domingo 9 de agosto de 2009

El mal del tiempo: una novela que nos invita a repensar el pasado reciente


Por Miguel Ángel Fornerín
Universidad de Puerto Rico en Cayey

René Rodríguez Soriano teje un largo poema épico-lírico en prosa sobre el desencanto. Es su novela la contra parte de una épica; la última nuestra, o la más reciente. Es la novela del desgarramiento de unas ideas, de ciertas prácticas revolucionarias. Una manera de ver el mundo, cuando se sublevaron los signos. Está tejida ahí, en un ahí, que es el mundo vivido, palabra a palabra. Con un fuoco creativo que hace saltar sus llamas. Las palabras son sentimientos, que son gentes; gentes que son pueblo.

El autor teje y reteje el manto de una sola historia. Una voz que se mira a sí misma. No dialoga; monologa: introspectivamente va “de su corazón a sus asuntos”, como dijo Miguel Hernández. Es esta obra un extenso poema porque las palabras se abrazan; bailan en las aguas semánticas del ritmo y aflora una manera muy a la René de decir las cosas. Hay musicalidad en las palabras y el ritmo se convierte en símbolo, en presencia o ausencia. La referencialidad los deslié. La lírica siempre será la expresión de un “yo”, de una interioridad de la primera persona, haciendo que surja al reino del sujeto problemático, que piensa cual “cogito brisé” en el mundo, en su mundo vivido, como tragedia, como angustia agónica, como lucha.

Ahora me voy a quedar con el sentimiento. Porque es la lírica un terreno fértil para expresar lo que se encuentra dentro. Pues, El mal del tiempo viene de adentro; el afuera importa: muestra los conflictos, los enlaza, los hace presente. Pero lo que se encuentra, en primer lugar, es lo que sale de lo interior, de la psique del personaje, narrador. Ya que en esta obra el personaje es el narrador y no es el autor, aunque a veces podamos entender situaciones donde el personaje, narrador, se confunda con el autor, para hacer un texto cuasi autobiográfico.

El protagonista se encuentra en lucha consigo mismo. Pero su tensión viene de afuera y en el texto está marcada por la referencialidad, que hace surgir una época. Digo surgir como metáfora de lo que estaba escondido en la memoria y que sólo a través del trabajo de la escritura aparece ante nuestro horizonte de lector. El sujeto problemático, busca entonces, un asidero. Una idea, un sentimiento que le haga salvarse, pues está en el naufragio de un mundo, de unas ideas, de cierta ideología. Esa meta es difícil. De ahí el laberinto en que se encuentra metido. Es el laberinto del país, es el callejón sin salida de la izquierda.

Si su conflicto es interior, también debo decir que la exterioridad está muy marcada. Es que él está en lucha con su tiempo. El tiempo es metáfora de época y la época es tiempo vivido. En el tiempo está el desgarramiento. Su cotidiana existencia, como tiempo que se vive, como tiempo del mundo, es decir, su mundanidad, una agonía. La cotidianidad es política, un tiempo marcado por la violencia política.

La referencialidad se establece y representa como una crónica; trama que permite que los signos se conviertan en símbolos y, en definitiva, en ritmo. El personaje mismo, al negar el valor del presente, al saturarse como un hombre sin historia, realiza cada día su propia crónica, como crónica de la cotidianidad política, como expresión y representación del acaecer del país. Esa referencialidad la instala la radio, el periódico. Un mundo de las comunicaciones que ayudan a unir lo ocurrido en el país con lo acaecido en la vida personal. Es la novela, como género poliédrico que sirve como intermediario entre las acciones del mundo y los hechos humanos individuales. La forma del diario hace que la obra pueda contabilizar el presente.

Los acontecimientos, entonces, son repetitivos. Como toda cotidianidad está llena de ruidos: la política corrupta, los asesinatos, la lucha libertaria, los distintos momentos en que existe la sublevación: la historia de lucha que se refiere (La muerte de Mamá Tingó, Sagrario E. Díaz, Goyito García castro, Orlando Martínez) todas esas muertes que marcaron el tiempo, el tiempo del balaguerato; ese auriga que se paseaba bajo la manta del encono.

La voz es juvenil. Su espacio es la Universidad, el saber, la lectura, el periodismo… En su conflicto interior moran los recuerdos, la nostalgia del pueblo dejado, de Laura en Madrid, de los amigos, de los amores perdidos. La voz personaje reacciona contra su tiempo; está enfermo de un tiempo crónico. No encuentra la salida. Se guarece en los libros, lee, se aburre. La repetición de lo acaecido, de lo que ocurre o no ocurre como el sujeto lo cree y lo espera, lo lleva al tedio. Vive en la tristeza de los días, con pocos momentos de felicidad. Esta voz, que no se define, es la expresión de una generación (que vive su tiempo como tragedia) atrapada entre la Guerra de abril, la lucha foquista y el terrorismo de Estado impuesto por Joaquín Balaguer.

El mal del tiempo recupera el pasado reciente a través de la lengua, como habla y creación “poietica”; lenguaje que juega con los distintos contextos semánticos de la cultura y lleva al lector por una cotidianidad conocida y que invita a repensar la dominicanidad. Y esto es así porque lo dominicano se encuentra en juego. El valor del tiempo, de nuestro tiempo, se entrecruza con el valor que asignamos a la vida. Lo social aflora interrumpido por los poderes, por las prácticas políticas (corrupción, violencia). El individuo que piensa lo social, no encuentra salida a través de lo político. El dualismo izquierda-derecha, no permite que fluya otra vida, como lo otro. Pues en el dualismo se reafirma la mismidad, la repetición. La política es entonces, una mascarada. No hay asidero en lo social para el individuo, solo queda el sujeto pensante, angustiado, aburrido, que vive la vida, su propia vida, como un enfermo del tiempo que es lento y repetitivo.

La obra podría leerse como parte del existencialismo de lo absurdo. El yo no encuentra valor en el mundo: por eso existen en el texto tantas referencias escatológicas. Y el sujeto reacciona frente a la absurdidad del mundo. Pienso que esta obra podría colocarse al lado de La mujer de agua de Ramón Lacay Polanco, La otra Penélope de Andrés L. Mateo y Todo un hombre, de José Enrique García. Por ser una obra poética de sesgo existencial, tiene tangencias con las dos primeras, pero no tengo la menor duda de que supera el texto de Lacay Polanco como novela lírica que es, ante todo una novela redonda. Ceo que la de Lacay queda muy bosquejada. La de René Rodríguez Soriano es superior porque dentro de la lírica que la une a la citada, crea una atmósfera del tiempo vivido, como tiempo del mundo, frente a un sujeto en lucha con su estar ahí, contra la Historia.

El personaje narrador de El mal del tiempo es existencial y es llevado a esta perspectiva filosófica por el asco que le produce la política y su marco social. Esa atmósfera, esa reacción a la violencia, hace que esta obra tenga un valor inusitado. El valor de trabajar el sentido de una época. De vivir el presente como enfermedad del tiempo, de la historicidad como relación entre el tiempo vivido, las ideologías, la teoría de la Historia y la subjetividad. Su tiempo está sublevado, pero el personaje descreído de la epicidad reinante, va contracorriente, buscando su propia identidad.

La congruencia con la obra de Andrés L. Mateo, puede verse, en primer lugar, por el lenguaje poético y la reacción ética al mundo de violencia establecido por el régimen. Si la he colocado esta obra a la par con Todo un hombre de José Enrique García, se debe al trabajo de un lenguaje creativo que pocas veces encontramos en la narrativa actual. La vertiente de la novela dominicana en la que este texto de Rodríguez Soriano se enmarca es la del neobarroco, que juega en las palabras, que busca un ritmo del lenguaje, del sentido, un sentimiento que va del adentro hacia afuera.

Filadelphia-París, 3 de abril de 2009

viernes 29 de mayo de 2009

El General Soto Jiménez: Entre las patas de la creación literaria


“¡Sed justos; lo primero…!”
Juan Pablo Duarte

Miguel Ángel Fornerín
San Juan, Puerto Rico


Un amigo me pide que lea el artículo del General Soto Jiménez sobre la novela de Juan Carlos Mieses, publicado en Ventana este domingo. Vuelvo a abrir el Listín; ya había visto el artículo, leí unas cuantas líneas y lo abandoné diciéndome, en mis adentros: “no tenía conocimiento de que Soto Jiménez fuera crítico literario…” No crean, amigos que me sentí desplazado en la brega que llevo con la representación literaria, no. Es que desde el principio de su artículo, el General unió autor y obra. Y, para colmo, escribe desde una intimidad con el autor que no me motivó a continuar. Tampoco encontré en la recensión ese atildado estilo de la carta que Soto Jiménez le envió a Hipólito Mejía y que yo guardo para algún día dedicarle algunas reflexiones. No tanto por su decir, sino porque ese un cementerio de palabras que huele a otra época.
Pero entremos en materia. La idea del General entre las patas de la creación es una metáfora suya: “induciendo una advertencia enredada entre las patas de la fascinación literaria”. Lo de la creatividad, por de pronto, es que el General divide la obra y el contenido. Es decir, expresa una poética dual. Todo su artículo es la expresión de una poética que divide el contenido de la forma, por eso dice al final: todo lo demás es literatura, estilo, forma, talento, poesía, mucha poesía. El General se come la carne y nos deja el hueso. Claro, el dualismo entre la forma y el sentido es el mismo que maneja el poder. Es el divorcio entre la forma y la palabra, entre el vivir y el pensar. Es el olvido de lo poético como contradicción. La visión maniquea del mundo es el cuerpo y el alma, los esclavos y los amigos. Los que mandan y los que son mandados. Y de eso sabe el General. No se maneja un ejército sin someterse. Y someter.
De lo que habla el General no es entonces de la obra de Juan Carlos Mieses, subido al cielo por la complicidad y la alabanza. No. Lo importante es lo que está detrás. Y el General no nos engaña. Ni creo que lo pretenda. El problema es Haití. Lo que el artículo despliega es una forma operativa en que las clases oligárquicas y sus voceros, enquistados en todos los niveles, quieren convencernos del “peligro haitiano”. Claro mientras ellos hacen negocios con Haití, mantienen una inmigración desordenada, mientras el trabajo barato de los braceros haitianos engrosa sus caudales.
El problema es viejo y cada cierto tiempo tiene un episodio nuevo. Pero es un problema del siglo XX, que la literatura ha mostrado con toda su crudeza. El General habla de “El masacre se pasa a pie”, claro lo cita pero si lo analizara se enredaría en las patas de la creatividad contradictoria: el ejército dominicano, santificado por su papel de defensor de la nacionalidad, es el que a través de sus miembros espoleó a los haitianos de la frontera en el “Corte”; eso se puede leer muy bien en “El Masacre” de Freddy Prestol Castillo.
La literatura es la única que nos puede dar el valor del pasado, sin las trabas ideológicas que los sujetos ponen en el texto discursivo. El operativo antihaitiano que el General despliega es la forma en la que el poder busca su legitimidad. El peligro haitiano es lo único que hizo que el presupuesto nacional para la guerra fuera mayor que el de la educación en el siglo XIX. ¿Podrán otros decirnos, por qué se mantienen actualmente unas fuerzas armadas numerosas? Contra los haitianos somos nacionalistas, pero no lo somos con el mismo rigor para respetar la institucionalidad y la justa distribución de la renta nacional.
No debe olvidar el General que esas mismas fuerzas mantienen la corrupción en la frontera y son parte del negocio con los inmigrantes haitianos que trabajan en las fincas de los que piensan que “los haitianos son un peligro”. Un siglo de mentiras. El peligro no es haitiano. Es dominicano. Los que lo enarbolan, jugando a la lotería de la nacionalidad, el patriotismo, la identidad esencialista, y con todos esos operativos, no hacen más que mostrar su propia máscara. Siempre han estado al lado de un poder que saquea al Estado nacional. Comenzando por Pedro Santana y su postura frente a la Constitución de San Cristóbal. Siempre han tenido intelectuales a precio, como Bobabilla, para crear un discurso más o menos convincente. General, dejémonos de “simulacros.” No olvidemos que nos encontramos en un tiempo de la comunicación global. Ya no se nos puede engañar con los temores nacionales. Las guerras contra Haití terminaron en el siglo XIX. Ahora toca construir un estado nacional y protegerlo de los que en su nombre no hacen nada más que mantener la corrupción, la desorganización y el despotismo.
Pero es difícil hacer ética desde la política o desde los cuarteles. Esa ha sido nuestra peor desgracia. Usted y yo sabemos que nadamos en aguas profundas. Pero ya la gente no muere, tan frecuentemente por decir lo que piensa, siempre han existido dominicanos capaces de decir lo que piensan sin tenor a las consecuencias. El tema de Haití, ha sido el caldo de escritores ante los cuales ni usted ni yo tenemos nombre ni agarre suficiente. Lo que sí podríamos decir es de cual perspectiva se trató y que tipo de operativo ideológico desplegaron. Cuál ha sido su tributo. Veamos: José Ramón López, quien de crítico se convierte en Senador de Lilís; aunque sus trabajos sobre Haití son posteriores a la Dictadura, la relación entre el decir, el vivir y el poder queda meridianamente establecida.
Peña Batlle que, en sus bellos sentires dominicanistas, le presta su erudición al proyecto Trujillo. Freddy Prestol Castillo quien hace su mea culpa por su libro Paisaje de la frontera. Don Emilio Rodríguez Demorizi, quien en dialogo con Price Mars no deja de teorizar un problema sin ver la hondura de sus consecuencias. Los “Cuadernos Dominicanos de Cultura” no son más que la intelectualidad del silencio. Frente a esa ideología autoritaria-dominicanista, nos queda la poesía: Sí, General, la poesía, la creatividad. El poema “Yelidá” de Hernández Franco, “Luis Pie” de Juan Bosch, el poema “El haitiano” de Moreno Jimenes y “Rabiaca del haitiano que espanta los mosquitos”, de Rubén Suro García-Godoy; también, Over de Marrero Aristy y otras tantas obras que sería prolijo enumerar.
Cuando nuestros estudiantes analizan esas obras cimeras de nuestra literatura no pueden concluir en la estratagema del peligro haitiano, ni de la patria invadida, ni del territorio ocupado. El sentido contradictorio los llevará a amar al vecino; a pensar una utopía de la convivencia, antes que azuzar los odios y los rencores. Sólo le transcribo el poema de Domingo Moreno, que ayer releía a propósito de unos inmigrantes hindúes que viven en un bosque de Melilla, esperando entrar a Europa a cumplir un sueño humano: vivir como todos los seres de la tierra con dignidad. Aquí va un trozo del poema del gran Moreno:

“…Ese haitiano/ que no puede prescindir de la cuaba, / y prefiere tabaco del fuerte/ y aguardiente del malo,/ es bueno a su modo,/ y a su modo rico/ y a su modo pobre.// ¡Benditos los seres que maltratan al hombre! ¡Bienaventuradas las cosas humildes/ que se yerguen siempre sobre el polvo frío de todas las cosas!...”
Demasiado poesía, General, demasiado. Tanto como para convertir a la creación en una mula, como la de Fello Macario, una mula contra todas las ideologías y los operativos en los que se despliega esa dominicanidad. Donde las palabras y las cosas se debaten. Donde el silencio sigue siendo cómplice y la memoria una facultad olvidada a favor de medrar y tomar las migajas que el poder da. Es difícil ser intelectual dominicano, General. Como Américo Lugo –salvo distancia y la categoría- prefiero escribir desde un rincón de mi casa. Saludos a sus camaradas.

25 de mayo de 2009.

miércoles 27 de mayo de 2009

El mal del tiempo


El mal del tiempo recupera el pasado reciente, a través de la lengua, como habla y creación poietica de una época; lenguaje que juega con los distintos contextos semánticos de la cultura y lleva al lector por una cotidianidad conocida, que invita a repensar la dominicanidad. Y esto es así porque lo dominicano se encuentra en juego. El valor del tiempo, de nuestro tiempo, se entrecruza con el valor que asignamos a la vida. Lo social aflora interrumpido por los poderes, por las prácticas políticas (corrupción, violencia). El individuo que piensa lo social, no encuentra salida a través de lo político. El dualismo izquierda derecha, no permite que fluya otra vida, como lo Otro. Pues en el dualismo se reafirma la mismidad, la repetición. La política es entonces, una mascarada. No hay asidero en lo social para el individuo, solo queda el sujeto pensante, angustiado, aburrido, que vive la vida, su propia vida, como un enfermo de un tiempo lento y repetitivo.


martes 3 de junio de 2008



Liminar

Cuando mi colega Nelson Miranda me dijo que entrevistaría a un preso que ha pasado más de cuarenta años en el sistema carcelario puertorriqueño, no hice más que asociar su empresa a la Biografía de un cimarrón de Miguel Barnet (Ariel, 1969). También pasaron por mi memoria el libro Taso: trabajador de la caña de Sydney W. Minz, (Huracán, 1988). La teoría que sobre la historia estaba trabajando me ayuda a entender a un hombre del pasado que viene a iluminar el presente. Ocupan en estos tiempos mis cavilaciones, el tema de la narratividad de Paul Ricoeur y el análisis de una carta de un historiador dominicano en la que se expone el centro de la Historia como investigación del pasado. Es el tiempo el que nos relaciona con el pasado. Y esa relación que busca encontrar las huellas de nuestros difuntos, nos pone en una conversación entre el tiempo ido y el tiempo presente Las huellas del pasado permanecen como elementos que despiertan el desciframiento de algunas claves que la memoria guarda. Y de ahí sale el interés que los humanos tenemos por desvelar un pasado oculto, traerlo al presente y darle un significado definitorio. La Historia es el estudio del pasado, pero solo tiene sentido en un presente. La Historia es el trabajo del investigador, el historiador que busca y organiza las huellas dentro de un marco teórico; el presente le da sentido a lo histórico, pero el presente tiene también, como la Historia, su propio investigador y este es el sociólogo. Él trabaja el presente, busca catalogar sus defectos, estudia los sistemas, los movimientos sociales, las posiciones de los actores más allá de del sistema… La Historia y la sociología se encuentran en el punto más significativo que es el presente, ahí donde se le da valor al pasado. Pienso que este libro de Nelson Miranda toca el pasado-presente de un sistema, visto a través de la voz de un individuo que se desplaza en el tiempo y que su propio cuerpo contiene las prácticas y las improntas del sistema, de la sociedad, de la conciencia. Como Barnet, Miranda presta una voz a un subalterno. Crea desde la narratividad un relato que nos luce un testimonio, pues es la presencia del personaje en la acción social el que conduce el desarrollo argumental. El personaje realiza una homodiégesis en la que lo contado puede ser testificado, pues el actor estuvo allí. La expresión del investigador y la del personaje se confunden. Mirada sabe darle su espacio y no aparecer más allá que en el interlineado. El plan del sociólogo está en las mismas disposiciones textuales, en la primera mimesis, en el proyecto y en la segunda, el resultado estriba en el borrado de la voz del investigador, es ahí que entramos en el relato, en su entramado significativo. El sociólogo hace una obra para el presente. Tiende la cuerda hacia el pasado, hacia los años de la infancia, la juventud, la vejez… de ahí la historia plantea el crecimiento de un individuo; las complicaciones sociales, la violencia, la educación. Así como los elementos que la tradición deja en la sociedad como una herencia, las prácticas de la violencia, la familia; también las relaciones productivas y la forma cómo se articulan las relaciones sociales desde la familia hasta los grupos delincuenciales. Ese testimonio lo da una persona que ha pasado la mayor parte de su vida en las cárceles y en su voz encontramos las improntas de las transformaciones de Puerto Rico, aquellos movimientos sociales que han marcado el siglo veinte: el paso de una sociedad agraria a una de perfiles fabriles. El traslado del campo a la ciudad, la inmigración y cómo el desarrollismo ha revelado una sociedad de la dependencia en alianza con el mundo estadounidense. La lengua deja sus trazos. Se mezcla en el grano de la voz la forma jíbara del habla conjugada con la interferencia anglicada. El autor, sabiamente, ha dejado que esos rastros afloren en el texto y le da al relato un verismo que lo afianza en su propia realidad. Mientras la narración fluye mostrando la relación de ese actor como símbolo, como metáfora de un pasado, cual elemento que va hilando el tiempo y desvela los defectos del sistema penitenciario. Así la obra se abre al lector como un descubrimiento. El horizonte del lector desde la refiguración de una entrevista, en el relato homodiegético que pone en sordina la organización del investigador, integra la historia y el presente: El sistema penitenciario como cárcel del cuerpo, como lugar donde las almas en penas se consumen sin ninguna posibilidad de encontrar su paraíso. Ese paraíso que sería la tan cacareada reeducación del confinado, ese sueño que parece ser la libre comunidad. La palabra clave en el habla del confinado es “rehabilitación”. El prefijo re- significa volver. Es una vuelta, un cambio del que debe regresar a las sendas éticos-morales de la sociedad que lo ha exiliado. El confinado quiere retornar a vida, volver a ser aceptado por la comunidad que lo expatrió; quiere sentirse apreciado de nuevo y que sus errores hayan sido perdonados; quiere integrarse al mundo del trabajo, ser un ser “normal”, dejar atrás su pasado que queda inscrito en los libros de la infamia, en el record penal, en el papel de buena conducta. Por su parte, el término habilitación está íntimamente ligado a habilidad, posibilidad y hasta al origen mismo del homos habilis, del hombre capaza de hacer y de hacerse. La re-habilitación es, entonces, el pasaporte al presente. Haber dejado atrás el pasado delincuencial y encontrarse en el paraíso social. Muchas veces el confinado no encuentra ese paraíso. Se convierte en predicador de otra vida, de otra oportunidad más allá del paraíso terrenal de los “normales”. La voz del confinado que repite que la rehabilitación no es más que un fracaso es la voz de un ente que busca, a tientas, en la oscuridad del sistema, el camino que la sociedad le niega. Hasta ahí solo nos quedan las reformas. No puede la sociedad transformar el sistema carcelario, no puede reeducar en sus normas, ni para su normalidad. Las reformas son los movimientos en que el reconocimiento del problema se mueve y donde la política lanza sus dados para jugar una vez más, no para cambiar el sistema penitenciario, mientras miles de confinados esperan entrar a la “libre comunidad”. ¿En qué medida es libre y es comunitaria? En las mismas prisiones los ñetas establecen una comunidad de valores paralela. Ellos parecen homologar la “normalidad” de la sociedad y propulsar prácticas éticas que normalizan cierta manera de vivir y convivir en las cárceles. ¿Será que frente al fracaso en cambiar el sistema carcelario, los mismos que han delinquido presentan una alternativa? ¿Tal vez la “libre comunidad” deje de ser una panacea y la sociedad que los ñetas han establecida paralelamente, sea su propia sociedad, su propia libertad? El libro de Miranda nos presenta, desde esa voz testimonial, el origen y las vicisitudes de la Asociación ñeta. El tema de las prisiones tiene muchas telas que cortar. Y los administradores no hacen más que zurcir el traje viejo y gastado con el que van al casino de la política a lanzar sus dados y juegan a las reformas. Mientras allá adentro, la oscuridad de las celdas y los barrotes dejan muchas interrogantes sin contestar. Nelson Miranda es un investigador dedicado al tema carcelario. Así lo muestran sus investigaciones anteriores. Asimismo es un lector de obras narrativas y a través de la voz de este confinado nos narra parte de la historia del sistema penal y pone sobre el tapete una cuestión en el que la sociedad viene tratando de solucionar desde hace mucho tiempo. Resalta en esta obra cómo el hombre naufraga entre su educación, su medio y las normas que la sociedad le impone. ¿Es este personaje un ser signado por la maldad o las circunstancias le llevaron a delinquir? ¿Pudo el sistema judicial y carcelario reeducarlo, en las “normas” de la sociedad o simplemente vaga por más de cuatro décadas entre cárceles, fugas, amoríos, encuentros y desencuentros? ¿Se perdió su inocencia entre los expedientes, las defensas de los abogados y el mal trabajo de los oficiales socio-penales? ¿Se olvidó la sociedad de él y lo condenó para siempre? ¿Cuántos como el El Jíbaro se pierden sin la posibilidad de revertir su situación? ¿Es imposible que la sociedad perdone? El Jíbaro señala, al final de esta historia, que él se ha rehabilitado solo, y deja ver que el castigo ha sido suficiente; que los errores suyos y del sistema están ahí y deben ser cambiados. Espero, amigo lector o lectora, que esta obra te sirva, como me ha servido a mí, para conocer y comprender un poco más un problema cardinal de Puerto Rico de hoy, que tiene su origen en el tiempo y que con tanta sabiduría y vida vivida nos los presentan El Jíbaro y Nelson Miranda en este libro. Creo que este es un libro revelador, que más allá de los valores narrativos, más allá de la teoría que lo ligan al estudio de un pasado-presente, está el corazón de un hombre que pide ser perdonado. Al leer este libro, también tú pensarás, como yo, que todos deberíamos ser perdonados por haber dado la espalda a un problema tan importante como es el del sistema correccional.

Miguel Ángel Fornerín
Universidad de Puerto Rico en Cayey

lunes 11 de febrero de 2008

Giovanni Di Pietro

MUCHA ESPUMA Y POCO CHOCOLATE: REPÚBLICA DOMINICANA: EL MITO POLÍTICO DE LAS PALABRAS, DE ODALÍS G. PÉREZ


El amigo Odalís G. Pérez nos hace entrega --literalmente, pues nos lo puso en mano autografiado y todo-- de su último libro, República Dominicana: el mito político de las palabras (Manatí, 2004). Éste es un libro donde él repite la fórmula que estrenara en Nacionalismo y cultura en la República Dominicana (2003), la cual podría resumirse, en palabras sencillas, y que son suyas propias, en la supuesta oposición existente entre la “cultura-monumento” y la “cultura-movimiento”, o, como lo expresa más abiertamente, la “cultura desde arriba” y la “cultura desde abajo”.

Les recordamos a los lectores que, en su posición, Odalís acepta la segunda y rechaza la primera. Todo el libro del 2003 estaba dedicado a la elucidación de esa tesis. Aquí, en el presente libro, dicha tesis se encuentra sólo como trasfondo, y se supone que lo que él quiere hacer es profundizar la discusión y, más aún, brindar pruebas contundentes de lo que dice, o sea, pruebas acerca de la viabilidad de la “cultura desde abajo” y la total inutilidad de la otra cultura, la “desde arriba”. Se puntualizarían así ejemplos concretos tanto respecto a la una como a la otra.

Sin embargo, cuando abrimos este libro y emprendemos su lectura, nos encontramos con que, aparte de la discusión inicial, llamémosla “teórica”, en la primera parte, y una especie de conclusión bastante nebulosa en la quinta parte, donde Odalís nos engalana con sus sibilinos discursos semióticos de siempre, la reseña de un libro y la presentación de otro que siguen esa misma tónica, nada verdaderamente concreto se materializa como pruebas indiscutibles de sus aparentes fulgurantes nociones.

En efecto, cuando pasamos de la parte introductoria, con todo ese discurso supuestamente iconoclasta que atacaría la llamada “cultura-monumento” o “cultura desde arriba”, y creemos que ahora, por fin, nuestro amigo nos va a brindar las pruebas, nos va a nombrar en letras marcadas con su fuego vengador a los responsables de ese funesto bochorno que sería dicha cultura, he ahí que aparecen sólo dos nombres que deberían cargar con el pesado madero de todos los desmanes que en la literatura y la crítica dominicanas se han dado y siguen dándose “desde arriba”. Como reza el dicho, la montaña parió un ratón.

Entiendo yo que se explica, desde cierta perspectiva, que Odalís ataque la obra de Andrés L. Mateo, pues éste es un escritor e intelectual dominicano reputado “de primera” y prácticamente el representante más a la vista en las letras nacionales. Que a nuestro amigo no le agrade, y que eso sea porque Andrés formaría parte de la “cultura-monumento”, podemos entenderlo sin problema alguno. Es como decir que, al hacerlo, está atacando algo así como una institución, una determinada manera de ser y de actuar, y, de nuevo, toda una obra-- en la ensayística, en el periodismo y en la novelística. Hasta aquí se justifica, pues, aunque Odalís se niegue a verlo así, Andrés es alguien que tiene peso dentro del ambiente intelectual de su país.

Sin embargo, ¿qué decir cuando nuestro amigo pasa a la cuarta parte de su libro, “La miseria de la crítica literaria”? Ahí encontramos tres pesados ladrillos que le tira al desdichado Di Pietro. ¿Y por qué? Por éste haberse permitido poner por escrito, en forma de dos reseñas, sus opiniones acerca de La ideología rota y Nacionalismo y cultura en la República Dominicana. Nada más. Dedicarle tantos hirientes epítetos a un pobre infeliz que, como él mismo explica, es simplemente un fantoche creado por una “pandilla”, a un mal escritor, a una persona sin método ni preparación para opinar, a un aprovechador de premios literarios inmerecidos, etc., no tiene ningún sentido. Es, sin lugar a dudas, como querer matar a un mosquito disparándole con un cañón.

Porque, si a Andrés L. Mateo lo podemos considerar como una institución en el medio cultural y literario dominicano, no importa si perteneciente a la “cultura desde arriba”, según la tipología de Odalís, no es de ningún modo posible hacer lo mismo con Di Pietro. En efecto, en términos de la cultura y de la literatura dominicanas, éste prácticamente no existe. Ante la innegable y abarcadora presencia de Andrés, es un mero fantasma. No se entiende, pues, toda esa importancia que, a través de sus tres pesados ladrillos, Odalís insiste en brindarle.

Antes que nada, por ejemplo, nuestro pobre infeliz de Di Pietro nunca ha dicho que es un crítico literario ni jamás lo ha pretendido. Si alguna vez ha hecho uso de ese apelativo, fue como un simple expediente para salir de apuros. Es más, y que conste, en reiteradas ocasiones hasta se ha dado el lujo de mofarse de la misma crítica literaria, diciendo que nunca la lee porque la encuentra completamente aburrida. Y en su mente, no pocas veces afloró la peregrina idea de Oscar Wilde, que decía que, en fin de cuentas, el crítico es sólo un artista fracasado y, por ende, digno de la más profunda lástima a causa de su impotencia creativa. Precisamos, pues, que Di Pietro siempre ha dicho que es un “lector” y que, tras sus “lecturas”, le gusta poner en blanco y negro sus opiniones acerca de lo que ha leído. Que estas opiniones escritas no le gusten a Odalís, y con él a otros más, poco importa porque, a pesar de que Di Pietro las publique, siempre las escribe por puro deleite personal, y no para satisfacer el gusto de nadie.

Por consiguiente, que Odalís considere a Di Pietro uno de los representantes de la crítica literaria en la República Dominicana es un craso error y hasta una grave afrenta a los verdaderos críticos literarios del país. Si nuestro amigo quiere atacar a un crítico, que se busque a Diógenes Céspedes, a Manuel Matos Moquete, a Bruno Rosario Candelier o a José Alcántara Almánzar, los cuales sí se consideran críticos y se definen como tales.

O sea, que, al final, Odalís está dando palos a ciegas y contra un enemigo imaginario, pues, como es obvio y como decimos, Di Pietro no es ninguna institución en las letras nacionales. En efecto, no ve a sí mismo como tal, ni tampoco le interesa serlo en lo más mínimo. Lo que quiere decir que está contento con lo que es, un simple “lector” al cual le gusta leer libros, comentarlos y después, si se presenta la ocasión, publicar sus opiniones.

Por eso, carece de cualquier importancia decir, por ejemplo, que Di Pietro no tiene un método crítico. Muy por el contrario, lo tiene y siempre ha dicho que es el ecléctico. Para esa gente que toma la crítica literaria con tanta seriedad que hasta le causa problemas de estreñimiento crónico, éste, lo admitimos, es un método poco respetable, pero, al fin y al cabo, es un método tan válido como cualquier otro. No todo el mundo posee la capacidad o la inclinación para el método semiótico, que sería el que Odalís no sólo acepta, sino que considera el único viable. Al así actuar, todos los demás que no se atienen a ese método son automáticamente candidatos a la hoguera como resultado de una verdadera inquisición literaria y cultural.

Como quiera que sea, vamos a dejar atrás este discurso sobre los varios gustos en la crítica literaria y regresamos a lo que es el meollo de la posición de nuestro amigo.

Odalís sostiene que existe una “cultura desde abajo”. Dice que siempre ha estado ahí. También dice que está “en construcción”. Pero, bueno, si siempre ha estado ahí, ¿cómo es que, después de tantísimo tiempo, todavía estaría “en construcción”? ¿Será que ha estado ahí sólo “a medias”? Y, de hecho, así es. Si algo está “en construcción” es porque está “a medias” en su realización. Y, ya que pasó todo ese tiempo, ¿a qué se debe que esta “construcción” aún no se acabe? Pero aquí está el quid del asunto. Para él, el problema se encuentra en la “cultura-monumento”. Esta nefasta entidad opresora, construida por las élites reaccionarias --trujillistas, neotrujillistas, fascistas, neofascistas, liberales, neoliberales, nazis y neonazis, todos términos suyos--, se encarga, a través del dominio del Estado, de que esa cultura “en construcción” nunca termine de construirse. ¿Cómo? Ocupando todo el espacio social y asfixiando las legítimas aspiraciones de las masas, los excluidos, los marginados, los desheredados, los desposeídos o como quiera que, siguiendo sus preferencias, los llame.

Ahora bien, si existe una “cultura-monumento”, con sus escritores y sus obras, también tiene que existir una “cultura-movimiento”, con sus propios autores y sus propias obras representativas. Entonces, ¿cuáles son? ¿Dónde está la lista definitiva que separaría los buenos de los malos según este esquema maniqueísta? No está en La ideología rota. Tampoco está en Nacionalismo y cultura en la República Dominicana. Menos aún la encontramos en el presente libro. Por ningún lado vemos que Odalís se haya atrevido a elaborar dicha lista, para así cortar una vez y por todas el nudo gordiano del problema. Indudablemente, aquí y allá aparecen nombres y títulos que él suelta como prueba de lo que pretende. De modo que podemos decir que Manuel Núñez y Andrés L. Mateo están en la lista de los malos. También lo está el desdichado Di Pietro. ¿Céspedes? No lo está si nos llevamos de los libros, pero sí si conocemos la carta que Odalís le enviara a Areíto. Ahí, Céspedes aparece como el señor “de la boina” y un verdadero demonio de la falsedad humana. Estarán en esta lista los escritores trujillistas. Sin embargo, sorprende notar que Tomás Hernández Franco aparece en la lista de los buenos, parece que por su poema “Yelidá”. Prestol Castillo aparece en esa misma lista no tanto por El Masacre se pasa a pie, una buena novela, como por Pablo Mamá, que no vale mucho la pena. Y encontramos también a Ramón Francisco. ¿Por el libro de crítica Literatura 60? No, por La patria montonera, supuestamente un poema de la “cultura desde abajo”, pues describe los montoneros y otros presuntos desheredados de la tierra, y más específicamente porque nuestro amigo le ha dedicado todo un libro de crítica semiótica. Cabe preguntar si este poeta está de acuerdo con el reduccionismo crítico al cual fue sometido su poema.

Sin embargo, si existe cierta confusión con relación a quienes son los buenos y quienes los malos en la literatura dominicana, para Odalís existe la más amplia claridad con relación a los que estarían en la lista de los buenos cuando de historia y de cultura en general se trata. Para que seamos claros en este asunto, los santos a cuyos altares nuestro amigo quema incienso incesantemente son los siguientes: Silvio Torres-Saillant, el supuesto gran gurú dominicano del multiculturalismo en los Estados Unidos; Frank Moya Pons, autor de un destacado texto de historia dominicana, entre otras cosas; Roberto Cassá, el más importante historiador marxista del país; Franklin Franco Pichardo, analista de las ideas políticas dominicanas con tendencia hacia el centro-izquierda; Héctor Miolán, un autodenominado gestor cultural y ex miembro del MPD, ahora en gloria en Nueva York, donde elucubra por la Internet acerca de las virtudes del marxismo-postmodernismo; Miguel De Mena, sociólogo y escritor dominicano en gloria en Berlín; y, por fin, Néstor Rodríguez, ese aparente gran fenómeno de la crítica literaria actual, aunque tenga un solo libro del mismo tenor de los de Odalís publicado, profesor creo que en Toronto. Una última persona es Fidel Munnigh, considerado como un filósofo (en este país todos creen que un filósofo y un profesor de filosofía son la misma cosa), y al cual nuestro amigo le escribió el prólogo de un libro. La relación entre estos buenos y Odalís a veces es muy estrecha, como podemos ver en este último caso. A Silvio, por ejemplo, le debe la presentación de La ideología rota. A Miolán le debe una conferencia en Nueva York. O sea, que, en definitiva, cuando la investigamos muy de cerca, la pertenencia de esta gente a la lista de los buenos se revela bastante interesada.

A nosotros nos parece que reducirlo todo a este esquema maniqueísta es algo sencillamente inaceptable. Lo es porque, en fin de cuentas, dicho esquema nos llevaría a hacernos preguntas muy embarazosas, como por ejemplo: ¿Es Dante un escritor “desde arriba” o “desde abajo”? ¿Y Cervantes? ¿Y Goethe? ¿Y Milton? ¿Y Cavafis? ¿Y Montale? ¿Y T. S. Eliot? O, para ser más exactos, ¿cuáles poemas o trozos de poemas de los mencionados pertenecen a la “cultura-monumento” y cuáles a la “cultura-movimiento”? Si pasamos a los dominicanos, ocurre igual cosa. ¿Es Mieses Burgos de “arriba” o de “abajo”? Debería ser de “arriba”, pues trabajó para los Vicini, los cuales hacían negocios con Trujillo. ¿Hay poemas que se inspiran en la “cultura desde abajo”? ¿No? ¿Qué les parece ese poema que trata de Caamaño? ¿Y del Cabral, dónde lo situamos? ¿Es de “abajo” por su ridícula novela El presidente negro y su poesía negroide o es de “arriba” a causa del verbo individualista que saqueó de Krishnamurti? ¿Y qué hacemos con Pedro Mir? Tiene que ser de “abajo” porque fue marxista. Pero, ¿no le regaló una casa Balaguer? ¿Y qué de Silvio? ¿Es de “abajo” porque ataca a los intelectuales dominicanos o de “arriba” porque recibe un pingüe sueldo en Albany? ¿Cómo calificamos a Moya Pons, pasado funcionario estatal? Fue Homero de “arriba” porque describe la sociedad latifundista de la vieja Grecia y sus valores aristocráticos o de “abajo” porque cuestiona sus virtudes guerreras? Como podemos ver, con ese esquema nuestro amigo abre una tremenda caja de Pandora.

Odalís habla de los estudios interdisciplinarios. Esos estudios, que estaban muy de moda en los Estados Unidos hace unos años, ahora ya se encuentran prácticamente en desbandada. En las universidades, los departamentos de esa disciplina, al igual que los demás que tienen que ver con las humanidades, dejaron de crecer y se van a pique. En el caso de los estudios interdisciplinarios, es así esencialmente porque se estrellaron contra ese infranqueable arrecife que es el tipo de maniqueísmo propuesto en el discurso de nuestro amigo. O sea, hablaron demasiado de la “cultura desde arriba”, diciendo que era mala casi como la Gran Meretriz del Apocalipsis, y que, por consiguiente, había que extirparla como un tumor del alma de los hombres, como hablaron también demasiado de la “cultura desde abajo”, esa cándida paloma, una especie de Beatriz campesina, como la Dulcinea del desventurado don Alonso Quijano, la cual, al ser tan pulcra e inocente, había que afirmar y defender a toda costa. En otras palabras, los estudios interdisciplinarios lo vieron todo en términos antropológicos y a eso lo redujeron.

Ahora bien, si tomamos este esquema de la “cultura desde arriba” y la “cultura desde abajo” de Odalís, como retomado de los estudios interdisciplinarios (estudios que están muy cercanos al corazón de Silvio Torres-Saillant, por cierto), y lo aplicamos a la escena actual, hablando así de “cultura popular”, (o sea, “desde abajo”), podemos apreciar el hecho de que, de repente, se presenta una enorme dificultad. ¿En qué consiste la “cultura popular”, o sea, esa cultura que, con regocijo de Odalís y su gente, estaría en contacto con la gente y representaría sus más prístinas aspiraciones de redención social y espiritual? Consiste de la televisión, del cine, de las telenovelas, de los chismes de la farándula, de don Francisco, de Sábado Gigante, del Gordo de la Semana, del rap, del regettón, del perreo, del nintendo, de la pornografía, de la Internet y de muchas otras cosas afines. ¿Representan estas cosas la verdadera “cultura popular”, esa muy cacareada “cultura desde abajo” o “en construcción”? Por definición, deberían. Sin embargo, tan pronto observamos con detenimiento esas expresiones “populares”, advertimos que de ninguna forma o muy raras veces provienen y son una expresión genuina de la gente de abajo, del pueblo. Puede esa gente, ese pueblo, creérselo, sin duda; pero, no es así. Todas esas expresiones supuestamente populares provienen de conglomerados económicos que las sujetan, las inventan, las elaboran, las venden y las imponen. O sea, que esa supuesta “cultura popular” nada tiene que ver con el pueblo en sí, a menos que no sea para cogerlo de pendejo, como ocurre las veinticuatro horas del día y en todos los países, en la televisión, el cine, las discotecas, los periódicos, las revistas, la radio, la Internet y la misma literatura, a la cual se la define ahora como lite.

Además, si nos fijamos en este discurso, ¿dónde están la poesía, la filosofía, la novelística, el teatro y la cuentística populares, o sea, “desde abajo”? Es que la cultura popular que estamos esbozando, y que es esencialmente farándula en todos sus nefastos sentidos, rechaza tajantemente el signo escrito y lo sustituye por la imagen demoledora del espíritu rebelde en los seres humanos. A pesar de sus pretendidas raíces populares, la farándula es elitista en sus funciones, ya que reduce a la gente a un estado letárgico comatoso. El rap, el regettón, el perreo, la MTV, los Reality shows, cosas que se conforman tanto a la idea de una “cultura desde abajo” como la enuncia el amigo Odalís, no son sino la patética expresión de lo que el novelista Thomas Wolf definió hace tiempo como radical chic, o sea, “radicalismo de moda”. ¿Qué más elitista y decadente que un cantante de rap, por ejemplo? ¿Qué más falsos que el merengue y la bachata como ritmos internacionales? Pero, ¿qué podemos esperar de un tipo de cultura en la cual al cantautor Bob Morley se le considera un filósofo?

Por cierto, Odalís va a rechazar todo lo antedicho, y va a insistir que la “cultura desde abajo” o “cultura-movimiento” no es igual a la farándula. No tiene que serlo. Lo que importa es que, al seguir las pautas de su discurso, es ahí donde irrevocablemente se llega. Si eliminamos la definición de la cultura como signo y como pensamiento, lo que es la fatal consecuencia de ese discurso, no hay otra salida que la que hemos esbozado más arriba. Lamentablemente, lo fácil siempre se impone sobre lo difícil. En el mundo de hoy, como en el de siempre, al Estado le conviene tener un pueblo compuesto de seres humanos con la cabeza del tamaño de un guandúl, y de ninguna manera de seres humanos que defienden su individualidad, su libertad y su dignidad a través del esfuerzo mental y espiritual que requiere toda verdadera cultura.

Lo cual nos lleva --para terminar-- a otra observación importante-- la crisis de la cultura en nuestros tiempos. Esto es algo que, metido de lleno dentro de su posición maniqueísta y a lo sumo preocupado por definir quiénes son los buenos y quiénes los malos, Odalís no advierte en lo más mínimo.

Tradicionalmente, las clases altas monopolizaban la cultura. Primero la aristocracia y después, ya con el Renacimiento y más tarde con la Revolución francesa, las clases medias entendieron la cultura como poder y legitimación del poder político, y, además, como una forma de prolongarse en el tiempo, o sea, como una manera de alcanzar la inmortalidad a través de los monumentos (pirámides, templos, estatuas, palacios, jardines, poemas, tratados históricos y filosóficos, retratos al óleo, etc.), esto es, como un modo de asegurarse el recuerdo mediante la gloria. Es por eso que, en el pasado, siempre se habló de “la posteridad”, llegando casi a deificar ese concepto, pues era esa “posteridad” la que otorgaba dicha gloria.

Cuando habla de “cultura-monumento” y “cultura-movimiento”, el discurso de Odalís está inmerso todavía en ese mundo tradicional. El problema es que, desde nuestro punto de vista, ya ese mundo está casi en vía de extinción, gracias en gran medida al maniqueísmo del concepto exclusivamente antropológico de la cultura que encuentra resonancia en su tipo de discurso. Como resultado del auge de los medios de comunicación de masas, especialmente del cine, la televisión y ahora la Internet, desde 1960 en adelante se ha ido borrando cualquier noción de lo que es la cultura en términos de ideas y de sentimientos. A esta noción se le ha ido sustituyendo paulatinamente la otra noción de una cultura compuesta únicamente de la imagen y del sonido, con el añadido de la supremacía del concepto de la cantidad sobre el de la calidad. Por consiguiente, las clases pudientes, que otrora necesitaban la cultura para acaparar el poder o legitimarse en él, como también para darle sentido a la existencia humana, ahora no la necesitan, pues tienen a su alcance medios más poderosos, económicos y eficaces para hacerlo. La televisión, el cine, la música popular, los videos, los juegos de nintendo, la Internet-- todo eso les proporciona un indiscutible dominio sobre las masas. A la gente se le da acceso a estas cosas para que no desarrolle extrañas ideas, como esa de pensar por su propia cuenta, de cuestionar su sociedad o de buscar alternativas intelectual y espiritualmente más dignas en su vida. ¿No es todo esto cultura “desde abajo”, “cultura-movimiento”? Así se los hacen creer. Y, al no existir ya una cultura fuertemente anclada en el pensamiento y la crítica, en el individualismo a ultranza contra el Estado, la gente se lo cree. Las clases pudientes actuales tienen entendido que, al igual que en una vasta colonia de termitas, en este mundo todos somos consumidores, de arriba hacia abajo. ¿Hay que darle sentido a la vida? Simple: ¿Consumo? Ergo, existo. ¿Qué más se necesita saber? Tanto a Dios como al demonio los encontramos cada día de nuestra aburrida existencia en el supermercado y en el Shopping center. Y si estos lugares son virtuales, mejor aún.

¿Qué queremos decir con esto? Simplemente, que nuestro amigo Odalís está gastando su tiempo y sus energías en un discurso completamente desfasado. Ya no existen “arriba” o “abajo”, “monumento” o “movimiento”. Existe sólo el presente campo de batalla donde la cultura, esa cultura que es pensamiento y es sentimientos, tiene que defenderse de la insidiosa y profundamente inmoral barbarie de este mundo posmoderno.

Odalís, amigo, enlístate en esta trascendental batalla y no te pases toda una vida desperdiciando tu intelecto hablando de santos y demonios, como cualquier inquisidor de la Edad Media. Gente como tú, revisando un poco sus ideas y manera de ser, pueden contribuir mucho a que esa enorme marea de mediocridad y estupidez que es el mundo de hoy no se vuelque sin misericordia con su furia destructora sobre nosotros, destrozando y aniquilando así lo poco que los seres humanos han logrado construir en su triste y sangrienta historia-- su cultura, su civilización. Deja que el arado sepulte los huesos de los muertos, escribió William Blake en los proverbios de El matrimonio del Cielo y del Infierno. O sea: deja de pensar en el pasado y concéntrate en el presente, para crear así el verdadero futuro de la humanidad.

©Giovanni Di Pietro

(29/6/04)


THE FARMING OF BONES, DE EDWIDGE DANTICAT
TEORÍA DE LO ÉTNICO

[Giovanni Di Pietro]

Sin lugar a dudas, en los Estados Unidos lo étnico está in, o sea, está de moda. Basta con mirar al gran éxito que ha tenido Julia Álvarez con sus libros. Basta con mirar al éxito de muchos otros escritores-- Sandra Cisneros, Esmeralda Santiago, Ami Tan, Junot Díaz, etc., para darse cuenta de esto. Muchos de estos escritores son de origen suramericano. Los hay también centroamericanos y asiáticos. Faltaba sólo una etnia-- la haitiana. Y ésta ha llegado ahora, con los libros de Edwidge Danticat. Porque, en efecto, no todo es étnico en ese país. La literatura producida por las minorías ameroindias, por ejemplo, no es parte de lo étnico. Tampoco sería parte de lo étnico lo que podrían producir minorías provenientes de Europa. En otras palabras, en los Estados Unidos muy a menudo lo étnico tiene mucho que ver con las conveniencias políticas (politically correct, se dice) del momento. Son esas conveniencias políticas las que hacen de lo étnico algo aceptable y respetable.

Para nadie es un secreto que las minorías centro y suramericanas, como también las minorías asiáticas, han adquirido un enorme poder político y económico en estos últimos años en la sociedad norteamericana. Este poder hace que puedan imponer lo suyo como nunca antes. Y hace que todo el mundo, desde los grandes consorcios comerciales hasta las academias, se interesen en lo que producen. Puede ser comida típica, música o literatura, no importa. Si es rentable política y económicamente, estará in, estará de moda, y es, pues, rápidamente adoptada como parte del mainstream cultural prevaleciente.

Esto de ninguna manera quiere decir que a lo étnico le falte calidad o valor. Sin duda, tiene tanto una cosa como la otra. Los libros de Julia Álvarez, de Sandra Cisneros, de Esmeralda Santiago, de Ami Tan, etc., son cosas cuya calidad y cuyo valor están a la vista de todos. Pero esto no le resta al hecho de que pertenecen esencialmente a una moda. Y las modas, que conste, van y vienen, no son algo estable. Hubo un tiempo, por ejemplo, entre los años sesenta y setenta, en que lo étnico quería decir principalmente lo referido a la minoría de color. Esta era una minoría que adquiría cada día más cierto poder político y económico y que, por consiguiente, la sociedad tenía que tomar en cuenta. Y así se hizo. ¿Dónde está lo étnico de la minoría de color ahora? Prácticamente desapareció del mapa de las preocupaciones de la sociedad norteamericana, una parte absorbida en el mainstream tradicional, otra parte, simplemente rechazada, por haber perdido ya su viabilidad.

En el caso de Haití, toda esta situación cambia. No se puede, en verdad, hablar de una minoría haitiana que adquiere poder político y económico en los Estados Unidos. Ni tampoco se puede hablar en términos de una minoría en sí, ya que la comunidad haitiana en ese país es sumamente pequeña cuando la parangonamos con las minorías centro y suramericanas y las asiáticas. Para que lo étnico se aplique a esa minoría también, el juego tiene que ser otro al que hemos esbozado con relación a esas otras minorías. Y es, indudablemente, otro.

Como todos dicen y repiten hasta la saciedad, Haití es el país más pobre del Hemisferio Occidental. Los malos gobiernos y una serie interminable de catástrofes ecológicas lo han llevado a eso. Tiene un gran exceso de población. A diferencia de otros pueblos, a esas pobres almas que componen el pueblo haitiano no les ha sido posible la emigración. Lo que ha habido de emigración, ha sido casi exclusivamente hacia la República Dominicana. Otro país pobre, éste. Pero donde la pobreza no alcanza la miseria que es de Haití. Últimamente, los acontecimientos políticos han expuesto Haití a la atención internacional. Tropas de la ONU reestablecieron en el mando al padre Jean Bertrand Aristide, Presidente derrocado, y todavía sigue ahí una fuerza de paz. Haití es un país convulsionado en todos los sentidos. En un Occidente próspero y postmoderno, Haití es su conciencia. Si todo anda a las mil maravillas en este mundo neoliberal, ¿cómo es que ese país está como está? Si el mundo es ya un mundo próspero, ¿cómo es que los haitianos siguen siendo los olvidados de la tierra?

La falta de respuestas exactas a estas preguntas ha hecho que a ese mundo “alegre” de hoy se le pueda notar una tendencia hacia la mala conciencia. Haití es todo lo que ese mundo pretende que ya definitivamente dejó de existir. La miseria y los malos gobiernos, el desastre ecológico, la tragedia de la emigración de gentes pobres hacia los países ricos, la persistencia y hasta la intensificación de la discriminación y del racismo, etc., todo lo que el mundo postmoderno dice que se quedó en el pasado, habiéndose terminado con el mismo “fin de la historia” --y la historia humana, que se sepa, no es más que dolor--, lo encontramos vivo y palpitante en Haití. De ahí, la mala conciencia. Es la duda constante, en ese mundo “alegre”, de que, en efecto, la historia no ha llegado nada a ningún fin. Es la realización patente de que en este “mejor de los mundos posibles” del postmodernismo todavía se encuentra el dolor de un pueblo desamparado.

Ese otro juego de lo étnico en la sociedad norteamericana se encuentra aquí, en esta coyuntura. En ese país desarrollado, la mala conciencia hace que, por razones “humanitarias”, o sea, para acallar la voz oculta de la acusación en su contra, lo étnico termine por extenderse también ahí donde normalmente no se extendería nunca.

Ahora bien, este discurso no es válido solamente en el caso de Haití. Puede ser válido en el caso de cualquier otro país que se encuentre en similares circunstancias. Lo étnico --repetimos-- está in. Está de moda. Pero lo étnico puede estar in, puede estar de moda, hasta con los pueblos olvidados, si es que eso ayuda de alguna manera a ameliorar los embates de la mala conciencia. ¿No estuvo de moda lo étnico en el caso de Etiopía, durante la espantosa sequía, con su subsiguiente hecatombe en vidas humanas, a finales de los años ochenta? Y ahí se puso en movimiento toda la maquinaria farandulera norteamericana, elaborando lo étnico en esa melosa, y ahora del todo olvidada, canción-- We are the world, we are the children...” Pasada la crisis inmediata, ¿dónde fue a parar esa manifestación gigantesca de lo étnico? El olvido y la indiferencia se encargaron de sepultarla para siempre.

Esto explica, en parte, la presencia de esta novela de Edwidge Danticat, The Farming of Bones (Penguin Books, 1998). En la publicación de esta novela se movieron muchos actores, y éstos van desde Bernardo Vega, embajador dominicano en Washington, y Barnard College, el prestigioso colegio de la Universidad de Columbia, hasta Junot Díaz y Julia Álvarez. Una serie de gentes intermedias también tomaron parte para que la publicación se convirtiera en una realidad. El mismo hecho de que saliera publicada por Penguin Books, ya es algo que mueve a reflexión. O sea: con Haití bajo la mirada de la atención internacional, con Haití que levanta su dedo acusador en contra del mundo “alegre” postmoderno y su bella fábula del “fin de la historia”, esto es, del fin del dolor de los pobres, la mala conciencia, como es obvio, actuó rápido su mecanismo compensatorio. Si lo étnico está in, si está de moda, vamos a extender, por razones “humanitarias”, lo étnico también a Haití. Y he ahí cómo se aparece Edwidge Danticat con su novela, una historia de amor, de miseria, y, por junta, con el cuco ideal, el cuco de lo que el mundo era antes, mucho antes de la supuesta “perfección” de hoy, cuando la historia ya llegó a su fin-- es el cuco que se encuentra en Trujillo y su masacre de 1937. “Miren lo que ocurría antes. Miren lo que hacían las ideologías,” dice este discurso postmoderno. “Pero en el mundo de hoy, con el neoliberalismo globalizador, ya eso no ocurre.” Y no ocurre, según esta lógica, porque ya lo étnico está in, está de moda. Y lo étnico también se aplica, milagro del “humanitarismo” de ese mundo, a Haití.

Decimos esto porque, en fin de cuentas, como se colige de toda la gran fanfárria mercadológica que ha habido alrededor de este libro, no es verdad que esta obra de Danticat sea una gran cosa como novela. Es que se la escogió para llenar un vacío dentro del discurso de lo étnico. Como no hace mucho, por ejemplo, se escogió Drown, de Junot Díaz, por esas mismas razones, esta vez llegando hasta el absurdo de meterle medio millón de dólares en el bolsillo a su autor para que escribiera una novela. También en ese caso la gran fanfárria mercadológica ocultó la pobre calidad del producto. O sea, tanto en el caso de Danticat como en el de Junot, lo étnico se impuso por razones externas a lo que conforma la buena literatura. Por razones de política y de mercado, en el caso del escritor dominicano; por razones “humanitarias”, en el caso de Danticat. Y si podemos aceptar como normal el juego de lo étnico en el primer caso, creemos que hay algo fundamentalmente inmoral en el segundo. Inmoral, no porque lo étnico haya respaldado a una novela de muy modesta categoría; inmoral más bien porque, como hemos explicado, lo “humanitario” de lo étnico no es más que una manifestación de mala conciencia. Al serlo, al final no lleva a nada constructivo. Llevará solamente al olvido y a la indiferencia, como al olvido y a la indiferencia llevó en el caso de Etiopía.

En la historia del hombre, al ser expresado en una forma literaria, el dolor se impone sólo y cuando el resultado sea excelente en términos estéticos. El dolor no se impone a través de una moda. Tiene que ser a través de algo genuino y trascendental. Los grandes libros que cambiaron la historia, la cambiaron porque fueron grandes libros, y de ninguna manera porque estuvieran de moda. Lo étnico, con relación a la novela de Danticat, trata de imponer el dolor a través de una moda. Y eso no puede ser. Si The Farming of Bones fuera de verdad esa novela excelente que la fanfárria mercadológica dice que es, entonces bien, no existiese ningún problema. Sólo que, desgraciadamente, no es así. Se toma una novela de muy modesta categoría, y se le achaca la responsabilidad de representar lo que es el dolor de todo un pueblo. Al hacer esto, no resiste al peso que esa responsabilidad implica, y ese pueblo que está ahí representado en su dolor termina perdiéndolo todo. Si lo que estamos leyendo no vale la pena como obra válida, ¿valdrá la pena el mensaje de dolor que nos está tratando de comunicar? En la mayoría de los casos, se asume automáticamente que no lo valdrá.

LA COSECHA LITERARIA DE DANTICAT

¿Por qué decimos que The Farming of Bones es una novela de muy modesta categoría? Simplemente porque, al leerla con detenimiento, nos damos cuenta de varias cosas que no le funcionan a Danticat. Excepción hecha del protagonista central, Amabelle, y quizás también de Yves y uno que otro más de los personajes menores, los demás protagonistas de esta novela son creaciones extremadamente superficiales. Basta con mirar al personaje de Valencia, o al personaje de Pico, o al otro de Sebastien, por ejemplo, para saber en lo que estamos. Son personajes que no despegan nunca. Pico, en su crueldad, es un personaje borroso y de cartón. Así Valencia. Sebastien no pasa de ser el simple esbozo de un personaje romántico. Ocurre igual cosa con el personaje del doctor Javier. Es superficial el personaje de Papi.

Otro asunto negativo son las situaciones creadas por Danticat. Casi todas, a excepción de la descripción de la masacre de 1937 y cómo Amabelle e Yves la experimentan, son situaciones programadas que no dejan nada al juego narrativo en sí. Eso del accidente en el cual muere Joel, al inicio de la novela, por ejemplo, o eso de la reacción de Pico a ese accidente, como también eso de los mellizos de Valencia --uno blanco y el otro de tez oscura--, ¿qué son, sino situaciones programadas para que surtan ciertos efectos? Como es obvio, en esto se ve sólo la mano inexperta de una novelista principiante.

El manejo de los diálogos es uno de los elementos claves en cualquier novela buena. Aquí, en The Farming of Bones, por lo menos en su primera mitad, los diálogos tienden a ser aburridos e infantiles. Creemos que se debe a dos cosas. Primero, a la falta de experiencia de la novelista, y, segundo, posiblemente a la técnica que quiere emplear, la cual se supone que consistiría en reproducir al inglés las modalidades del habla creole. Un estudio lingüístico del texto podría aclarar este argumento, confirmándolo o hasta rechazándolo.

Esto de lo que es la primera y lo que es la segunda mitad de la novela de Danticat es importante. Al leer atentamente toda la novela, nos damos cuenta que su calidad mejora considerablemente ya al iniciarse el capítulo 28. Es, en efecto, como si estuviéramos leyendo dos clases de novelas-- la primera, sin ningún valor literario de que hablar; la segunda, con un valor literario loable. Esto se nota hasta en su nivel lingüístico. El lenguaje de la segunda mitad de la novela no es exactamente el mismo que encontramos en su primera mitad. En la primera mitad abunda la tendencia a reducir el habla creole al inglés; en la segunda, el inglés es la base misma del texto, y un inglés --añadimos-- bastante literario y lírico en su naturaleza. Que The Farming of Bones se divida en esa forma hace que fracase como una obra narrativa valida.

La tesis de la novela de Danticat es obvia. Trata de la igualdad que debería existir entre los dos pueblos cuya historia está narrando-- el pueblo haitiano y el dominicano. Se asume desde un principio --y el recuento de la masacre de 1937 será el eje de esto-- que son los dominicanos que no quieren aceptar como iguales a los haitianos. El dominicano sería el pueblo rico; el haitiano, el pobre. Ya que los dominicanos son ricos, son explotadores. La explotación es cruel. Y la crueldad no es más que racismo. Sin embargo, que conste, Danticat no introduce el tema del racismo en la novela. Podemos notar sus tenues rastros en el personaje de Pico, cuando rechaza su hija Rosalinda, de tez oscura, y le prefiere a Rafael, el blanquito que muere. Para Danticat se trata más bien de prejuicio y de discriminación por razones de pobreza.

Esta tesis de la igualdad entre los dos pueblos es --creemos-- muy sensata de parte de Danticat, aunque también un tanto parcializada. Antes que nada, no es verdad que el dominicano sea ese pueblo rico que se pretende que sea. Si de objetividad histórica se trata, sabemos que, en ese período, el pueblo dominicano era tan pobre como el haitiano y vivía, además, bajo una cruenta tiranía. En este sentido, pues, tanto el pobre haitiano como el pobre dominicano eran iguales en su indigencia. Admitimos que el pobre haitiano puede ser considerado como aún más pobre del dominicano. En fin de cuentas, ese pobre era un emigrante y se exponía a todos los vejámenes a los cuales son expuestos los emigrantes. Pero aquí estaríamos hablando esencialmente de grados de pobreza, y el hambre es hambre, no importa cuál sea su grado.

Que se quiera decir que había explotadores dominicanos, ya es otra cosa. Si decimos que éstos eran los ricos, entonces estaríamos en lo cierto. Y estaríamos en lo cierto al decir también que eran crueles explotadores. O sea: hay que distinguir. No podemos caer en un fácil maniqueísmo en el cual el malo es el dominicano y el bueno es el haitiano, algo que sí ocurre a lo largo y ancho de toda la novela. Hay dominicanos malos y dominicanos buenos, como también hay haitianos malos y haitianos buenos, pues está en los hombres ser una cosa u la otra, y ambos, dominicanos y haitianos son, indudablemente, hombres. ¿Acaso no es malo Tibon, en la novela, cuando le pega a un niño dominicano y le sigue pegando cada día porque no quiere decir lo que él quiere que diga, o sea, que los haitianos son iguales a los dominicanos? ¡Vaya manera de establecer la igualdad entre los dos pueblos!

Así que si Danticat está en lo cierto al no jugar la carta del racismo --por lo menos en esta novela--, no lo está en ese esquematismo que establece entre un pueblo bueno, el haitiano, y otro malo, el dominicano. O a lo mejor, si nos fijamos en la última parte de la novela, cuando Amabelle regresa donde Valencia y se encuentra con el hecho de que ésta no la trata como pensaba que la iba a tratar, como una hermana extraviada, entonces podemos acusar cierto racismo al revés-- los dominicanos no sirven porque no quieren ser nuestros hermanos. Son todos racistas por esta razón. Sin embargo, este discurso nos deja olvidar que, en verdad, estamos hablando de diferencias de clase, entre Valencia que es rica y aristocrática, y Amabelle que, por su inmensa desgracia, socialmente hablando, no existe. No es, pues, un discurso que explicaría tanto el racismo dominicano, como tampoco el racismo al revés haitiano.

En otras palabras, para evitar el maniqueísmo, siempre se hace inprescindible precisar las cosas, poniendo el punto sobre las ies. Es que el maniqueísmo no construye nada. No ayuda nunca a resolver problemas o a mitigar el dolor de la gente.

NACIONALISMO LIBERAL Y NACIONALISMO TRUJILLISTA

Pero ahí está la matanza de 1937, la cual habla por sí sola, con una elocuencia ominosa. La matanza se daría porque toda la cultura política dominicana la preparó, parece decir esta novela de Danticat. Y el gran culpable, desde el inicio, sería el nacionalismo dominicano. Por eso, el militar que lleva a cabo la matanza se llama Pico Duarte. Pico implica agresividad, como la de un gallo de pelea, por ejemplo; Duarte es una obvia referencia al nacionalismo dominicano en sí, el cual empezaría con Juan Pablo Duarte y los demás padres de la nación dominicana. El nacionalismo dominicano es violento con relación a Haití, es así cómo anda el discurso. Siempre lo ha sido. La nación Dominicana es antitética al muy sufrido pueblo haitiano. Entonces no se trata sólo del Generalísimo Trujillo; las cosas van más lejos, coenvuelven un rechazo a toda la cultura política dominicana. Es esa cultura política lo que hizo posible la matanza de 1937. Si no hubiera habido un nacionalismo dominicano, no habría ocurrido la matanza.

Este es un discurso simplista. Antes que nada, el nacionalismo dominicano original --no nos cansamos de repetirlo-- era de índole liberal y no tenía nada que ver con el nacionalismo estúpido de la tiranía de Trujillo. Que lo querramos o no, en la misma base de todo nacionalismo --inclusive del haitiano-- está el problema de la identidad cultural de un pueblo. Las naciones que tenemos surgieron de su lucha contra otras naciones opresoras. La República Dominicana surgió, pues, en oposición a Haití, o sea, luchando en contra de esa nación opresora para establecer su libertad, no importa las graves fallas que esa idea pudo haber contenido desde un principio. ¿Hubiera existido Haití como nación independiente sin recurrir al nacionalismo haitiano, lo cual hizo que el pueblo luchara contra Francia? Claro que no. Entonces, si esto es válido para Haití y lo es para las demás naciones, ¿por qué no puede serlo también para la República Dominicana? Cada cual defiende lo suyo. Hasta en este “alegre” mundo postmoderno globalizado, donde se supone que ya no deban de existir las naciones, encontramos naciones --los Estados Unidos, la Unión Europea, el Japón-- que defienden lo suyo a rajatabla.

La matanza de 1937 se debió a la mente desquiciada de un acomplejado como lo fue Trujillo y a la indoctrinación nacionalista que le impuso a los dominicanos para que aceptaran el endiosamiento de su figura como sinónimo de esa falsa patria que representaba. No se debió al pobre desgraciado dominicano que no tenía de qué comer, no podía ni siquiera salir de su país, y era triturado a diario por la represión y el terror en lugares como “la 40”, “el 9” y Nigua, para mencionar sólo algunos. De nuevo, hay que precisar las cosas y no caer en el maniqueísmo. Es maniqueísta decir que los dominicanos son responsables de lo que ocurrió en 1937. Los que son responsables son Trujillo y sus seguidores criminales, sin importar si estos últimos creyeran en la tiranía o simplemente se quedaran indiferentes ante ella; no es responsable todo un pueblo, ese pueblo cuya gran mayoría sufrió la represión y el terror en carne viva.

En otras palabras, de no haber habido un Trujillo, con su clase de nacionalismo estúpido, tampoco hubiera habido matanza. Culpar a toda la cultura política dominicana de lo que ocurrió es erróneo. En The Farming of the Bones, Danticat cae en este error tan común y, además, tan acomodaticio que hasta existen sectores políticos dominicanos, dentro y fuera del país, que lo hacen suyo. Que los dominicanos tienen que arreglar el asunto de su relación con Haití es más que evidente. Son dos pueblos hermanos, sí; pero lo son porque ambos sufren la miseria y el abandono producido por los “políticos bocones” (el término es de Andrés L. Mateo) de ambos lados de la frontera que, desde siempre, han preferido azuzar la discordia para aprovecharse y así llevar a cabo su propia agenda particular. Y esto, como es obvio, implica que les compete a los mismos haitianos arreglar su asunto con relación a la República Dominicana. La reciprocidad de intenciones sinceras acabaría con el maniqueísmo de un lado y con el falso nacionalismo del otro.

Sin embargo, Danticat no parece ver nada de esto en su novela. Por falta de experiencia como novelista y por prejuicios maniqueístas, hace que Valencia venga a significar la República Dominicana, blanca y pura, ya que es hija de Papi, un rico emigrante español (= la herencia hispana), y que es, por consiguiente, prejuiciada en contra de Amabelle, la pobre hermana indigente de tez negra, o sea, Haití, sirvienta en vez de ser libre e igual. Hace que Duarte (= el nacionalismo dominicano, la cultura política dominicana) sea un antihaitiano rabioso que causa y lleva a cabo la matanza de 1937, olvidándose convenientemente, claro está, de las diversas invasiones militares de la República Dominicana llevadas a cabo por Haití, con sus respectivas matanzas. Hace que el pueblo sea mulato (= la niña Rosalinda), pero que pretende ser blanco (= el niño Rafael), tratando así de eliminar lo negro (= la herencia africana). Y si existen dominicanos sensatos (= el doctor Javier), éstos son desplazados fácilmente por tipos malos como Pico (= ahora, el militarismo dominicano).

Con esta clase de procedimiento, de nuevo, no llegamos a nada. No gana Haití porque, a través de su novela esquemática, Danticat está manipulando el discurso y falsificándolo en parte; no gana la República Dominicana porque, el dominicano que lee esta novela, y se encuentra con personajes como Pico Duarte y con cosas como el tipo de discurso que se lleva a cabo, nada aprende del dolor de su vecino más cercano, y tampoco logra ver lo importante que es entender que entre su dolor y el dolor de su hermano haitiano no hay ninguna diferencia, ya que es el dolor de dos pueblos hambrientos y miserables, presas de tantos y tantos “politicos bocones” --nacionales e internacionales-- que los han llevado a ese callejón sin salida en que se encuentran viviendo desde largo tiempo en sus respectivas sufridas historias.

Concluimos diciendo, pues, que, a pesar de toda la gran fanfarria mercadológica norteamericana de lo étnico que lleva respaldándola detrás de sí, The Farming of Bones no es, todo sumado, esa gran cosa que se pretende. No lo es porque son pocos los méritos que tiene como una novela propiamente válida. Tampoco lo es, o no lo es aún más, por el discurso maniqueísta que desarrolla y que hemos tratado de trazar a lo largo de este análisis. Esto de ninguna manera quiere decir que Danticat no sirva como novelista. Por el contrario, juzgando a The Farming of Bones desde la perspectiva de su segunda mitad, creemos que tiene habilidades creativas y lingüísticas de sobras que muy posiblemente la llevarán a escribir cosas excelentes en el futuro. Ojalá que sean cosas más ponderadas en términos de su contenido ideológico y que, además, logren disociarse de lo étnico como medida “humanitaria”, ya que eso es algo indigno de cualquier pueblo, y en especial del pueblo de Haití que tanto ha sufrido y sigue sufriendo en este mundo a lo sumo injusto en el cual tenemos todos la desgracia de tener que vivir.

©Giovanni Di Pietro (22/6/00)

viernes 1 de febrero de 2008

La letra en el cuerpo de la ciudad...



La letra en el cuerpo de la ciudad: reflexiones sobre el texto

Los pies de San Juan de Eduardo Lalo

[José A. Rosado, PhD.
Universidad de Puert
o Rico, Cayey]

Hay piezas de madera transversales, cubiertas de pizarra, que marcan líneas azules en las frágiles paredes de un edificio (…). Allá se ven alféizares de ventanas deterioradas, ennegrecidos, con delicadas esculturas apenas visibles, que parecen harto ligeros para sostener el tiesto de arcilla oscura donde crecen claveles o los rosales de alguna pobre obrera. Más lejos se divisan puertas guarnecidas de enormes clavos, en las que trazaron nuestros antecesores jeroglíficos domésticos cuyo sentido no se descubrirá nunca. Tan pronto se ven allí los caracteres con que unprotestante hizo constar su fe (…). Algún burgués ha dejado grabada las insignias de su nobleza parroquial, la gloria de su olvidada regiduría. Toda la historia de Francia está allí.

Honorato de Balzac

He muerto tanto en San Juan, en las piedras donde hubo indios, en las iglesias donde hubo blancos, en las calles donde hubo negros. Con sus huesos y sus sueños me cubro todas las noches, soy lo que fueron y son, y me revivo.

Magali García Ramis

La ciudad es un texto; el texto es una ciudad. Se sueña la ciudad, se planifica fuera de su entorno, se impone un modelo a escala en planos, dibujos y maquetas para luego trasladarlo hacia su destino donde será fundada, construida. Se piensa el texto gracias al desvelo, se lee o se investiga, se organiza, se lleva a la letra y se imprime el libro que llenará un hueco en el estante de una librería. Pasa el tiempo, al inicio el asombro por la novedad, fachadas elaboradas de edificios, ricos balcones, sólidas y bronceadas puertas, acogedores interiores, la sala, la cocina, la habitación y el patio de la vivienda. Se ven plazas soleadas, calles de relucientes adoquines, tránsito de gente en armonía con el lugar. Luego aparece el abandono, la soledad, la podredumbre. Transcurre el tiempo, acontece la lectura inicial del libro para el goce o disgusto, luego el polvo imperceptible sobre su lomo, aún reluciente, todavía cerrado; permanece allá, ansioso por alguien que lo acoja, lo abra, lo acaricie y recorra sus páginas con el amor que sólo un lector caminante le puede ofrecer.

Estos pensamientos los inspiran la lectura del libro Los pies de San Juan (2002), escrito por el escritor, fotógrafo y pintor Eduardo Lalo. Como lector y caminante me acerco al texto para recorrer la letra, el grabado, la foto y la poesía de esa ciudad, al inicio soñada para el paseante, el flâneur, construida, al paso de los años, sin embargo, para su eventual desaparición. A través de sus páginas se conjuga plástica, arquitectura, urbanismo, literatura, cultura y política propiciando la íntima relación que siempre ha existido entre calles, pasillos, fachadas, libreros, puertas, portadas, libros, interiores y páginas; es decir letra y cuidad concretizada en la frase ciudad letrada expresada por el crítico uruguayo Ángel Rama. El libro de Lalo al leerse implica el desplazamiento; obliga a ver y a caminar por la ciudad cultural que es toda biblioteca, así como la biblioteca tangible, material, corporal y viva que es la ciudad en la que día a día convivimos.

Estos fenómenos hacen que el libro Los pies de San Juan se sume a una lista de textos sobre arquitectura, planificación y urbanismo, a la vez que dialoga con una a tradición artística, literaria y cultural caribeña fundada en la letra, el viaje y la mirada. Cuando los primeros europeos se desplazan hacia el Nuevo Mundo la escritura tiene como fin dar fe y legitimidad a lo visto. Sin embargo, al escribir se parte de la propia concepción cultural y la necesidad de promover un proyecto económico. Las ciudades latinoamericanas y caribeñas –han dicho Ángel Rama y Antonio Benítez Rojo- fueron soñadas y planificadas en Europa; son ciudades- puertos que existen no en su valor intrínseco, sino como parte de la trayectoria de regreso hacia un puerto seguro: Europa. Resultan producto de la gran maquinaria europea, ciudades de tránsito de mercancía, de gente, lenguas, culturas e ideologías. Todas estas ciudades existen porque son el resultado de un desplazamiento utópico-visual de un yo letrado europeo.

Tal vez por esta razón la tradición literaria cultural y arquitectónica esté matizada por estas características. Desde las Crónicas de Indias, los artículos de costumbres de Manuel Alonso, la mirada clínica de Zeno Gandía, la obra de René Marquéz, la del cubano Alejo Carpentier, Edgardo Rodríguez Juliá, Manuel Ramos Otero y Luis Rafael Sánchez se ha intentado definir lo caribeño y lo puertorriqueño por medio de la mirada, la letra y el desplazamiento que en lo común se efectúa en la ciudad. La obra literaria de Lalo, recopilada en el libro La isla silente (2002) se inspira en la tradición urbana francesa, sobre todo Baudelaire. Utiliza la figura del caminante voyerista para crear una escritura oscilante entre la crónica ensayística, el cuento y la poesía.

Rasgos similares se manifiestan en los libros de arquitectura y urbanismo. Los textos de María de los Ángeles Castro, Arquitectura en San Juan (siglo XIX), (1985), el de Aníbal Sepúlveda y Jorge Carbonell, Cangreros-Santurce. Historia ilustrada de su desarrollo urbano (1519-1950) (1988), el escrito por Jorge Rigau, Puerto Rico 1900. Turn of the Century Architecture in the Hispanic Carribbean (18901930), (1992), la Serie Dédalo organizada por Enrique Vivoni, entre los que se destaca San Juan siempre nuevo: arquitectura y modernización en el siglo XX (2000) y el reciente Los corsos americanos. Ensayos sobre sus arquitecturas, vida y fortunas en el siglo XIX (2002) y el estudio que Ángel G .Quintero Rivera escribió sobre la ciudad de Ponce en su libro Patricios y plebeyos: burgueses, hacendados, artesanos y obreros (1988) parten de la lectura urbana para adentrarse en la reflexión histórica, social y cultural. En Castro, Sepúlveda, Carbonell y Quintero los planos de edificios, casas, el ordenamiento de calles, en el caso de San Juan el tipo damero, en el de Ponce el chaflán y los mapas urbanos se funden a la fotografía para crear un discurso histórico-urbanístico vinculado al espacio público. Rigau y Vivoni, en cambio, exploran el privado -los planos, fachadas e interiores de viviendas- con el objeto de destacar la belleza arquitectónica y la planificación, a la vez que se compara con otras manifestaciones urbanas del Caribe, América Latina y Europa.

Todos estos textos, sin embargo, evidencian un rasgo común: responden a una cultura letrada, por no decir oficial, de lo que debió o debe ser la ciudad y en consecuencia sus habitantes. Las fotos de viviendas, edificios, la reproducción de planos y mapas urbanos adquieren prominencia gracias al nombre de un reconocido arquitecto o planificador, a la definición de acuerdo a tendencias en la arquitectura o a las concepciones urbanísticas ideadas desde el poder. El objetivo de los libros es el rescate, la búsqueda en archivos y, como respuesta a la estructura material, la preservación. La nitidez y belleza arquitectónica de edificios citadinos y el orden urbano promueve una mirada similar a la que asumimos cuando visitamos un museo. Al recorrer las calles el goce estético asume cierta distancia para apreciar la fachada, en su particularidad y con respecto al conjunto. En el momento en que se entra a una vivienda o edificio acontece una experiencia similar: los muebles, sillas, objetos, libros, mesas, ordenados en el espacio, se mantienen a distancia, pierden, incluso, su función vital, están ahí sólo para ser vistos, nunca tocados, menos usados. Son cosas preservadas del flujo temporal, muchas de ellas restauradas, algunas tomadas de otras casas, por eso desubicadas, tristes por su inmunidad a la descomposición y debido a eso carecen de todo soplo de vida. Con frecuencia el asombro puede resultar inexplicable: al pasar el umbral de una vivienda privada o edificio público, el interior pierde su antigua función transformándose en centro comercial o restaurante de comida ligera. Invito a que visiten la ciudad de Ponce. El centro, excelente casco urbano para caminar y ver, ante la ausencia de gente, robada por los centros comerciales, subsiste gracias a una cultura turística y de museo, definida por ser espacios hiperreales, como ha visto Umberto Eco en su estudio sobre Disney, nítidos en su restauración, pero solitarios debido a la carencia de humanidad.

Los pies de San Juan pretende llenar esta ausencia. Frente a la Historia y la Ciudad oficial, inherente en los archivos y medios masivos de comunicación, intenta conferirle voz y palabra. Desde el título y el pie herido de la foto de portada se establece un nuevo modo de caminar, ver y concebir la ciudad. No se mira y camina en búsqueda del espectáculo citadino expuesto en fachadas, plazas o monumentos: se mira hacia abajo, hacia lo menos higiénico, pero lo más vivo, las aceras para buscar, afirma el autor, “la historia de los hombre y mujeres de esta urbe, aunque ellos no lo sepan, aunque no lo quieran” (013). De ahí que la ciudad se conciba como piel, un cuerpo vivo, un espacio para ser marcado, similar a los tatuajes que muchos graban en lugares poco visibles, pero a la vez insinuados cual promesas de misterios por descubrir, como la historia, según se ve en la película The Pillow Book, que una amante escribe en diferentes cuerpos con el fin de seducir al amado ausente, al amado y deseado lector.

Estas características se materializan en el texto, que como ciudad y cuerpo, se impregna del tatuaje diario de gente común y corriente. Las huelas dactilares, usadas para expresar el gentilicio sanjuaneros, se combina con fotos de zapatos, edificios en ruinas, tapas de alcantarillados y contadores de agua, adoquines, graffiti y las aceras para representar las marcas de la ciudad. Este proceso asume una doble perspectiva: existe la letra marcada de un modo oficial y, por otro lado, la que nace de manera espontánea. Las fachadas de edificios en ruinas, por ejemplo Edificio Gloria 1955 (040), el cine Paradise (057) y las tapas de alcantarillados y el contador de agua, tienen grabado fecha y nombre para designar la estructura o la fábrica constructora: Contador de agua, Sobrinos de Portillo Inc., 1942 (066). Cuando se observan otras fotos la marca se manifiesta por medio del graffiti en paredes (077), el nombre de la persona Raúl (041) escrito en el concreto cuando aún estaba fresco y las menos perceptibles, las líneas, rajaduras, hoyos o ralladuras vistos en postes de alumbrado, calles y aceras. Llaman la atención las fotos 014 “Grapas en poste de alumbrado”, 015 “Pegamento de un afiche arrancado” y la 028 “Acera”. Cuando se examinan el lector-espectador tiene que usar su experiencia cultural: para mi dan la impresión de un espacio rocoso y desolado, un dibujo simulando una serpiente, hasta el trazo de un rostro, tal vez taino.

Rasgos semejantes se encuentran en el álbum familiar, la foto del autor, de los hijos y de la madre. Al representarse mediante diversas tomas y formatos, dan vida y voz a una colectividad usualmente escondida y silenciada, como eco, tal vez, del arte fotográfico de Jack Delano, sobre todo los rostros de campesinos. Al ser cuerpos se asemejan a la materialidad citadina, evidencian, como se puede apreciar en la fotografía de la madre (083), marcas sobre la boca, los labios, alrededor de los ojos y en la frente. Igual efecto se ve en las fotos de los niños: los rollitos de la barriga, los pies sucios, los gestos del rostro al dormir, sonreír o simplemente al hacer monerías. El autor presenta su rostro en una serie de fotos (108-109) mediante el juego de luz y sombra, siendo esencial la indefinición porque crea la impresión de desdoblamiento, de ser incluso, una mera marca. Es llamativo el montaje de la página 100, las diversas tomas del niño, así como la 062 y 063, que une objetos, fachadas y personas. En ambos casos el cuerpo se funde a los objetos para crear, gracias a la acumulación, un microcosmos visual del texto, como si resumiera y fuera tatuaje impregnado en la piel de la ciudad.

En los dibujos, el grabado y el montaje textual, evidente también en la obra plástica de Lalo, manifiestan fenómenos similares. Los poemas, las crónicas y reflexiones interpretan poéticamente lo implícito en los grabados. Su formato, similar a lo captado mediante la fotografía, destaca la plástica presente en la letra, el dibujo que toda letra es. Por ser representación fonética resulta lo audible de la ciudad, su voz, el código lingüístico que se comparte con el lector. Cuando se vincula al color y al grabado, lo escrito se acerca a la tradición del letrismo visto en la obra de Homar, Tufiño y Martorell. Expresa complejidad semántica, como el grabado y la letra son afines es común que el dibujo simule la letra, en tanto la letra representa un dibujo. En varios grabados –las páginas 050,051, 049, 034 y 035- se crea la impresión de un alfabeto o código, pero como no se puede descodificar por medio lingüístico, asume las propiedades inherentes al jeroglífico, como si en el texto, el cuerpo y por extensión la ciudad existieran marcas o tatuajes aún cubiertos por los velos del misterio.

Los pies de San Juan reproduce lo imperceptible, destaca la cualidad o efecto para insinuar, desde la impresión material de los objetos, los colores, las letras y grabados, el espacio donde coincide simultáneamente, según la tradición borgiana, todos los puntos del universo. Resulta eco de las excavaciones hechas en Pompeya, ciudad suspendida en tiempo y espacio, pieza arqueológica petrificada en actitud gestual, la gente, la rutina, los objetos. De ahí que el libro, como cuerpo y reflejo de la ciudad, se transforme en espacio donde el fotógrafo, dice Lalo, asume la labor de un arqueólogo. La vida citadina, convertida en piedra, se asemeja a un fósil que letra, foto, poesía, dibujo y color intenta descifrar, no como mero orden urbano, sino como jeroglíficos, cuyos códigos, aunque indescifrables, manifiestan el misterio esencial del arte. No es gratuito comparar la composición de las fotos del niño de la página 100, la del cementerio de San Juan (071) con el grabado dactilar de los sanjuaneros (012); el montaje crea la impresión de que son los nichos de un cementerio, sobre todo el del Viejo San Juan, metáfora de la ciudad amurallada.

La ciudad como texto, el texto como ciudad y cuerpo se acerca a los ritos funerarios. Se transforma en tumba similar a la faraónica, deseosa por preservar el cuerpo para la eternidad, a su vez, esencialmente letra, jeroglíficos, al inicio no comprendidos, pero grabados, evidencia de existencia: el texto-ciudad que un futuro arqueólogo-lector decidirá recorrer para rescatar de sus páginas, calles, marcas, letras o dibujos el soplo de vida que una vez tuvo, tiene y tendrá. Los pies de San Juan, como reflejo del cuerpo vivo de la ciudad, enseña a caminar y a ver de otra manera, a la vez que estamos en contacto con la historia del país, con esas marcas de los “que fueron y son”, pero que reviven y nos hacen revivir cada vez que aprendemos a descifrar sus escondidos legados.

(Fotografías del libro de Eduardo Lalo©)

miércoles 23 de enero de 2008

El violín de la adúltera

De "AREÍTO"
Hoy. com.do © http://hoy.com.do/article.aspx?&id=140102

CRITICA
Intelectualidad e inteligencia


Ser inteligente implica poner nuestras facultades y talentos al servicio de la vida y hacia la convivencia


[LEÓN DAVID]
Nada tengo en contra de la inteligencia, pero desconfío abiertamente del individuo que alardea de su intelecto. Aunque inteligencia e intelecto no suelen recorrer caminos separados, es poca cuanta insistencia pongamos en subrayar que ambos sustantivos están lejos de nombrar la misma cosa. Cometeríamos un error de a folio, no por frecuentemente perpetrado menos peligroso, confundiéndolos.

Para poseer inteligencia no se precisa usufructuar la condición de intelectual… Por vía de ejemplo, -ejemplo que será, espero, suficientemente ilustrativo como para no requerir la compañía de otros-, cualquier tosco labrador del campo puede llegar a exhibir más clarividencia y lucidez que un reconocido académico. He aquí, sin embargo, que, en aleccionador contraste con la acaso imprudente aseveración que acaba de resbalar de los puntos de mi pluma, entre la infinidad de intelectuales que conozco no abundan aquellos a los que quepa con razonable certidumbre distinguir en virtud de una notable y singular inteligencia. Porque –atrevámonos a decirlo sin titubeos- el poder de discriminación conceptual con que vinimos al mundo es una cosa, y otra enteramente distinta el uso que del mismo acostumbramos hacer…

Sostengo, en efecto, por más heterodoxa o disparatada que pueda lucir esta opinión, que no es por mor de las óptimas facultades cerebrales de que disponemos que nos hacemos acreedores al título de “inteligente”, sino que, en justicia, el otorgamiento de pareja distinción va a depender, antes que de la brillantez de la mente, del fin que persigamos con semejante capacidad de entendimiento.

No se me oculta que lo abonado de manera harto enfática en los renglones que anteceden, desborda los cauces tradicionales por los que suelen deslizarse las ideas a la hora de ponderar cuestión tan delicada como la que, dando prueba de ligereza, se me ha ocurrido poner en candelero. Empero, cuanto más inspecciono asunto, más inclinado me hallo a arrimarme al expresado parecer; al extremo de que no acierto a vislumbrar cómo podría nadie recusar tan palmaria verdad.

Reitero: aun cuando pueda sonar estrafalario dictamen a los oídos hechos sólo para lo convencional y sólito del hombre de a pie, la inteligencia no es medio sino fin. Mas he aquí que propendemos a considerarla desde una mera perspectiva instrumental y desde un punto de vista estrechamente egocéntrico…, lo que, a mi criterio, revela escasa sensatez. Pues de nuestras potencias cerebrales cabe hacer doble uso: podemos, comenzando por nuestra propia persona, mejorar la realidad o dejar las cosas tal como están si bien salta a los ojos su viso insatisfactorio y lastimero. Dependiendo de que haga lo uno o lo otro me convertiré en un individuo perspicaz o apenas en uno de esos intelectualoides del montón.

Ser inteligente implica poner nuestras facultades y talentos al servicio de la vida; lo que importa de manera primaria y fundamental enrumbar nuestras energías intelectivas hacia una convivencia no conflictiva, donde las discrepancias individuales contribuyan a enriquecer al grupo, en donde quienes me rodean tengan la posibilidad de desarrollar a cabalidad sus potencialidades, donde la realización espiritual del otro sea condición sine qua non de mi propia plenitud espiritual, donde la confianza, el estímulo y la creatividad sean cotidiano sustento, donde el amor –no el gastado vocablo, no la fantasiosa aspiración- sino su manifestación concreta, tangible y permanente, sea más importante que la verdad a secas; o, si así nos place, que la única verdad definitiva y no sujeta a estéril controversia sea el solidario apego a la criatura humana y a la vida… Porque ¿de qué me sirve el brillante cerebro si con él, en vez de hacer más feliz y transparente la existencia de mis semejantes, añado más leña a la hoguera del rencor, la agresividad, la envidia, el celo y, para compendiar, el cúmulo de miseria y podredumbre que nos agobia?

Quien sólo sabe pensar, por hermosas y excitantes que nos parezcan sus razones, piensa siempre para justificar su inacción. Cuando la argumentación lógica se coloca en el rostro la máscara de una sustitutiva explicación, se torna auto-complaciente, se transforma en racionalización inconsciente de la propia inaceptable actitud y, por ende, desfigura los hechos hasta hacerlos irreconocibles mediante el poder mistificador del lenguaje simbólico. Henos entonces no ante un hombre inteligente, sino ante un vulgar espécimen de intelectual.

Al intelectual se le reconoce a las primeras de cambio porque, de ordinario, no hay nadie en el mundo a quien admire él más que a sí mismo; detesta las actividades manuales y rehúye cualquier labor que imponga el menor esfuerzo físico; se le escapa la relación entre su corporalidad, su lenguaje gestual, su expresividad y su mente racional, y no cura en absoluto por adentrarse en sí mismo, por descubrir los mecanismos sutiles mediante los cuales, al igual que la marioneta, es manipulado en función de las metas deshumanizadoras de la sociedad en la que vive y a la que a menudo, no sin descaro y a la fresca, se permite censurar. El intelectual, en el fondo, no es más que un crítico impotente. Y cuanto más impotente se siente, más critica para que nada cambie… Por descontado, al incurrir en pareja conducta obtiene ciertas satisfacciones vicarias; consigue sentirse superior a los demás y despreciar a cuantos no rinden parias a su talento; le gratifican los elogios más o menos insinceros, más o menos interesados de quienes a su discurso se avecinan… Empero, al cabo y a la postre, no conseguirá otra cosa el intelectual de tal calaña que tejer puntada a puntada el paño de su propio descalabro. La potencia analítica, la capacidad para el pensamiento abstracto cuando huérfana de entrega, de asombro, del sentido exultante de una misión trascendente de alcance universal es como un afilado cuchillo que aprieto contra mi propia garganta.

©Juan José Jimenes

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Ángela María Dávila: una mujer deshilacha por el tiempo

[Miguel Ángel Fornerín]

La poesía, si es buena, y no hay otra, siempre será un efluvio, una sorpresa, un acto prometeico. Es decir, un fuego robado. Ella nombra lo innombrable y hace surgir lo inasible. Esto pienso luego de leer el libro póstumo de Ángela María Dávila, La querencia.

Es Dávila una voz extraordinaria de la poesía que comienza a ser publicada en los años sesenta. Brilla junto a Marina Arzola, en un nuevo decir, en un sentir y vivir al borde la las palabras. Es una sensibilidad que crea un ritmo propio. Lamentablemente a ambas autoras, la vida les pasó su factura. Y las huellas existenciales marcaron su poética y la limitaron. Dávila cruza los años setenta y podría verse junto a otras, no menos destacadas mujeres de la poesía.

La poesía de Ángela María tiene fuerza propia; porque tiene un ritmo nuevo. Es un huracán que muestra dos niveles de la creación lingüística: el nivel culto de su formación, en donde está la estética de los sublime y el nivel popular en el que se enquista para ser sumamente irreverente, para cortar con el mundo burgués que esa generación combatía. Así la poesía de Dávila es combatiente contra las ideologías de la época, contra la moral establecida, contra la instauración de cierta manera de ver el mundo que se instituía en lo cotidiano. Rompe con la moral y llega más allá de Julia de Burgos.

Rompe con las ideologías del machismo y se revela como una mujer con voz que modela su decir como un nuevo paradigma. De ahí su irreverencia sexual que rompe la moral y las ataduras de la escritura femenino. Asume una femineidad sin restricciones y sin la limitación que las nuevas ideologías feministas establecen. Asume su condición de mujer desde cierta orilla, amando, existiendo como mujer en un mundo integral y sin refugiarse en la otra orilla.

Y no es eso solamente, Ángela María Dávila va en contra del lenguaje. El sententa postuló un nuevo lenguaje poético. Una cotidianidad vista dentro de los movimientos urbanos y su relación con lo político. El nuevo lenguaje fue una crítica al código lingüístico. Que no se quedó en lo puramente semántico sino que anduvo por los senderos del grafema y la fonética, dándole fuerza a la oralidad. Así que hay una nueva expresión poética irreverente en el plano ideológico: moral, sexual y lingüístico, en una poeta que plantea un ritmo que fluye entre lo sublime y lo popular, lo culto y lo procaz.

Para concluir con una comparación, sólo encuentro esa fuerza poética en la nicaragüense Gioconda Belli. Léase La querencia para reencontrar a una voz inusitada de la poesía puertorriqueña y disfrute la poesía a conciencia de que por aquí anduvo, la mejor, la gran poesía en el decir de una mujer “pobre y negra”.

[dávila, ánjelamaría: La querencia. San Juan: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2006, 198 págs.]

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SUBRAYADOS: El lenguaje de la poesía

"León David afirma en El lenguaje de la poesía que el científico conoce y el poeta sabe. Afirmación importante, pues nos lleva a delimitar el saber científico del saber poético. Mientras que el saber científico es analítico, es decir esta basado en las inferencias de la razón, el saber poético es sintético, sólo dado en la luenga relación del hombre con su entorno. El saber poético expresa lo racional y lo que para algunos podría ser inefable. En su visión de la poesía como conocimiento, León David rompe lanzas a favor de un conocimiento intuitivo del poeta, conocimiento que lo sitúa como el número uno en su tribu. Esta defensa de la poesía, que en poco más o menos, cien páginas hace León David nos permite ver una discusión sobre el lenguaje poético, sobre el lenguaje de la poesía y más una defensa de la poesía clásica frente a la moda vanguardista que pretende constituirse en la única poesía. Y es, también El lenguaje de la poesía, una defensa de la práctica poética del autor. Creo que busca desmarañar una práctica y una escritura y más una valoración de la poesía que niega la historia del escribir.

Al darle el valor que tiene la poesía y al colocar al poeta en el centro de la tribu, el poeta también niega la idea de que la poesía es pura palabrería, como parece imponerse en un mundo dominado por el lenguaje y las acciones pragmáticas. La poesía desde su propio lenguaje es también la expresión de la belleza, de lo profundamente humano y, también, comprensión del mundo que no se queda en un conocer sino en un saber del hombre. Yo saludo este discurso sintético de León David, pues muestra con galanura la persistencia de sus cavilaciones sobre un tema en el cual todos parecemos repetirnos, pero que, por la misma materia de la que está hecho, queda como un asunto inconcluso e insondable.

[David, León. El lenguaje de la poesía. Santo Domingo: Editora Universitaria, 2007, 107 págs.]

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La narrativa de René Rodríguez Soriano

"El cuento de René Rodríguez Soriano es definitivamente una narración que tiene como espacio la ciudad, dentro de un juego espacial, que se aprecia cuando un personaje pasa de Santo Domingo a Milán, en un viaje maravilloso. La ciudad no es solamente el espacio en esta cuentística sino que es narrada como problema el estar ahí del sujeto que vive con sus contrariedades. La ciudad en la promoción del ochenta es vista desde la perspectiva de la ciudad en crisis, como espacio del sujeto problematizado por la economía. Hay algunos cuentos de René Rodríguez Soriano que tocan la provincia, el mundo provinciano que no hace más que ver el contrapunto espacial, ya que la República Dominicana ha vivido una emigración y los habitantes de la ciudad rememoran su pasado campesino.

Es la ciudad de la clase media, la que presenta un perfil distinto a lo que han sido configurados en la novelística del realismo social. El escritor no parece intentar mostrarnos un mundo de personajes subalternos que hay que redimir, sino que estos aparecen un atascadero. Es así, como si fuera una fatalidad. Son personajes que no encuentran salida, viven atrapados en su propio mundo, sin fe ni esperanza. No quieren ser ni héroes ni santos. No tienen aspiraciones sociales, ni reflexionan sobre la sociedad.

En el caso del cuento “La radio”, este es el único cuento que nos presenta de manera frontal el tema político y social como una forma de buscar los pasos perdidos, de darnos las coordenadas del pasado. Es un cuento excepcional porque rehace un pasado a través de la figura de la radio personificada. A la vez que nos presenta la historia de un personaje y de una familia va realizando la crónica de una época. Es importante porque nos muestra la historicidad, como el acontecer cotidiano, como un tiempo registrado, filtrado por la memoria, que logra encontrar una cierta identidad entre el tiempo y el personaje que realiza la génesis.

Otra particularidad de esta narrativa es que tiene una conciencia de la narratividad. Esa conciencia se ve en el dominio de las técnicas. Ya no busca seguir a Bosch como maestro, sino que realiza con gran libertad un performance técnico. Los cuentos de Rodríguez Soriano están narrados desde distintas perspectivas. Los personajes son narradores que encarnan la problemática. Y dan a la realidad una cierta mirada. Desde la segunda y tercera personas hay en la narrativa de Rodríguez Soriano un diversidad de voces, masculinas y femeninas, que son las que focalizan la narración.

Si hay un elemento que particulariza esta narrativa es el lenguaje. René Rodríguez es el más poético de los cuentistas dominicanos. No solamente existe en su cuentística un giro poético, como sucede en Néstor Caro (“Un hombre llamado Sándalo”), Lacay Polanco y Pedro Peix, sino que el cuento se monta en la expresión de un ritmo poético. Y esto va a ser dominante en toda la cuentística de este auto. La poeticidad de su cuentística es muy particular ya que el lenguaje adquiere una elaboración muy inusitada, estableciendo un ritmo en la narración que no deja que dependa tanto de la acción, es decir de lo narrado, sino de la narración misma, del lenguaje, de la poesía. Y este logro es uno que hay que valorar pues la literatura es lenguaje y desde la fundación del cuento, el miedo a perder el foco de la acción y su flecha, parece que impidieron una narrativa poética. Los autores se deslizaban en un lenguaje directo y frío. Como se puede notar en Bosch, Marero Aristy y Caro. Poco a poco va cediendo de Caro a Lacay Polanco, de éste a Pedro Peix y a René Rodríguez Soriano.

El lenguaje también plantea otro aspecto interesante. Ya en la década de los cincuenta el cuento dominicano comienza a dejar la imitación del lenguaje campesino para encontrar un lenguaje literario generalmente realista o neorrealista. Esa imitación es poderosa en Bosch, Marrero, José Rijo y Néstor Caro, comienza a cambiar con el último libro de Caro, Sándalo, pero se mantiene en los cuentos de Lacay Polanco (Punto sur), para desaparecer con los cuentistas del setenta, Virgilio Díaz Grullón, René del Risco y Miguel Alfonseca. En los cuentos de René Rodríguez Soriano hay un lenguaje citadino que se muestra un tanto en las voces y en los personajes. Pero, como no intenta representar lo dominicano, como no existe un plan redentorista en este escritor, el lenguaje sólo presenta la propia realidad de la época y nos pone frente a otros elementos: la presencia de las lenguas extranjeras, como el inglés, el francés y el italiano a través de la música y el cine.

Los personajes de Rodríguez Soriano habitan el mundo urbano. Y tienen pocos contactos con el campo. Muestran la apertura de la dominicanidad hacia otras zonas. La República vive en el pleno desarrollo de su diáspora. Y muestra que vive en una sociedad de consumo muy cerca de Estados Unidos. Así que la influencia de bienes de consumo extranjeros también se expresa por el modo lingüístico. Y esto se puede demostrar, además, por la presencia de profesiones liberales como la publicidad."

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LA CRÍTICA DE HOY EN ATISBOS AL ANIMAL FIERO Y TIERNO

DE LETICIA FRANQUI ROSARIO




Franqui Rosario, Leticia

Atisbos al Animal fiero y tierno

San Juan: Alas, 2006

Por Miguel Ángel Fornerín

La crítica literaria actual, deudora de los grandes maestros del siglo XX (Nuevos críticos, estructuralistas, post-estructuralistas y posmodernistas) se ha establecido en la academia, y contando algunas excepciones, ha sido un ejercicio que ha se ha mirado así mismo, ha creado su propia conceptualización y lenguajes. Pero su problema capital, a mi manera de ver las cosas, ha sido que ha perdido el norte, cuando se ha enmarcado en su propio metalenguaje y ha tenido como resultado una crítica críptica

Pero estos defectos de la críticas que prolifera en los momentos que corren, en los que se abandona el uso del criterio, no son los que particularizan el libro Atisbos al Animal fiero y tierno de la joven estudiosa Leticia Franqui Rosario. La autora, quien entra con pesos firmes en este dominio, compone un texto crítico claro, que, sin dejar de lado el horizonte de la crítica actual, sabe iluminar el texto con erudición y sabiduría.

La autora realiza una lectura de libro de Ángela María Dávila en la que profundiza en las complejidades del texto literario desde su propia constitución semántica y simbólica. Reflexiona con hondura, saber, intuición sobre el significado último de su constelación imaginaria y nos revela el intrincado mundo del texto desde una perspectiva que no es negadora de la comprensión.

No veo en este libro alardes teóricos ni deseos de impresionar al lector con teorías poco digeridas. Por lo tanto, creo que la autora muestra una forma poco corriente. Porque se introduce-además- en el mundo simbólico del libro y en mundo mito que Dávila nos poetiza y en las filiaciones a que ésta pertenece. La pertinencia del estudio no se queda atrás: Animal fiero y tierno es unos de los libros más significativos de la poesía puertorriqueña escrita por mujeres. Hacía falta que alguien lo abordase y sintetizara su significación a partir de un ejercicio de criterios en el que se revelaran las posibilidades significativas de la obra de Dávila.

Por su plan de leer este libro como un universo simbólico de Ángela María Dávila, este libro no estudia la importancia de de la poeta en las letras puertorriqueñas de hoy, pero se constituye en una invitación al estudio de una escritora muy singular. Leticia Franqui Rosario da muestra del ejercicio de una nueva crítica, o de la crítica de siempre, aquella que ilumina el texto y que hace que crezca antes nuestros ojos lleno de posibilidades significativas. Es una crítica que enriquece, piensa, profundiza y reflexiona sobre el mundo a través del texto literario.

El autor ha publicado Ensayos sobre literatura puertorriqueña y dominicana, 2004.

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EL VIOLÍN DE LA ADÚLTERA, DE ANDRÉS L. MATEO

[por: Giovanni Di Pietro]

Acabamos de leer la más reciente novela de Andrés L. Mateo, El violín de la adúltera (Norma, 2007). Como siempre, es indiscutible el hecho de que Andrés sabe escribir una novela. Los personajes, la trama, el desarrollo y la ambientación le funcionan. Y, como es obvio, a estas cosas hay que añadirles el estilo. O sea, que Andrés no falla en su oficio, y sus novelas, inclusive ésta, tienen todas sus cartas en regla. Lo cual explica, por cierto, por qué se sitúa entre los mejores novelistas nacionales.

Ahora bien, es indiscutible también el hecho de que Andrés es muy repetitivo en su temática. A tal punto, diríamos, que podemos afirmar que, en cierto sentido, él está escribiendo prácticamente la misma novela desde que escribiera la primera, Pisar los dedos de Dios. Cambian los protagonistas. Cambia más o menos la ambientación. Cambia la trama. Pero se queda siempre igual, o sólo con minúsculas variaciones, la temática.

Somos de la opinión que un autor puede hacer todo lo que le viene en gana. Tiene pleno derecho a hacerlo. Y lejos de nosotros, pues, decirle o dictarle a Andrés lo que tiene que hacer en sus novelas. Pese a esto, creemos que, para nosotros como crítico, es más que válido poner de relieve el asunto que mencionamos. No para indicar una falla; más bien, como una manera de encontrar un hilo conductor que acompañaría toda su producción como novelista. Si sabemos que ésta es una constante en sus novelas, quizás podamos entenderlas mejor.

El tema que continuamente se repite en las novelas de Andrés es el del protagonista central que busca cierta madurez que le falta en la vida. O es porque es un adolescente, como, por ejemplo, en Pisar los dedos de Dios. O, como en La otra Penélope y La balada de Alfonsina Bairán, porque tiene que madurar en términos políticos. O, como en este caso, porque necesita desarrollarse en términos psicológicos.

Decíamos en el pasado que los protagonistas centrales o los protagonistas narradores de Andrés siempre se encuentran ante el dilema de tener que escoger entre la acción política, que implica una ideología, y la acción individual, que automáticamente implica el rechazo de esa ideología o la imposibilidad de aceptarla a plenitud. En este segundo caso, decíamos, el protagonista quizás refleje una indecisión propia en el mismo autor: si aceptar una ideología para cambiar la realidad o enfrentarse a esa realidad sólo a través del individualismo. O sea, que, en las novelas que escribía en esos tiempos, se trataba de escoger entre el marxismo y el existencialismo.

En efecto, en todas las anteriores novelas de Andrés, la tensión entre estos dos polos se nota con mucha facilidad. Esto es así porque están montadas sobre esa dicotomía, y una dicotomía que, en fin de cuentas, formaba parte del propio autor e, indudablemente, se manifestaba en su actuación personal ante la vida.

Lo nuevo de El violín de la adúltera es, pues, que desaparece por completo el elemento ideológico. Ya no se trata de escoger entre la acción política y la acción individual. El marxismo, como muy bien sabemos, dejó de existir. Lo que quiere decir que, en el presente, ya no se madura como antes en términos ideológicos. Al desaparecer ese polo, el protagonista de esta novela, Néstor, simplemente recae sobre sí mismo y lo que busca es esencialmente la madurez psicológica. ¿Por qué?

Porque, al desaparecer el polo ideológico, que era el marxismo, también desaparece aquel que se encontraba en todas las novelas anteriores como posible alcance de la madurez, esto es, el polo representado por el existencialismo. Vivimos, harta decirlo ya, en un mundo donde nadie no solo no toma decisiones (lo que el existencialismo pedía que hiciéramos), sino en el cual nos sentimos más cómodos que las tomen los demás (una autoridad cualquiera) por nosotros. O sea, que en nuestros días, al final, el individualismo dejó de estar de moda igual que el compromiso ideológico.

Esto explica porque el protagonista central de la presente novela esté tan encerrado en sí mismo. Su problema no es un problema político o existencial; es uno exclusivamente psicológico. Por eso lleva un diario y la novela se reduce a nuestra lectura de ese diario. En muchos casos clínicos (y el de Néstor, aunque no lo parezca, es claramente un caso clínico), sabemos que el psiquiatra le pide al paciente que lleve un diario para así sortear sus emociones contradictorias y confundidas.

Pues bien, en El violín de la adúltera, el protagonista central tiene que crecer emocionalmente, pues lo que pasa es que se quedó en la etapa adolescente de su desarrollo. Esto lo sabemos por lo que ocurre en la primera parte de la novela, cuando, junto a sus dos amiguitos, Néstor visita a la prostituta Mercedes mi Gusto con la intención, como se dice, de hacerse hombre, pero sólo, como él mismo admite, para no poderlo hacer. El trauma que resulta de esa triste experiencia se queda con él. Néstor lo interioriza y lo lleva consigo hasta su vida adulta, cuando se casa con Maribel. Siente este hecho como una vergüenza y una falta de hombría. O sea: no se siente maduro, y eso a pesar de estar casado y, aparentemente, desenvolverse sexualmente de forma normal.

Creemos que hay que fijarse en el hecho de que Néstor y Maribel no tienen hijos. Los hijos implican madurez y futuro. Responsabilidad. El protagonista central no conoce nada de esto. A su edad, todavía tiene una fijación por su etapa de adolescencia. De ahí su interés por las estrellas del cine mejicano y, más revelador aún, su obsesión por las tetas de Ligia Monsanto, como lo evidencia su diario. Su primera experiencia sexual con Maribel, antes de lo ocurrido con Mercedes, también lo subraya. Acepta que Maribel lo masturbe durante la misa del domingo y, sin embargo, cuando le enseña su cuerpo desnudo, no sabe qué hacer ni reacciona. Es indicativo que en su pelea con su esposa, ésta lo insulte llamándole un “pajero”. Y es indicativo, además, su asociación con Elso, el maricón de la oficina en la Voz Dominicana. No es que esté interesado en esa desviación; es que, para él, la tendencia de Elso representa exactamente esa etapa de la adolescencia que nunca superó.

Lo que acontece en la novela tenemos que verlo, entonces, desde esta perspectiva psicológica. Las cartas anónimas que Néstor recibe funcionan casi como si se las inventase él mismo, ya que son cosas muy nebulosas. Sin embargo, en su inmadurez, las acepta como si fueran el evento definitivo de su propia existencia. Absurdamente, sigue la necia sugerencia de Elso para que visite el Trocadero y se entreviste con el poeta Héctor J. Díaz. Tiene que enseñarle una de las cartas para que le aconseje qué hacer. El consejo es bien simple: ¡Póngase los pantalones! ¡Enfréntese al amante de su esposa! En cierto sentido, no es más que una burla, pues el poeta está borracho y sólo le regala uno de sus tristes poemas. Pero Néstor lo toma todo con una gran seriedad, y, en efecto, visita al profesor de violín, improbable amante de Maribel. Lo que quiere decir que, psicológicamente hablando, Néstor no está muy desarrollado. Si lo estuviera, no se haría el ridículo ante su supuesto rival, nada más que una simple máscara de la Commedia dell’arte, con peluquín y todo.

Como quiera que sea, esto nos subraya el hecho de que su problema es psicológico y que tiene, pues, que madurar en términos emocionales. Esto es así también porque todos los demás protagonistas actúan de una forma muy diferente a la suya. Maribel, por ejemplo, sabe lo que quiere desde niña, y lo prueba con su mano bajo la mantilla en la misa del domingo. Margarita demuestra madurez a través de lo que le ocurre a su familia, la cual tiene que exiliarse por razones políticas. Héctor J. Díaz vive su propia vida loca. Santamaría logra, por fin, sobreponerse a su tiránica mujer, llegando así a ser un “hombre nuevo”. Elso no sólo acepta la vida que le impuso el destino, sino que, tras su suicidio por amor, hasta termina en gloria como el brujo reconocido del barrio. Ligia Monsanto, al final, se le enfrenta con cara pícara, diciéndole que sabe muy bien lo mucho que desde siempre desea sus tetas.

O sea, el único que se quedó en su etapa de adolescencia es Néstor. Cuando, por ejemplo, Maribel encuentra la carta de Margarita con sus labios estampados encima y se le enfrenta celosa, Néstor sólo permanece enmudecido, como si hubiera hecho algo malo de verdad, en vez de rebelarse, ofreciendo explicaciones o poniéndola en su sitio, como toda persona madura hubiese hecho. Es que esa triste experiencia con Mercedes lo marcó de forma indeleble, y, de ahí en adelante, se sintió cobarde ante la vida. Y eso es, en efecto, lo que repite constantemente en su diario, que no tiene ni nunca tuvo valentía. Tampoco llega a confiarse con nadie. Es Elso a demostrarle por primero compasión a causa de los anónimos. Él se queda sólo anonadado. Por eso, si nos preguntamos por qué Maribel sale con su violín cada día y qué es lo que hace, sería absurdo pretender, como Néstor lo pretende, que es porque tiene una relación adúltera con el profesor Casteleiro. Lo que ocurre es que, en toda probabilidad, Néstor es una persona que no sabe entregarse a los sentimientos, lo que hace que ella busque consuelo en el profesor de violín, un paisano de sus padres, que sí sabe de sentimientos.

Entonces, ¿qué significa ese violín? Significa exactamente esos sentimientos que, como adolescente al fin, Néstor todavía no logra captar en la vida. Puede, sin duda, relacionarse sexualmente con Maribel, pero es siempre como si algo no encajara en el asunto. Es por eso que, como sabemos por el diario, en sus adentros la acusa de ser puta y de haberlo sido desde siempre, aunque ahora esté casado con ella. Para los Cicilio, ese violín no era sino esos sentimientos; profundos sentimientos, pues se remonta a varias generaciones, como también al pueblo natal. Esto explica por qué, al final, ni siquiera es necesario saberlo tocar. Lo que cuenta es que se quede en la familia. Como el profesor Casteleiro le explica, “El violín es igual a un potro salvaje, hay que saberlo domar.” Y agrega: “Le recomiendo tener paciencia, señor, porque nadie se hace virtuoso de este instrumento de un día para otro.” (pág. 136) Para terminar: “La gente piensa que la música es sólo sonido, pero es también silencio, no se podría apreciar el sonido sin esa zona de silencio.” (pág. 137) Y, despidiéndose: “Tenga paciencia,” le dice, “quizás la sensibilidad de ella trabaja la música sólo desde el silencio. Algún día, le aseguro, la escuchará tocar.” (pág. 137)

O sea, que, consistiendo de sentimientos genuinos, la vida se vive sólo una vez que maduramos, cuando dejamos definitivamente atrás nuestra etapa de adolescentes. En efecto, todos los demás protagonistas de la novela lo han hecho. Por el bien o por el mal, pero lo han hecho. Maribel, por ejemplo, se casó con él y le aguanta su inmadurez. Margarita tuvo que huir junto a su familia. Elso, Santamaría, Ligia Monsanto, todos tienen las riendas de la vida en sus propias manos. No así Néstor. Se ahoga en esos ridículos anónimos, y, como cualquier adolescente, empieza a escribir un diario. Por cierto, de vez en cuanto, logra tener destellos de madurez. Pero tiene que dar el primer paso. No puede permanecer para siempre en el mundo de Pedro Infante y las estrellas mejicanas.

El suicidio de Elso es el catalizador que empuja a Néstor hacia la madurez. Ocurre después del funeral, cuando, regresando a su casa, sale con el último anónimo sin leer y el violín de Maribel para arrojarlos al mar. Es, sin duda, un desafío tanto a los anónimos, como a Maribel. Es su declaración de independencia, puesto que significa dejar atrás definitivamente lo que estorba su vida, o sea, su etapa de adolescencia. Sólo queda el diario, pero tendrá también la misma suerte. Sabemos esto, sin duda, a través de esa idea de la “autoestima” que menciona en su último párrafo. “Cuando se hundieron por completo,” escribe, “el violín y el anónimo, me marché desbordado por mi propia autoestima, silbando esta vez a flor de labio un canto a mí mismo, y seguro de que lo que había hecho sería suficiente para ser feliz. ¡Soy feliz! Pero mañana volveré a los alcantarillados del mar Caribe, para arrojar también este Diario, sin ningún reproche, sin ningún peso en mi alma, sin ningún solapado temor.” (pág. 199)

Desde su adolescencia, siempre le había faltado esa “autoestima” que hace la madurez psicológica. Su trauma encerrado en sus adentros, ese secreto de no haberlo podido hacer que nadie conoce y que le deja sentirse cobarde, desaparece finalmente con este acto de desafío. O sea, existe una etapa de la madurez, una “nueva vida”, y ésta la encontramos simbólicamente representada en una imagen que se repite constantemente en el diario y que es el único momento en que Néstor logra sentirse bien consigo mismo. Es la imagen de las ciguas, una imagen recurrente en la novela de principio a fin. Es hacia esa meta que el protagonista central de El violín de la adúltera se dirige. Quiere ser, como las ciguas, también libre y feliz en su vida.

Para concluir, creemos que es válido preguntarnos por qué Andrés no puede o no quiere alejarse de este tipo de novela, o sea, de esa novela que trata de la búsqueda de la madurez, con un protagonista que lleva dentro de sí mismo ese dilema. Es válido porque, aunque no lo admita, este patrón repetitivo limita el alcance de su obra narrativa. Como consecuencia, toda la apreciación que podamos demostrar hacia ella recae simplemente sobre el estilo, siempre admirable e impecable, cuando, en efecto, debería recaer igualmente sobre otros elementos, quizás más sustanciosos desde nuestro punto de vista, como por ejemplo la temática.

Esta última observación, en verdad, tiene que ver con el ambiente en que escribe Andrés. En un país con tantos acuciantes problemas por delante, ¿cómo es que su narrativa, que pudiera muy bien considerar a esos problemas, no los considera? Porque, al final, el verdadero gran novelista no puede nunca quedarse ajeno al ambiente que le rodea; tiene que enfrentarse a él y, directa o indirectamente, tratarlo en sus obras. Andrés no lo hace. Por alguna razón que no entendemos, deja esa problemática para su prosa periodística, la cual, por esta misma razón y desde nuestra perspectiva, claramente termina adquiriendo más importancia que su obra narrativa.

Es posible que la respuesta se encuentre en el hecho de que, en su narrativa, Andrés se haya quedado dentro de su inicial rol como poeta, que es, en efecto, el rol en el cual se estrenó. Esto quiere decir que identifica su obra narrativa con la poesía, la cual, en gran medida, es añoranza del pasado y anhelo de perfección futura, o sea, exactamente esos sentimientos que tienen que ver con la adolescencia y sus mejores sueños. El mundo del poeta es un mundo de ideales irrealizables, esa clase de mundo que experimentamos en la adolescencia; el del narrador, por el contrario, es uno de desengaño, despiadado en sus exigencias reales. No pide sueños o perfección, sino crudas realidades, las mismas que se dan en la sociedad dominicana actual. Para Andrés, pues, regresar al pasado y a la adolescencia en su temática, es una manera de ampararse del mundo que le rodea, tan falto de ideales, problemático y complejo a la vez.

Es sólo una teoría, como es obvio. Y es como tal que la expresamos aquí.

(22/12/07)

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LAS MÁSCARAS DEL HOMBRE EN EL VIOLÍN DE LA ADÚLTERA ANDRÉS L. MATEO

Por Miguel Ángel Fornerín

Georgy Lukács decía que la novela es la epopeya de un mundo sin dioses. Podríamos decir que las almas abandonadas en su propia condición, a su propia suerte, viven la heroicidad de una vida diminuta, intrascendente; son incapaces de elevarse más allá de sus propias circunstancias; son seres marcados por un destino que los aplasta: no son superhéroes, ni adquieren el estado de contemplación a través de un ejercicio gimnástico con las virtudes, cual signo aristotélico, ni ven el deseo de santidad, que los pondría a la diestra del señor: son seres que luchan o se amilanan a su propia condición.

Sea este un punto de arranque para abrir el horizonte de los distintos sentidos que nos muestra la más reciente novela de Andrés L. Mateo, El violín de la adúltera (Santo Domingo: Editorial Norma, Colección La otra Orilla, 2007). Cuando se trata de un autor curtido en la narrativa, con un estilo propio, con una manera de enfocar la vida y la sociedad, con una cierta forma de darle el giro poético a las palabras, el horizonte de la lectura remite a unas vidas que van creciendo enfrente a los ojos del lector con rasgos extraordinarios de verismo. Talantes que sólo se encuentran en autores como Cervantes, Bosch o Tomás Hernández Franco. Es que en Andrés L. Mateo los personajes salen de la grafía a convertirse en carne que tiembla, en el espacio referido.

Una buena novela debe contar una historia. Y en eso era maestro Cervantes como Bosch, y así Andrés L. Mateo nos cuenta una historia, que no es importante en sí misma. Porque ninguna historia lo es. Lo que le da estatura significativa a la historia es su carácter trascendental. Es cuando la carne entra en contacto con la universalidad de la condición humana. En todas las novela de Mateo, el mundo social de sus personajes no es más que un mero marco en el que se desarrolla la condición del hombre: su lucha contra el destino que lo signa, contra la languidez existencial que lo hace luchar o rendirse a una vida chata y sin importancia. Es decir, que su trascendencia se encuentra en la lucha por ir más allá de una condición social y humana que lo determina en la pequeñez de su propio mundo.

Santo Domingo, o Ciudad Trujillo bajo la dictadura, es una ciudad donde no pasa nada. Una capital amodorrada. Rodeada por el este por el río Ozama, al sur por el enceguecedor mar Caribe, lleno de reverberaciones y un azul intenso; mientras al norte se elevaban los nuevos barrios del bienestar social de la Dictadura, al oeste se dibujaba la otra frontera que se divisaba en la Máximo Gómez y más allá, al este, de la vieja ciudad amurallada, el barrio de San Juan Bosco y la Fe, centro de la obra en la famosa Voz Dominicana; Santo Domingo es, en la novela de Mateo, una ciudad rígida sin más espectáculos que los hoteles de mala muerte, los cafés o los bares que dejan escuchar un bolero que gira en una vellonera y que repite hasta el cansancio, por un lado, la historia repetitiva del país, y por otro, el ciclo de amargura en el que torna la vida dominicana. Una amargura cifrada en los boleros que va desde la imposibilidad de realización política hasta el sufrimiento despechado en que se empina el amor en unas cuantas copas.

El violín de la adúltera es una obra que puede ser leída como un espejo en el que se reflejan dos rostros. Dos caras masculinas que muestran sus propias caretas. Por un lado la del licenciado Néstor Luciano Morera, burócrata, empleado de La voz dominicana y por el otro Elso, un negro tuerto, “maricón de carroza”, que, con cierta frecuencia, se aproxima al escritorio del letrado llevándole las malas nuevas de los anónimos que dan cuenta de las infidelidades de su mujer. En el horizonte de los malditos anónimos, se va despojando el licenciado de su propia masculinidad. De esa máscara que el machismo ha ayudado a construir en una sexualidad nerviosa e insegura a la que el hombre se ase como su única tabla de salvación. Por otro lado, se ve a Elso, un homosexual que ha dejado de creer en las máscaras de ser él mismo un hombre y asume, entre festivo y trágico, su otredad a sabiendas del destino que le depara su hazaña.

De ahí en adelante la novela abre innumerables horizontes de lectura. Uno de ellos, y no el menos importante, es el que se puede presentar con la presencia del general Arismendy Trujillo, dueño de La voz dominicana y quien representa esa masculinidad construida bajo el refulgir de las medallas y la sumisión del otro. El doctor Santamaría es su compadre, compueblano, su administrador y su maipriolo. Un día frente a todos los empleados, su mujer lo despojó de los signos de su hombría que enmascaran su ser. Ya él se había cansado de la Ricart Valera y ella magullada por los puñetazos de su marido, lo desnuda de su maculinidad. En su chantaje, simbolizado la relación del poder de los Trujillo, lo amenanzó.

Frente a los Trujillo, la masculinidad se hizo un asunto del poder familiar. El dominio fálico se convirtió en un monopolio del poder. La milicia daba esa sensación de poseerlo todo y de una manera voraz. Tal vez aquí resida la advocación de virgos, o el intento de desflorar que dominaba tanto al generalísimo como a su hermano, José Arismendy. Cuando el fundador de la radio dominicana entró a su estación y le pegó con la fusta al doctor Santamaría, mostraba la violencia que generaba en él la falta de ese alimento simbólico que le daba fuerza a su propia debilidad de macho: necesitaba el concurso de señoritas para envalentonar su poder. Mientras el doctor Santamaría era despojado de toda su condición de hombría.

¿Qué hay más allá de esas secuencias narrativas cuyo horizonte nos permite otear el novelista Andrés L. Mateo? La dictadura redujo a todos a la abyección que puede ser vista desde el dominio violento de una simbología que enmascara su propia condición humana. ¿Qué era el licenciado Néstor Luciano Morera sin el bochorno de saber que su mujer salía cada tarde de su casa a ensayar con un violín que no desgarraba los aires con ninguna melodía? Nada en ese mundo podía tener un valor en sí mismo. Ni la ciudad, ni el violín, ni las vidas personales. Sólo se salvaba el espectáculo. El deseo de ser cifrado en las manifestaciones de grandiosidad de los grandes cantantes mexicanos que venían cada año a participar en la Semana Aniversario que organizaba La voz dominicana y que la dictadura ofrecía como circo para un pueblo sumido en la abdicación más ruin.

Las vidas de estos personajes no tienen otra salida que desembarazarse de las pequeñeces que los atan y le rodean. Así el poeta Héctor J. Díaz, celebrado hasta su muerte, es un pobre administrador de almas en pena. Es una especie de oráculo timado por el mundo, un borracho que levanta su humanidad dando consuelo a las almas amargadas y dolientes que buscan, en un bar de poca monta, el consuelo que dejan los dolores amargos y la poesía de románticos encajes. Mientras que la esposa del licenciado Morera, además de pasar la vida buscando tocar un violín de viejo abolengo italiano, zurce cual Penélope un poncho que le haga olvidar la supuesta infidelidad de su marido, en sus días de estudiante universitario. Su marido, por otra parte, es incapaz de romper el velo que cubre su lealtad y que es carcomido por los infestos pasquines que llegan a su oficina. Nadie sabe si la perfidia es cierta; pero llega su venganza nominando a una gallina con el hombre de su supuesta rival y con la más profunda indiferencia. Lo que se dice se acepta o se olvida o se rumorea en el Diario. Pero nada es real ni verificable. Así era el Santo Domingo bajo la Era de Trujillo, la letra tenía una mágica relación con la verdad. Ella era el simulacro de la verdad enmascarada en una vida sin sentido.

En esta obra, Andrés L. Mateo nos ha conducido de nuevo a su mundo narrativo. Tal vez un novelista no escriba más que una sola novela. Pero en el caso de Mateo ésta no es una saga sino una pieza más del rompecabezas de la vida dominicana que el autor comenzó a armar en Pisar los dedos de Dios. Esta historia se comunica con espacios evocados en la primera novela, como el mundo infantil del personaje que se desarrolla en el bario Don Bosco, el conocimiento de su novia, se da en el colegio y su entrada al mundo sexual se da en un banco de la iglesia. El autor reconstruye con su mirada el pasado infantil, en una novela de crecimiento o bildugsroman, donde la voz del personaje crece en sus recuerdos de infancia y va tomando profundidad en las páginas que se narran.

Otro punto de contacto con el mundo de Mateo son la ciudad, el río y la dictadura. La presencia de su grandeza fálica. El sometimiento y la negación de la masculinidad. Aquí la vida es siempre la misma. Aunque no camina por el centro de la vieja ciudad, no narra El Conde con sus vidrieras, como lo hace en La otra Penélope. Sin embargo, en El violín de la adúltera la ciudad es un espacio de aburrimiento, el espacio de sentido chato de la vida, de unos personajes signados por el destino; en un mundo donde Díos puede aparecer al lado de la expresión más procaz de la cultura dominicana. Y donde el acto de pajear o ser pajeado se da concomitantemente a la invocación que brazos abiertos, que junto al altar, realiza el sacerdote. ¿Qué ha hecho este país para vivir tan cerca y tan lejos de Dios? Parece una pregunta retórica que el horizonte de la lectura nos permite.

Desde el punto de visita técnico, Mateo que, desde la Pisar los dedos de Dios, abandonó el experimentalismo en la novela, convencido de que una novela no está hecha de las tretas del escritor, sino de pura carne humana, como enseña Unamuno, ha logrado una novela que profundiza en un personaje que como narrador intradiegético va narrando en su diario lo que ocurre en su vida y lo hace desde una particular visión: la de un burócrata reducido a la vida chata de una oficina en una empresa de José Arismendy Trujillo. El Diario no es solamente la afloración de la relación entre el narrador que escribe y su propia vida angustiosa. No es tampoco sólo la relación de una homodiégesies en la que el pacto biográfico, como lo estableció Philippe Lejeune, se da sin que en ninguna ocasión se disocien los hechos de su narrador, por lo contrario, éste es un actante al que hay que acudir cada día para contar a un lector futuro, pero que se convierte en la única prueba de las tribulaciones del hombre que se cree burlado por su mujer. De ahí que el destino del violín vaya acompañado al destino del Diario, uno como símbolo de la infidelidad, de la falta de autenticidad de la vida dominicana y otro como la prueba de la pérdida de todo lo que esconde la masculinidad que se construye en el hombre dominicano, y que el espejo de Elso deja entrever.

El diario como técnica narrativa permite también una mayor profundización en la psicología del personaje. Acerca al lector a una historia que se hace cada vez más creíble. En cada jornada significa que no es la invención de un artificiero novelesco, sino el testimonio de un marido burlado. La constante alusiones metapoéticas al acto de escribir el diario, lejos de romper el encanto narrativo, nos muestran esa relación que existe entre la masculinidad y el silencio. El hombre es un ser llamado a llevarse a su propia tumba las afrentas que ha recibido a su propia máscara masculina. Sólo el bolero le hace girar en el recuerdo. La escritura del diario permite ese ejercicio de la memoria, que en forma retrospectiva, consiente que el autor profundice en la vida de los personajes y que, desde la prefundida de su biografía, brote el verismo y el drama que lo acercan a la condición humana.

Por otra parte, el lenguaje de Mateo es el arma principal de su particular manera de narrar. Es una lengua que se crece en el giro poético. Allí encuentra el lenguaje su mayor poder estético. Las palabras se levantan en el ritmo, las asociaciones en las que un sentido entra constantemente en otro creando cadenas significativas innovadoras, sorpresivas. Así la lectura se convierte en una montaña rusa en la que siempre hay que esperar ese subir y bajar, entre el aliento y la sorpresa. No hay secuencia narrativa en la que no parezca ese aliento poético que nutre el lenguaje sin que se pierda en ningún instante el sentido de lo que se cuenta. Las palabras se elevan en el decir poético dentro de una factura que logra una creación estética verbal de primer orden.

Como toda obra de arte, una novela debe expresar la condición humana. Las luchas del hombre en su propio sentir la vida. Las situaciones históricas y sociales no son en sí mismas acontecimientos significativos. De ahí que la historia siempre será pensada por la filosofía. De ahí el cierto desprecio que sobre la historia, como objeto de lo particular, expresa Schopenhauer en El mundo como voluntad y como representación. Como una biografía del hombre, la novela debe darnos su lucha incesante por el ser. Y no hay la menor duda que esta obra de Mateo ha logrado abrir el horizonte de una metafísica del ser. Frente al espejo los rostros de Elso, el “maricón de carroza”, negro, tuerto y brujo, y el rostro del licenciado Néstor Luciano Morera quedan al descubierto frente a su misma hombría. Éste que a poco lucha por rescatarla y el otro que la niega a favor de su propia condición homosexual. El primero termina en la negación de su diario y del simbolismo que hay en el violín de la adúltera y el segundo, muere arraigado a sus creencias mágico-religiosas.

(Del libro en prensa: Andrés L. Mateo y la aventura espiritual de la dominicanidad)