites pensantes. Entre ellos, los de mayor reconocimiento social eran José Ramón López, activo y polémico comunicador, y el escritor, novelista y pensador, Federico García Godoy.

López inició en el país un estilo agresivo de análisis de la identidad del dominicano, particularmente del campesinado, y desde la crudeza del pensamiento positivo reprodujo entre nosotros las ideas con las cuales las élites latinoamericanas estigmatizaron al campesinado, en nombre de la noción de progreso. Un libro como La alimentación y las razas, es un clásico ejemplo de ese tipo de pensamiento americano que, a partir de la década de los años treinta, hizo de la contraposición entre la ciudad y el campo una dicotomía trágica que marcaba a sangre y fuego el camino del desarrollo.

Nada hay más parecido a la patria que sus intelectuales

Pero en su conjunto, tal y como quedó establecido en el siglo XIX, las ideas de estos pensadores se pueden resumir en un catálogo de deficiencias formativas que se constituyen en taras infranqueables, a la hora de formar una nación de acuerdo con los paradigmas occidentales. Existen matices entre uno y otro, pero hay un factor común: la inviabilidad de la nación dominicana.

En este periodo aparecen otros grupos, como “Paladión” y “Ultra”, vinculados a la amplia movilidad social de los años veinte. Por sus valores extremos el caso más destacado es el de “Paladión”. Creado alrededor de 1918-1920, sus integrantes son reconocidos arielistas y ardientes preocupados por los problemas sociales. Su prédica es abiertamente socialista y reivindicativa, con un lenguaje que evidenciaba la lectura de carácter social que se difundía en el mundo con motivo de la revolución bolchevique, en Rusia. Aunque “Paladión” era un grupo literario, su actividad trascendió a lo político, diluyéndose su algarabía en el trujillismo, y permutando en la entrega total de sus intelectuales, las confusas ideas socialistas de la época. Sus integrantes más renombrados fueron Francisco Prats Ramírez, Armando Oscar Pacheco, Virgilio Díaz Ordoñez, Rafael Paíno Pichardo, Horacio Read, Julio Alberto Cuello.

En la República Dominicana, quizás por la apabullante hegemonía del pensamiento de Eugenio María de Hostos, y en correspondencia con el desarrollo de la estructura económica del país, las ideas socialistas no se difundieron con un trabajo sistemático, ni contaron con grandes figuras intelectuales que la asumieran. El trabajo de divulgación de Adalberto Chapuseaux, quien escribió El porqué del bolcheviquismo, en el año 1925, y Revolución y evolución, en el 1929, no tenía organicidad, ni influyó decisivamente en el pensamiento de los intelectuales criollo de aquellos años.

Lo cierto es que todas las propuestas intelectuales confluyen en los años veinte, en la especial circunstancia del surgimiento del trujillismo, dándole un matiz de síntesis trágica a la unidad forzada que en el terreno del espíritu provocará poco después el régimen.

¿Cuál fue el trabajo de los intelectuales en la “Era de Trujillo”?

Sin dudas que la legitimación del poder despótico, pero el trujillismo acumuló factores sobredeterminantes de lo social, lo económico y político en tal nivel, que la justificación ideológica echaba manos con mayor frecuencia de la pasta divina del propio Trujillo, que de la racionalización expresada como producto intelectual. Trujillo se transformó en una verdad superior, cuyo nutriente fundamental era el mito.

A lo largo de treinta y un años de dictadura la producción intelectual llegó a alcanzar un volumen considerable, y siendo, como era, capital en la estructura de dominación, se levantaba sobre un cierto fondo común, sobre una verdadera economía de pensamiento, que salía armada de símbolos, de valores, socializados en una palabra que identificaba la epopeya, y ocultaba al sujeto individual. Vista en su conjunto, la producción intelectual en el trujillismo es un coro griego, el signo de una épica, la vía de un vínculo que hace indiscernible la individualidad de pensamiento. Todo ocurre como si la inflexión de un pensamiento en el absolutismo agotara los mismos símbolos, las mismas deshistoricizaciones, la misma ecuación decorativa de hipérboles. Es como si toda habla fundara la misma felicidad de las palabras.

De esa legión de intelectuales sólo se pueden mencionar unos pocos, entre los que sobresalen Joaquín Balaguer, Manuel Arturo Peña Batlle, Fabio A. Mota, Ramón Marrero Aristy, Víctor Garrido y Rafael Vidal. De entre ellos, Manuel Arturo Peña Batlle es la figura espectacular porque, contrario a toda esa intelectualidad degradada, él llevó al trujillismo el único pensamiento ancilar que tenía una reflexión completa, formando una culturología de base histórica, que había reflexionado conservadoramente la cuestión nacional antes de que Trujillo tomara el poder.

A pesar de la relación conflictiva del trujillismo con el pasado, son las vicisitudes y las propias ideas del pensamiento del siglo XIX las que le sirven a los intelectuales para legitimar el despotismo. La esencia del pensamiento intelectual trujillista es remontarse sobre la incertidumbre del ayer, regocijarse en el bullicio y el alarde de las conquistas logradas por Trujillo. La retórica verbal que proclama esta superación del pasado, repetida sin cesar, fue, en rigor, el trabajo del pensamiento en la “Era”.

Tras la caída del régimen de Trujillo se abrió ante nuestros ojos, en un periodo relativamente corto y brusco, la desmesurabilidad de una época que sacaba a la luz contradicciones que habían ido madurando a lo largo de cientos de años. La muerte de Trujillo significó nuestra incorporación tardía a las corrientes del pensamiento universal que se nos había escamoteado. Al país llegaron las ideas del pensamiento social que habían germinado en el mundo americano en los años veinte. Marxismo, sociología, economía política, arte comprometido, y hasta una nueva visión de la historia comenzaron a difundirse, en medio de una febril actividad sindical y de organización de partidos políticos, estremecidos todos por la gran movilidad social que caracteriza la época.

Por primera vez figuras intelectuales ejercían, al mismo tiempo, el magisterio político. Juan Bosch y Juan Isidro Jimenes Grullón perfilaron de inmediato una correspondencia entre práctica política y pensamiento, cuya influencia trasciende hasta nuestros días. Corpito Pérez Cabral, recién llegado al país con una aureola de intelectual de izquierda, acaparó una corriente del pensamiento de inspiración marxista, pese a que su libro La comunidad mulata se convertirá, unos años después y tras la decepción de la guerra de abril de 1965, en una recuperación inexplicable de las diatribas contra la identidad del dominicano y la tesis de la inviabilidad de la nación, del siglo XIX.

Esa gigantesca movilidad social tuvo también una reacción jacobina contra la interpretación de la historia, y el arte y la literatura entroncaron violentamente con los acontecimientos a partir de una práctica escritural que aspiraba a relacionar el espíritu con la historia en movimiento. De esas jornadas surgirán movimientos como el de “Hacia una nueva interpretación de la historia”, poco después de la segunda mitad de la década de los años sesenta, en el cual toda la historiografía fue sometida a profundo cuestionamiento, a partir de los métodos diversos de las ciencias sociales que habían entrado al país. Historiadores como Franklín Franco, Emilio Cordero Michel, Hugo Tolentino, Roberto Cassá, y otros, influidos por el método del materialismo histórico, comenzarán a desmontar toda la historiografía tradicional. E intelectuales de la categoría de Frank Moya Pons iniciaron entonces lo que es hoy ya una visión total del proceso histórico dominicano, desde una intelección que se basa no sólo en la búsqueda de las fuentes documentales tradicionales, sino en el cotejo de fuentes diversas, en el testimonio de la oralidad, y en la interpretación. Así como en el registro de la prehistoria que, en la figura señera de Marcio Veloz Maggiolo, acumula una bibliografía contundente.

Es difícil abarcar en un breve esbozo el numeroso grupo de intelectuales dominicanos que cierra el siglo XX en plena producción. Bastaría citar, entre muchos otros, a pensadores y creadores del nivel de Carlos Esteban Deive, Fernando Pérez Memén, Enriquillo Sánchez, Manuel Núñez, Federico Henríquez Gratereaux (empecinado en delinear una teoría sobre la dominicanidad), Pedro Delgado Malagón, Bernardo Vega (recopilador y analista de la más basta bibliografía sobre Trujillo), José Israel Cuello, Diógenes Céspedes, Wilfredo Lozano, Rubén Silié, José Rafael Lantigua, Manuel Matos Moquete, Pedro Peix, Mukien Sang, Tony Raful, Juan Daniel Balcácer, José Chez Checo, Rafael Emilio Yunén.

A partir del conjunto de determinaciones históricas que sucintamente hemos tratado de presentar, los intelectuales dominicanos en el siglo XX libraron su combate. Pesimistas, en la mayoría de los casos. Atrincherados y humillados pretendiendo dar cuenta de la posfactualidad del poder. Amanuenses, ancilares de palacio o burdos apologistas de lo que sea. Escudriñadores silentes del devenir, o parias rencorosos. En la aventura espiritual de la dominicanidad, nada hay más parecido a la patria que sus intelectuales.

Quizás el primer pensador dominicano que se aproxima a la conformación de un sistema ideológico, sea el doctor Américo Lugo. Sus ideas son la expresión más problematizada del hostosianismo viviente en el seno del trujillismo que nacía. Se negó a construir un pasado oficial aún a riesgo de su vida, y dio un ejemplo de verticalidad en su postura nacionalista, al asumir, frente a la intervención norteamericana de 1916, la dirección intelectual del rechazo a las tropas de intervención, y proclamar el no-reconocimiento de los actos jurídicos del poder interventor.

Fuente: Diario El Siglo, República Dominicana, diciembre 1999

domingo 21 de febrero de 2010

Haití, miseria, negritud y masagre en Mi compadre el general Sol de Jacques Stéphen Alexis

Miguel Ángel Fornerín

[No sé porque razón cuando miro la literatura haitiana, mis pensamientos remiten a la vida y la obra de Jacques Stéphen Alexis (Gonaïves 1922-1961). Autor de una obra breve, pero de significativo valor. Además de Mi compadre el general Sol, escribió En un abrir y cerrar de ojos,Los árboles músicos, El cancionero de las estrellas y una teoría sobre el realismo mágico.]


Como toda literatura caribeña, la haitiana tiende a expresar la lucha de sus ciudadanos por vivir una verdadera experiencia democrática. Esto se echa de ver en la novela Mi compadre el general Sol del escritor y luchador por la libertad en Haití Jacques Stephen Alexis. Médico de profesión y miembro del Partido Comunista de ese país, Alexis murió fusilado por las fuerzas que denunció en su obra.

Haití está allí retratado y también evocado desde sus ciudades, sus costumbres y sus sueños. En el mismo prólogo de la obra, Alexis se detiene con una mirada que será permanente en su novela: la naturaleza, el paisaje. Cada secuencia descriptiva nos va adentrando en el Haití real, pero también en el imaginado, el que se busca constantemente. Las secuencias narrativas: “La noche respiraba fuertemente. No había nadie en el patio”(7) o “Velos violáceo, anunciadores de la aurora, atravesaban el cielo de ébano”(ibid.), comienzan a conformar ese Haití amado y depredado en su propia ecología. La insistencia en el paisaje funciona como la floración de un sentido ausente que se evoca por oposición.

En ese mundo bucólico, a veces el hombre es un ser en lucha consigo mismo y en lucha contra la sociedad y la condición humana que lo oprimen: “Ese negro andaba casi desnudo, casi del todo desnudo. Un negro azul a fuerza de ser sombra, a fuerza de ser negro”(ibid.). Y eso porque ser negro en el Caribe es ser un poco eso, quedar desnudo de bienes, de los bienes que poseen los antiguos amos. Desnudos de vestidos, como quien representa en su existir la miseria que lo a compaña. Y ser sombra de hombre, de lo que pudiera ser. Los hombres negros son sombras, es decir, espectros. Y más en Haití, podríamos decir que son, muertos-vivos, zombis. Más allá está su negritud, su condición social de negro que ya se ha convertido en su condición humana, en la tragedia de su propia existencia.

La miseria es ese animal que lo persigue. El infortunio lo convierte en un no ser. Esto se puede leer esta secuencia narrativa: “Porque basta una nada para que un pobre desdichado se vuelva loco”(Ibid.). La condición humana y la racionalidad: la miseria produce la locura. La modernidad racional no llega a este condenado de la tierra: doblemente condenado por la sociedad y por el destino. Dice el narrador: “La miseria es una mujer loca. Conozco muy bien a esa perra, la he visto arrastrarse por las capitales, las ciudades, los suburbios de la mitad de la tierra.” Así el asunto se expende a todo el planeta. La miseria. El mundo que vive su propia miseria. ¿Necesita una redención?

El negro tiene también su negritud. Miseria y negritud. Espacios de pensamiento. Espacio místicos donde se pueden realizar los sueños. La carga del pasado africano. No es solamente el origen de la condición negra, sino que es un lastre, una carga. Dice el narrador prologuista: “El África que no deja en paz al negro, de cualquier país que sea, cualquiera que sea el lugar de donde viene o a donde va”. (8). Así la noche y la negritud se aúnan para mostrar la condición humana del negro su destino existencial y su lucha social.

El narrador plantea la comunión de la negritud y la noche. Los tambores cantan de noche y a la noche se le une la desesperación, las quejas, el tambor desgarrado, el misterio y el vudú. Religión que es una comunión con África, con el mítico espacio de procedencia. Así el contrapunto con Haití, lugar de regreso del sueño, lugar de llegada de África. Puerto Príncipe es la ciudad de los negros pobres, de los negros sucios, en la que “la noche sol[a] ruidosamente y las estrellas brillan con más claridad” (10), para mostrarnos esa soledad universal en la que se encuentra el negro, desnudo, sucio y mísero.

Entonces aparece Hilarión en la miseria y la enfermedad. Con esa dolencia que le ha dejado la modernidad en su propia existencia. Dice el narrador omnisciente: “El pecho le sonaba como un montón de hierros viejos” (ibid.). El espacio de su hábitat, desata el estilo poético. Las palabras son resaltadas con una serie de similitudes que tienden a unir lo humano con el espacio y la naturaleza: el mundo de abajo y el mundo de arriba, concatenados, reiterados en el símil y la cadencia; el peso de la vida en el cuerpo desvalido, el peso del hambre en la miseria.

Las peripecias de Hilarión nos ponen frente a una nueva edición de la picaresca: Hilarión busca comer. Lo material determina su existencia. La comida es el objetivo de la vida, pero la ética contiene, dignifica y encarcela. Así es claro el narrador: “Cuando se tiene muchas ganas de comer las sensaciones y la mente son la misma cosa. Una extraña alucinación lo acuna a uno, que le sacude el cuerpo y todo lo que contiene con una trepidación frenética” (11). Así el hombre en su lucha con la sociedad, también se plantea el asunto existencial. Y el resultado es un pesimismo desgarrador: “No hay ayer, no hay mañana, no hay esperanza, no hay luz, sólo existe el cuerpo y en él se retuerce todo”(ibid.).

Hilarión es un hombre frente al destino. Busca comer. Está fatigado como los cargadores de fardo en el puerto. Su cuerpo flaquea y la comida determina su vida. ¿Y la moral? Esa es la de los amos; los que tienen todo. Él quiere comer. “Hay un hombre afuera”, dice el narrador y ese hombre busca la comida. La ausencia de comida lo convierte en un animal, así como la miseria lo destina a la locura. Y allá está la ciudad, la noche que lo acompaña. La hermosa ciudad de Puerto Príncipe que es un puerto de crímenes y por las noches “es una hermosa muchacha cubierta de joyas eléctricas, de flores de fuego que arden…”(13).

La ciudad está ahí definida. La ciudad de burdeles y prostitutas dominicanas; la ciudad de la música caribeña: chacha-chá, merengue, jazz y su noche negra. Mientras Hilarión surge corriendo en busca de la pitanza. El hambre lo define. Ahí están los infantes de marina. La urbe ocupada. Imperio y miseria, prostitución dominicana, los chulos, el presidente títere, allí está el mundo de los desdichados y el de los ricos. Como en el barroco, lo de arriba y lo de abajo. Busca que comer. La noche ahora es pálida y antes era negra, luego gris. Luego ya casi vencida. La noche es un personaje espectral, los murciélagos persiguen a la aurora. Hilarión tiene hambre. Estará semiinconsciente. El robo, la cárcel y la enfermedad. Y la noche, “afuera…yacía muerta a ras del suelo”…Hilarión en el inconsciente encuentra la culebra que se muerte la cola. Como un tiempo repetitivo que volverá a su eterno retorno.

Jacques Estephen Alexis realizó un relato transversal entre el realismo socialista y el existencialismo de su época. En ese sentido su novela es vanguardista y pone en ejecución la doble situación que planteaba Lukács al analizar el género. Pues su obra es el relato de un mundo sin dioses. De ahí la angustia que causa en los personajes la soledad divina en la que viven. Y además, es un relato en la que los personajes luchan por su condición social. Hilarión es un héroe que está cruzado entre su destino existencial y su lucha por una nueva sociedad. Alexis plantea un relato socialista en la medida en que su héroe va creciendo de una picaresca a un mundo del trabajo. Gracias a su contacto con un dirigente comunista en la cárcel saldrá recomendado para trabajar. Su empleo le permite casarse con Claire-Heureuse, con quien forma un modesto hogar. El médico comunista Jean Michel le ayuda a mitiga su enfermedad. Así Hilarión es un héroe en crecimiento y su mente va cambiando en la medida en que entiende el origen de su situación. El mundo letrado llega a él. Pero el desarrollo económico de Haití no le va a permitir crecer como todo un héroe del realismo socialista. No existen las estructura sociales y productivas que le fuercen a conformarse como un dirigente obrero-fabril, ese aspecto quedará, luego, perfilado con su otra vida más allá de la frontera.

Hilarión es el rostro de Haití, su alegoría, pero es también el semblante de los pobre del mundo. De los condenados de la tierra. De un Haití invadido por las tropas estadounidenses; un país dividido entre los negros y los mulatos. La negritud excluye la mulatez, en el sentido social. El discurso negrista excluye socialmente al mulato. Aquí se representa así: dice Jean-Louis: “hay que acabar con los mulatos, esa gente nos quita todos los puestos de delante las narices… Y nosotros los negros nos morimos de hambre” (35). De esta forma “esa gente” y ese “nosotros” implican este adentro y ese afuera. La lucha social es también racial. Esto era más si los mulatos eran los que simpatizaban con los norteamericanos. Era el grupo pesimista, el reaccionario que pensaba que “sólo los norteamericanos podrían salvar al país”(40).

La negritud es divisa y búsqueda del origen, pero solo se logra con la identidad cultural y la conciencia de ser negro. La negritud se logra luego de meditar sobre el sufrimiento. Esto se puede apreciar en estas líneas del narrador: “Un negro sólo sabe de él después de haber sufrido mucho, después de haber tenido bastante motivos de sufrimiento” (47). El desconsuelo es también parte del origen, el negro debía saberse hijo del infortunio, la desesperanza y la miseria (48). También entre los negros había su diferenciación, sus tipos. Como Bouqui y Malice, existía el negro listo, el audaz y el negro del miedo. Ese miedo iría a cambiar con el proceso de concienciación. Hilarión se encuentra con el comunista Roumel. En este personaje podremos encontrar el proyecto de la modernidad, en proyecto e las Luces. Asunto interesante, pues en lugar de luchar por los postulados del socialismo, un comunista haitiano tenía que luchar por el proyecto de la modernidad que buscaba garantizar una ciudadanía, de leyes y nueva república y de derecho al trabajo. A eso había que agregar el plan descolonizador: sacar de Haití a los estadounidenses… (Fragmento del ensayo homónimo que aparecerá en Las palabras sublevadas, Imago Mundi, 2010). Alexis, Jacques Stéphen. Mi compadre el general Sol. Santo Domingo: Editora Taller, quinta edición, 1981. Del original Compère Général Soleil. Paris: Gallimard, 1955; véase también la reimpresión en la colección Imaginaire/ Gallimard, 2003.

domingo 31 de enero de 2010

Glosas golosas

Miguel Ángel Fornerín


Sujetos y predicados (El hijo de la mujer y diez cuentos más de Eugenio García Cuevas

Eugenio García Cuevas es uno de los escritores dominicanos residentes en Puerto Rico que ha tenido una destacada proyección en la isla. De profesión artesanal, poco a poco ha ido escalando en el quehacer cultural de Puerto Rico. Estudió pedagogía, fungió como maestro por varios años, luego corrector y editor cultural en periódico El Nuevo Día. García Cuevas publica en 1995 su tesis sobre la novela La Mañosa, de Juan Bosch y un Premio Nacional de Literatura de la Secretaría de Educación de República Dominicana. García Cuevas se ha destacado como periodista cultural. Publicó unos cinco libros o seis más. En Mirada en tránsito (1999) presenta una serie de inquietudes sobre la diáspora dominicana. En el segundo una visión sobre Andrés L. Mateo y la Generación del sesenta. Luego publica varios libros de poemas que se destacan por el verso sencillo, explosivo y de una gran imaginación poética y un ritmo muy propio. En el Campo del periodismo cultural ha sido uno de los principales animadores culturales de los últimos años. Son reconocidas sus entrevistas, las que han sido recogidas en un volumen publicado por Alfaguara (La palabra sin territorio (hablar en la posguerra fría Guaynado, 2004)..

Y con ellas ha ganado los principales reconocimientos que pueden lograr los periodistas en Puerto Rico, como el Premio Bolívar Pagán, del Ateneo de Puerto Rico, y el Eddie López, del Oversea Press Club. Trabajó como editor del periódico Diálogo de la Universidad de Puerto Rico, se graduó de doctor en Estudios Hispánicos, con una investigación sobre los poetas sorprendidos y la Revista de la poesía sorprendida, actualmente enseña en la Universidad de Puerto Rico en recinto de Bayamón y es editor para editoriales y revistas internacionales.

En García Cuevas, además de sus dotes de comunicador, encontramos al conocedor profundo, expositor de las más actuales corrientes del pensamiento latinoamericano y occidental. Es inquieto, acucioso y lector voraz. Lecturas que ha puesto a beneficio de la discusión de los principales problemas del saber y la literatura en nuestra región caribeña. Por eso su trabajo también ha sido reconocido por la asociación de filósofos de Puerto Rico.

Después de varias aventuras literarias que se han presentado con una gran consistencia en los últimos años, García Cuevas nos sorprende con este manojo de cuentos que reúne en Sujetos y predicados (El hijo de la mujer y diez cuentos más). Yo digo sorpresa porque aunque habíamos apreciado el estudio de la narrativa en su primera obra, no sabíamos que García Cuevas nos tenía guardado ese otro menester que es el del narrador. Con este libro, publicado por Isla Negra y Editorial último Arcano, no solo se revela Eugenio como narrador sino como polígrafo. Un escritor que se ha impuesto los retos de la literatura sin encontrar la frontera de su decir.

Ensayista, poeta y cuentista, Eugenio demuestra su manejo de la lengua y del género. En los cuentos que componen Sujetos y predicados, está presente la intertexualidad con la escritura de Juan Bosch y Jorge Luis Borges, los giros formales del Boom latinoamericano. García Cuevas trabaja un procedimiento interesante la amplificación, donde un texto A es transformado por el texto B y establece un diálogo textual entre ambas obras. Por otra parte, también la búsqueda de unos contextos del significar que han sido siempre la preocupación del autor.

Narrar es también narrarse. El tiempo vivido es una experiencia para el narrador, de ahí que toma García Cuevas de los materiales de su vida, su infancia en la Vega y su tránsito a Puerto Rico para crear su mundo narrativo que es como si dijéramos un mundo en tránsito.

Cuando afirmo que García Cuevas nos sorprende con su narrativa, lo hago no solo por la entrada de un libro de narrativa a la colección de sus obras publicadas, sólo por el hecho de que Cuevas nos parece un narrador cocinado, curtido en la elaboración de situaciones y personajes. Lo que he criticado a los jóvenes narradores dominicanos, no puedo hacerlo aquí, porque en esta narrativa breve están pintados las situaciones y los personajes como artificios literarios que refieren a unos contextos a veces conocidos por los lectores. Pero que son, en fin, contextos dotados de fuerza expresiva y donde los diálogos, referencias, personajes y situaciones se aparecen en un entramado poético que permite que la narración complete una obra literaria.

Sobre salen en este libro, “El hijo de la mujer” por la osada ampliación de un texto de Juan Bosch, lo que nos permite ver la continuidad de los estudios de García Cuevas, su imaginación y el desvelar un tiempo pasado, un ambiente provinciano recuperado por la memoria. En “La luna en el canal de la Mona”, el autor trabaja el desgarramiento y la crueldad que puede anidarse en las clases populares, atravesada por la miseria y el machismo. En “Huyéndole al sol” una hiperrealidad, la de los deambulantes, que aquí y allá encuentran un lugar cada vez más pequeños para transitar en su abandono entre la sombra y el sol.

Maravilloso, hermético y real es “Aquella lengua” es un texto que abre una visión del liderazgo, de los políticos, de la abundancia de palabras en la que se debaten nuestros asuntos públicos y privados. El niño lleva a convencerse de que lo que antes era la muestra fehaciente de un verdadero dirigente se ha convertido en una lengua más y en el hablar exuberante que nos caractgeriza. De singular importancia es el relato “Musina en el Hotel Roxy”. Todavía un hotel de inmigrantes en Río Piedras. Los dominicanos hemos vivido o pernoctado en él, como Musina podemos saber sus historias o ser parte de ellas.

El mundo de dominicanos, haitianos y puertorriqueños está ahí entre lazado en estas páginas; que nos muestras nuestra vida de convivencia y las dificultades que tiene el otro para ser el mismo y el mismo para asumir la otredad vecina. Si en “Dominicano ése”, la lengua la forma de hablar convierte al dominicano en una otredad, en “Naranjas amarillas en la calle”, el proyecto campesino asumido desde la cultura dominicana reacciona contra el mundo de cemento que domina en la Isla. Así se establecen contrastes y lo real-maravilloso se acompaña de una propuesta de vivir junto a la naturaleza.

La construcción narrativa irónica aparece en el cuento “Tiempo de las ratas”. Lo irónico y lo simbólico sirven como armas para retratar el mundo deshumanizado en que vivimos. El que deshumaniza en el texto es animalizado, son las ratas. Un tema que León David y Luis Beiro han trabajado en los últimos años. Las ratas no son muy queridas por aquí, en Nueva York, la población de ratas crece por encima de lo humano. La ironía en grandiosa.

El mismo asunto tratado desde los conflictos burocráticos lo encantamos en “La temprana muerte de la rosa”. Eugenio ha puesto sus experiencias como sastre y como editor para mostrarnos con el pretexto de lo primero el mundo deshumanizado del segundo. Un libro revelador de un escritor prolífico, un pensador del sentido nomádico de muestra literatura; de un autor en el tránsito de una cultura y otra; artífice es, de una literatura del muevo mestizaje diaspórico.

Sujetos y predicados (El hijo de la mujer y diez cuentos más), es un libro que nos permite valorar el trabajo tesonero de una de las principales voces de la literatura dominicana que, desde ultramar, dibuja y desdibuja la dominicanidad en su más interesante condición, la hibridez y lo transitorio.