domingo 31 de enero de 2010

Glosas golosas

Miguel Ángel Fornerín


Sujetos y predicados (El hijo de la mujer y diez cuentos más de Eugenio García Cuevas

Eugenio García Cuevas es uno de los escritores dominicanos residentes en Puerto Rico que ha tenido una destacada proyección en la isla. De profesión artesanal, poco a poco ha ido escalando en el quehacer cultural de Puerto Rico. Estudió pedagogía, fungió como maestro por varios años, luego corrector y editor cultural en periódico El Nuevo Día. García Cuevas publica en 1995 su tesis sobre la novela La Mañosa, de Juan Bosch y un Premio Nacional de Literatura de la Secretaría de Educación de República Dominicana. García Cuevas se ha destacado como periodista cultural. Publicó unos cinco libros o seis más. En Mirada en tránsito (1999) presenta una serie de inquietudes sobre la diáspora dominicana. En el segundo una visión sobre Andrés L. Mateo y la Generación del sesenta. Luego publica varios libros de poemas que se destacan por el verso sencillo, explosivo y de una gran imaginación poética y un ritmo muy propio. En el Campo del periodismo cultural ha sido uno de los principales animadores culturales de los últimos años. Son reconocidas sus entrevistas, las que han sido recogidas en un volumen publicado por Alfaguara (La palabra sin territorio (hablar en la posguerra fría Guaynado, 2004)..

Y con ellas ha ganado los principales reconocimientos que pueden lograr los periodistas en Puerto Rico, como el Premio Bolívar Pagán, del Ateneo de Puerto Rico, y el Eddie López, del Oversea Press Club. Trabajó como editor del periódico Diálogo de la Universidad de Puerto Rico, se graduó de doctor en Estudios Hispánicos, con una investigación sobre los poetas sorprendidos y la Revista de la poesía sorprendida, actualmente enseña en la Universidad de Puerto Rico en recinto de Bayamón y es editor para editoriales y revistas internacionales.

En García Cuevas, además de sus dotes de comunicador, encontramos al conocedor profundo, expositor de las más actuales corrientes del pensamiento latinoamericano y occidental. Es inquieto, acucioso y lector voraz. Lecturas que ha puesto a beneficio de la discusión de los principales problemas del saber y la literatura en nuestra región caribeña. Por eso su trabajo también ha sido reconocido por la asociación de filósofos de Puerto Rico.

Después de varias aventuras literarias que se han presentado con una gran consistencia en los últimos años, García Cuevas nos sorprende con este manojo de cuentos que reúne en Sujetos y predicados (El hijo de la mujer y diez cuentos más). Yo digo sorpresa porque aunque habíamos apreciado el estudio de la narrativa en su primera obra, no sabíamos que García Cuevas nos tenía guardado ese otro menester que es el del narrador. Con este libro, publicado por Isla Negra y Editorial último Arcano, no solo se revela Eugenio como narrador sino como polígrafo. Un escritor que se ha impuesto los retos de la literatura sin encontrar la frontera de su decir.

Ensayista, poeta y cuentista, Eugenio demuestra su manejo de la lengua y del género. En los cuentos que componen Sujetos y predicados, está presente la intertexualidad con la escritura de Juan Bosch y Jorge Luis Borges, los giros formales del Boom latinoamericano. García Cuevas trabaja un procedimiento interesante la amplificación, donde un texto A es transformado por el texto B y establece un diálogo textual entre ambas obras. Por otra parte, también la búsqueda de unos contextos del significar que han sido siempre la preocupación del autor.

Narrar es también narrarse. El tiempo vivido es una experiencia para el narrador, de ahí que toma García Cuevas de los materiales de su vida, su infancia en la Vega y su tránsito a Puerto Rico para crear su mundo narrativo que es como si dijéramos un mundo en tránsito.

Cuando afirmo que García Cuevas nos sorprende con su narrativa, lo hago no solo por la entrada de un libro de narrativa a la colección de sus obras publicadas, sólo por el hecho de que Cuevas nos parece un narrador cocinado, curtido en la elaboración de situaciones y personajes. Lo que he criticado a los jóvenes narradores dominicanos, no puedo hacerlo aquí, porque en esta narrativa breve están pintados las situaciones y los personajes como artificios literarios que refieren a unos contextos a veces conocidos por los lectores. Pero que son, en fin, contextos dotados de fuerza expresiva y donde los diálogos, referencias, personajes y situaciones se aparecen en un entramado poético que permite que la narración complete una obra literaria.

Sobre salen en este libro, “El hijo de la mujer” por la osada ampliación de un texto de Juan Bosch, lo que nos permite ver la continuidad de los estudios de García Cuevas, su imaginación y el desvelar un tiempo pasado, un ambiente provinciano recuperado por la memoria. En “La luna en el canal de la Mona”, el autor trabaja el desgarramiento y la crueldad que puede anidarse en las clases populares, atravesada por la miseria y el machismo. En “Huyéndole al sol” una hiperrealidad, la de los deambulantes, que aquí y allá encuentran un lugar cada vez más pequeños para transitar en su abandono entre la sombra y el sol.

Maravilloso, hermético y real es “Aquella lengua” es un texto que abre una visión del liderazgo, de los políticos, de la abundancia de palabras en la que se debaten nuestros asuntos públicos y privados. El niño lleva a convencerse de que lo que antes era la muestra fehaciente de un verdadero dirigente se ha convertido en una lengua más y en el hablar exuberante que nos caractgeriza. De singular importancia es el relato “Musina en el Hotel Roxy”. Todavía un hotel de inmigrantes en Río Piedras. Los dominicanos hemos vivido o pernoctado en él, como Musina podemos saber sus historias o ser parte de ellas.

El mundo de dominicanos, haitianos y puertorriqueños está ahí entre lazado en estas páginas; que nos muestras nuestra vida de convivencia y las dificultades que tiene el otro para ser el mismo y el mismo para asumir la otredad vecina. Si en “Dominicano ése”, la lengua la forma de hablar convierte al dominicano en una otredad, en “Naranjas amarillas en la calle”, el proyecto campesino asumido desde la cultura dominicana reacciona contra el mundo de cemento que domina en la Isla. Así se establecen contrastes y lo real-maravilloso se acompaña de una propuesta de vivir junto a la naturaleza.

La construcción narrativa irónica aparece en el cuento “Tiempo de las ratas”. Lo irónico y lo simbólico sirven como armas para retratar el mundo deshumanizado en que vivimos. El que deshumaniza en el texto es animalizado, son las ratas. Un tema que León David y Luis Beiro han trabajado en los últimos años. Las ratas no son muy queridas por aquí, en Nueva York, la población de ratas crece por encima de lo humano. La ironía en grandiosa.

El mismo asunto tratado desde los conflictos burocráticos lo encantamos en “La temprana muerte de la rosa”. Eugenio ha puesto sus experiencias como sastre y como editor para mostrarnos con el pretexto de lo primero el mundo deshumanizado del segundo. Un libro revelador de un escritor prolífico, un pensador del sentido nomádico de muestra literatura; de un autor en el tránsito de una cultura y otra; artífice es, de una literatura del muevo mestizaje diaspórico.

Sujetos y predicados (El hijo de la mujer y diez cuentos más), es un libro que nos permite valorar el trabajo tesonero de una de las principales voces de la literatura dominicana que, desde ultramar, dibuja y desdibuja la dominicanidad en su más interesante condición, la hibridez y lo transitorio.

sábado 23 de enero de 2010

Miguel Angel Fornerin Entrevista a Giovanni Di Pietro

Giovanni Di Pietro: “Si tengo que darle duro a algo, le doy duro”

Una señora, cuentista y ahora novelista, me llama “sapo” y “culebra”. Yo, como sabes, soy el “italiano malo”, y eso porque me permito el lujo de estar en desacuerdo con ellos.

Miguel Ángel Fornerín / Media Isla

[Por primera vez, Giovanni Di Pietro habla extensamente sobre sus aproximaciones críticas a la literatura y la cultura dominicanas. El que ha sido sindicado como un ”enemigo” de los narradores dominicanos, “el crítico insomne,” el italiano obsesionado por los descubrimientos, contesta las preguntas de otro crítico sobre su método y las repercusiones que han tenido sus ensayos en la República Dominicana. Una síntesis de los objetivos y peripecias de más de veinte años de una de las voces más polémicas de la crítica nacional.]

1. Hablemos de tu último libro, sé que lo has dedicado a los jóvenes escritores dominicanos, ¿crees que hay un nuevo horizonte en la literatura dominicana más cercana?

Entre los nuevos trata de concentrarse en algunas de las publicaciones más recientes, especialmente en la novela, el cuento y la poesía. Cuando digo más recientes, quiero decir que estos son ensayos que cubren el período de mi actividad crítica de 1995 a 2009. Aparecen nombres de escritores tradicionales, como Marcio Veloz Maggiolo, pero también de las nuevas generaciones, como Avelino Stanley, Sención y Andujar. Tratan de los escritores de la diáspora, en parte, y también de algunos que, como residentes en Santo Domingo, podemos considerar bastante “aplatanados” como para considerarlos ya escritores dominicanos, como Luis Beiro Álvarez y José Valle-Parreño.

Si hay un nuevo horizonte en la literatura dominicana, yo en verdad no lo veo o no logro ver que sea algo de mucha trascendencia. En la novelística, por ejemplo, ¿cuál es la novela de más calibre que conocemos en los últimos tiempos? Bienvenida y la noche, de Manuel Rueda. El único novelista que está haciendo un trabajo relevante con relación al ambiente de descalabro que se registra en el país es Roberto Marcallé Abreu, el cual empezó a publicar a principios de los años ochenta. Los demás, tanto en la novelística como en la cuentística y hasta la poesía, entiendo yo, se olvidó de su país y se la pasa jugando lo que llamo el “juego del avestruz”, o sea, esconden la cabeza en la arena, en vez de enfrentarse seriamente a los retos actuales.

2. ¿Piensas que hay una nueva manera de ver la realidad dominicana?

Desgraciadamente, la nueva manera de ver la realidad dominicana se conjuga con la lamentable norte americanización de la realidad prácticamente en todo el mundo, como resultado de las supuestas ventajas del modelo neoliberal, el cual, si no se impone a sangre y fuego a través de guerras, de la miseria y del hambre, se impone como quiera a través de la pseudo cultura que ese estilo de vida representa. A la Vieja Belén, por ejemplo, se le sustituye el símbolo consumista de Santa Cló. En los hogares dominicanos, ya se celebra el Día de Acción de Gracias. Dime tú, ¿qué tuvieron que ver los Pilgrims con el comienzo de la nación dominicana?

La verdaderamente nueva vertiente del cambio que se ha dado en el país, tiene que ver con la rápida urbanización que se registra. El campesino emigró a la ciudad y, de ahí, a los países, a Europa; especialmente las mujeres. Cuando Leonel dijo que iba a hacer de Santo Domingo una pequeña Nueva York, no estaba bromeando. Lo ha logrado, con todo el desplazamiento de valores y costumbres que esto significa. La inaudita violencia que forma parte de la vida diaria de los dominicanos ahora, algo nunca antes conocido, es el resultado de ese mismo desplazamiento.

3. Y la representación a través del medio lingüístico, ¿existe una escritura que trascienda la mera representación social?

Hay jóvenes escritores que han tratado o están tratando de trascender la representación social. Pero esto lo hacen de una forma errónea, desplazándose en sus escritos a lugares geográficamente lejanos o imaginarios. A veces interesándose en ciertas costumbres, la prostitución, por ejemplo, que es un interés tradicional, o el ambiente rapero o de pandillas, que es actual. Pero esto se hace como puro colorido estético; no se hace con la profunda intención de investigar las causas de estas cosas, que es la miseria y la injusticia. Por eso, para mí, es algo falso, poco importa que se haga de una manera literariamente depurada.

Sostengo que, hasta que no se resuelven los problemas básicos de la sociedad (miseria, exclusión, violencia, falta de oportunidad, etc.), no es posible para el escritor dominicano de verdad trascender la representación social. Tampoco es cosa acertada hacerlo. Lo que procede es elevar lo particular o regional a lo universal, pues es sólo este procedimiento lo que hace posible la gran literatura.

4. ¿Qué planteamientos de ruptura encuentras en las nuevas generaciones con relación a las anteriores?

Si nos llevamos de lo que digo acerca del “juego del avestruz”, yo no encuentro ningún planteamiento. La sociedad dominicana y el país tienen muchos serios problemas, entonces, ¿dónde están las obras que los denuncian y que ofrecer soluciones o por lo menos una esperanza? No las hay. Aquí hay gente que quiere ser candidato al premio Nobel, sin ni siquiera haber escrito una sola obra que valga la pena.

La verdadera ruptura llega cuando hay una generación de escritores que tiene fe en el devenir histórico de su propia nación, no cuando lo único que se hace es imitar y atascar la cabeza en la arena. O sea, las nuevas generaciones tienen un gran reto por delante. Hasta la fecha, no veo que lo hayan aceptado o siquiera sospechan.

Entiendas, ésta es mi manera de ver las cosas. Puedo muy bien estar equivocado. Pero yo lo sostengo porque me duele, y de ningún modo por pura polémica.

5. ¿Es la literatura actual una escritura que dialoga con las demás literaturas en español?

Yo he estudiado esencialmente la literatura dominicana y, dentro de ésta, en particular su novelística. Conozco muy poco la literatura latino americana. Por eso, no puedo hacer comparaciones. Tradicionalmente, la literatura dominicana dialogaba con la española y en gran medida con la francesa, pues muchos estudiaban en Europa. Siempre hubo una marcada relación con las demás literaturas con el centro y sur de este continente. De los años ochenta en adelante, a causa del fenómeno de la emigración, el polo se desplazó, como en todas las cosas, hacia el norte, o sea, los Estados Unidos. Es por eso que aparecen las figuras de Julia Álvarez, Junot Díaz y otras. ¿Qué significa esto desde el punto de vista de la literatura nacional? No lo sé con exactitud. Julia y Junot, en fin de cuentas, son escritores norte americanos de origen dominicana; no son, como se pretende, escritores dominicanos. Escriben en otro idioma y dentro de la tradición de ese país. El único que trascendió un poco en ese tipo de diálogo fue Sención, pero nunca logró gran cosa, y eso esencialmente porque dejó que se le estrumentalizara ideológicamente. O sea, aparte los fáciles cuestionamientos del régimen y la figura de Balaguer, nunca tuvo nada que ofrecer como alternativa.

6. La poética de los escritores del setenta ha llegado ya a su culminación o ¿sigue siendo dominante hoy día?

Yo tampoco me he interesado en el discurso que siempre se da en todas las literaturas, cuando se las divide en períodos o generaciones. A mí me interesa la obra en sí, punto. Desde la perspectiva de su análisis, trato de entender la sociedad que le dio nacimiento. Al final, qué significa “poética” de los escritores de los setenta o ochenta o noventa? Es un discurso bastante relativo. Si con eso de la poética ligada a los años setenta quieres decir el proyecto intelectual de una sociedad más inclusiva y más justa, proyecto que sale de la experiencia de la eliminación del trujillismo, el Gobierno de Juan Bosch y su derrocamiento a los seis meses, la Revolución de abril, entonces te diría que eso todavía sigue latente dentro de las nuevas generaciones no porque sea un proyecto exclusivo de los setenta, sino porque es un asunto que se remonta al proyecto de los mismos padres de la patria. El país con que ellos, por lo menos en su ideario, soñaron, todavía no existe. Nadie sabe si existirá.

Con relación a la literatura en sí, la generación que salió de esos eventos históricos tuvo un proyecto político, sin duda, y lo articuló en la idea de crear una literatura que lo reflejara. Pero eso era también lo que estaba en el aire, por eso del concepto de la “littérature engagé” impulsado por Sartre. En ese sentido, aunque sus obras no descollaran mucho, principalmente por perderse en diatribas de carácter ideológico, el resultado de lo cual fue una retórica izquierdoide que no contribuyó a nada positivo, hay que admitir que esa idea es preferible a lo ocurrido en los años ochenta, en los cuales el único proyecto que se enarboló fue el del “yo, yo por encima de todos y de todo.” Algo simplemente bochornoso, tienes que admitir.

7. En Intervenciones críticas dedicas varios ensayos a la problemática entre haitianos y dominicanos, crees que los discursos sobre este tema deben seguir dominando la discusión de la dominicanidad?

A mí me parece que tampoco hay que hacer el avestruz con relación a lo que ocurre en las relaciones entre la República Dominicana y Haití. Hace veinte años, en Canadá, oí una discusión entre mis colegas en la universidad donde impartía clases. Trataba de ese mismo problema. Pues, bien, yo noté que ellos se sabían al dedillo todos los pormenores de la historia de Haití, pero no sabían nada acerca de la historia dominicana. ¿Por qué? Simplemente porque, desde la caída de Trujillo en adelante, a ningún gobierno dominicano se le había ocurrido presentar el caso dominicano internacionalmente. En efecto, al visitar la sección dominicana en las bibliotecas universitarias canadienses, los libros sobre el país que se encontraban terminaban con la misma dictadura. O sea, que lo que resulta del discurso sobre lo haitiano y la dominicanidad, es esencialmente un producto de la ignorancia de los hechos históricos.

Tradicionalmente, todas las naciones han elaborado un concepto de identidad en oposición a otra nación supuestamente enemiga. Todas las naciones centro y suramericanas definieron su identidad en oposición al Imperio español. Haití definió su propia identidad en oposición a Francia. Entonces, tradicionalmente la República Dominicana define su identidad en oposición a Haití, el país invasor. Si este proceso identitario es válido para los otros países, y en particular para Haití, ¿por qué no puede serlo también para la República Dominicana?

Todo el “cuco” del racismo dominicano, de Trujillo y la matanza del 37 y cosas así, se debe, entiendo yo, primero a la falta de conocimiento de la realidad actual e histórica que se da en el exterior, y, segundo, a un sentimiento importado de los Estados Unidos y otras naciones, a través de sus poderosas ongs que, sinceramente o hipócritamente preocupadas por la suerte del pueblo haitiano, han elaborado una imagen racista de los dominicanos que no se corresponde a la verdad. Puede, sin duda haber y lo hay un elemento racista en las relaciones entre República Dominicana y Haití, pero lo hay también y en mayor medida entre las relaciones entre Estados Unidos, Francia, Canadá y otros países desarrollados y ese desdichado país caribeño. A los haitianos les está vetado emigrar a esas naciones, entonces, ¿dónde diablos crees que ellos pueden emigrar con mucha facilidad? Al país vecino. Optan por una miseria relativa, simplemente porque se le niega entrar al paraíso neoliberal que, curiosamente, dice estar preocupado por su triste suerte.

El problema, para mí, es que los dominicanos han terminado por interiorizar este concepto y muchas veces se creen racistas aunque no lo sean. Se sienten culpables de todas las desgracias del vecino país, y eso es injusto. Más haitianos viven en la República Dominicana que en todos los demás países juntos. Solamente esto debería hacernos reflexionar acerca del supuesto racismo dominicano.

8. En Quince ensayos de novelística dominicana, has dedicado tu atención a los escritores que han sido prácticamente olvidados por el canon, ¿crees que existe una novelística dominicana desconocida de apreciable valor? Y ¿qué ha ocurrido que todavía aparezca como desconocida para la mayoría de los dominicanos?

Los escritores dominicanos contemporáneos, por eso de estar a la moda, no se han preocupado mucho por indagar su propia tradición literaria. Ya que lo que hacen es muchas veces algo imitativo de lo que viene de afuera, mucho de lo que publican es de carácter mediocre. Por eso, al encontrarse por primera vez con la literatura dominicana, uno recibe una impresión bastante negativa. No se percata que, muy por el contrario, existen cosas en la literatura dominicana que exhiben una calidad muy alta, que están a la par con lo que se ha dado en otros países.

Es lo que ocurre en la novelística, el campo que más conozco. Hay obras de gran valor, y no me refiero exactamente al Enriquillo, de Galván. Las llamadas “novelas bíblicas”, por ejemplo, son obras de alta calidad. La mañosa, de Bosch, puede considerarse como una novela de alcance universal. Caonex, una obra que refleja la ideología de la dictadura, por ejemplo, tiene una altura estética considerable. Bienvenida y la noche, de Rueda, es algo a considerar. Toda la narrativa de Marcallé Abreu es encomiable y debería cruzar los límites de las fronteras del país. Los novelistas de la Era de Trujillo son superiores a muchos de los novelistas actuales. ¿Por qué? Simplemente, porque tenían una formación literaria sólida. Tenían un proyecto, tanto en pro como en contra de la dictadura. Los novelista de hoy tienen no sólo tienen una muy mala preparación, sino que tampoco un proyecto. Pero a esos novelistas del pasado ahora se les olvida por ser trujillistas o por inspirarse en el verbo social, como consecuencia de la influencia del marxismo. Lo que cuenta es lo inmediato y lo efímero, pues nos encontramos bajo el triunfo de la cultura light.

9. ¿Crees que existe una literatura de la diáspora dominicana?

Existe sí, y en dos vertientes: una en español, la cual está más relacionada con el país de origen, la República Dominicana; otra, esencialmente en inglés, con su centro en Nueva York. Este tipo de literatura siempre termina siendo una literatura híbrida, pues refleja dos realidades. Lo que quiere decir que la primera vertiente necesita legitimarse con relación a la metrópoli, y terminará considerándose parte de la literatura nacional, como obras escritas por escritores dominicanos residente en el exterior, pero la segunda, escrita en el idioma en que se desenvuelve el escritor, eventualmente terminará por ser asimilado a la literatura del país donde ese escritor vive. Decir que estos últimos son escritores dominicanos, no es correcto; ellos son escritores del país en que viven, pero de origen dominicano, que ya es otra cosa.

Esto no significa que no hay que reconocerles su importancia a estos escritores. Pero esa importancia no se encuentra dentro de la literatura nacional, a la cual no pertenecen, sino dentro de la literatura del país donde viven, a la cual sí pertenecen. Hay que festejar el Pulitzer de Junot Díaz porque se lo ganó un escritor de origen dominicano, no porque se le otorgó a un escritor dominicano, lo que él, estrictamente hablando, no es.

Pero, bueno, este es un asunto bastante complejo. Los críticos deberían estudiarlo más a fondo, para ver cuáles son sus ramificaciones.

10. ¿Cuál es la importancia de Julia Álvarez y Junot Díaz? ¿Es esa una expresión de la literatura dominicana?

A Julia Álvarez y a Junot Díaz hay que estudiarlos principalmente como expresiones de la tradición literaria norte americana. Ellos emigraron a los Estados Unidos a temprana edad y escriben en inglés. Sus modelos literarios son esencialmente nort americanos. Entonces, cualquier importancia que puedan tener hay que explorarla dentro de la literatura norte americana, no dentro de la dominicana. Ahora bien, si estuviesen escribiendo en español y dentro de la tradición del país, sería otro asunto completamente diferente, pues sería válido considerarlos escritores dominicanos pertenecientes a la categoría de aquellos que viven fuera del país.

¿Tienen importancia Julia y Junot dentro de la literatura norte americana? Supongo que sí, pues representan dos escritores que se destacaron dentro de la literatura étnica, lo que está de moda en el momento. Como el escritor dominicano, para ser considerado importante, tiene que trascender a lo exterior y codearse con los grandes del mundo; el escritor étnico norte americano, como Julia y Junot, tiene que trascender el reducido ámbito de la literatura étnica y afirmarse nacionalmente para ser considerado importante. Julia lo ha logrado mucho más que Junot, ya que tiene toda una obra desarrollada. ¿Junot qué ha hecho? Sólo un libro de cuentos y una primera novela. Que se le diera el Pulitzer, está bien. Pero ahora aparentemente los premios no se dan por una obra realizada, sino por una solamente proyectada, como hemos visto con el famoso Nobel de Obama. ¿O no es así?

11. Para ti, cuáles son los mejores diez escritores dominicanos de la actualidad?

Nunca es fácil contestar una pregunta como ésta. A veces no se trata tanto de escritores, como de obras. Así es dentro de la literatura dominicana. Entiendo que el país ha dado grandes poetas, y a un nivel universal. Piensa en Mieses Burgos, una joya de la poesía que no existe en la conciencia del país y menos aún fuera de ella. Después, podemos mencionar a Pedro Mir. A Manuel del Cabral. Ambos recibieron una proyección internacional. No hay que volver atrás a Salomé Ureña, necesariamente. Cuenta, el país, con un eminente cuentista en Juan Bosch. La novela histórica tiene el válido ejemplo de Enriquillo, con Galván. En la crítica, está el gigante Pedro Henríquez Ureña, excelso humanista, que en el país sólo se conoce esencialmente por su nombre, no por el magisterio de su obra.

Pero la pregunta es acerca de la actualidad, con lo cual entiendo esencialmente los años más recientes. Podemos mencionar a Andrés L. Mateo, por su narrativa y su crítica social. Es un buen candidato. También a Pedro Peix. Yo, personalmente, tengo una debilidad por la obra narrativa de Marcallé Abreu. Es el único novelista que, en toda su trayectoria, de los años ochenta hasta el momento, que ha tratado de enfrentarse sistemáticamente al descalabro de la sociedad dominicana, a los sueños truncos de este país. Esto, para mí, no es poca cosa, ya que sostengo e insisto que esa es la función primordial del escritor dentro de una sociedad. Si no hace eso, ¿de qué mierda sirve? Otros, sencillamente no se me ocurren. Tendría que pensarlo, y, si hay que pensarlo, eso significa que a lo mejor no los hay.

12. Ha tenido tu método crítico mucha resistencia de un sector de los intelectuales dominicanos, ¿a qué se debe esta actitud, según tu mejor parecer?

Me decía el amigo León David en una ocasión: “Giovanni, a ti te odian porque te entienden; a mí, porque nadie me entiende.” Para mí, es importante que mi lector entienda bien mi análisis y mi punto de vista. Yo no impongo ni el primero ni el segundo. Sólo lo reto a que trate de ver la obra desde esa perspectiva, y, si no está de acuerdo con mis resultados, que lo diga y lo prueba. Hasta la fecha, no muchos han dicho abiertamente que no están de acuerdo, y aún menos han ofrecido sus propias pruebas para refutar lo que sostengo. Yo quiero que el lector despierte. Y que despierte a mejor sensibilidad estética y social. Hasta política, si quiere. Ahora bien, ya que, como he dicho, muchos intelectuales están metidos en ese “juego del avestruz”, no se les puede pedir gran cosa ante una obra literaria. Aquí cada obra es una obra maestra, y cada escritor un Cervantes en ciernes. Se hace crítica por encargo y como resultado de amiguismo personal o hasta ideológico. Yo ese tipo de crítica no la hago. Si tengo que darle duro a algo, aunque sea de un amigo, le doy duro. Basta con ver mis monografías críticas para darse cuenta de ello. Yo he criticado a León David, a Diógenes Céspedes, a Andrés L. Mateo, a Manuel Matos Moquete, a Federico Henríquez Gratereaux, al mismo Marcallé Abreu, todos amigos míos, algunos hasta entrañables.

La gran resistencia viene siempre de personas que no quieren sacar su cabeza de la arena, pretenden que todo está bien en la República, de las letras y la otra, y, por consiguiente, no pasan a ese “italianito” que se metió en lo suyo. Un tipo, seguro un novelista, en una ocasión en que yo caminaba por el ensanche Piantini, me sacó la lengua desde su carro. Otro me considera el enemigo numero uno de las letras nacionales. Otro más dice que soy un desastre como escritor y crítico. Una señora, cuentista y ahora novelista, me llama “sapo” y “culebra”. Yo, como sabes, soy el “italiano malo”, y eso porque me permito el lujo de estar en desacuerdo con ellos. A los italianos que están de acuerdo, se les considera los “buenos”. ¿Qué le vamos a hacer?

Otra cosa más. Yo no me desenvuelvo solamente como crítico. También tengo una extensa obra poética publicada y dos novelas. Ahora bien, ¿cómo es que todos estos críticos míos no se han molestado siquiera en analizar esa obra creativa y acabar conmigo de la misma manera en que dicen que acabo con ellos? Los reto a que lo hagan.

13. ¿En qué consiste el método crítico de Di Pietro?

A mí me gusta entrar en una novela, mirar con una lupa a los protagonistas, lo que hacen, y determinar por qué lo hacen y cuál es la relación entre esto, el novelista y su sociedad o mundo. No hago análisis estilístico, pues me aburre hasta la muerte y me parece sólo asunto de plomería. Me interesan las ideas, el alcance y las consecuencias de esas ideas. Un libro donde no hay ideas es un libro completamente vacío para mí. Que las ideas sean las correctas, que es lo preferible, o no, poco importa; yo simplemente analizo la obra con relación a ellas. Esto, por ejemplo, me ha permitido sacar a la luz del día a muchas novelas olvidadas por considerárselas trujillistas. Para mí, Caonex, de J. M. Sanz-Lajara, es una gran novela, pese a su verbo reaccionario. Mis análisis han descubierto que muchas novelas del período de la Era contienen un fuerte componente antitrujillista, aunque sea en forma latente. Esto implica una reevaluación drástica de la producción literaria de los treinta años de la dictadura. No es poca cosa para un método que muchos descalifican como inválido.

En términos estrictamente de crítica literaria, yo anuncié en el prefacio a mi primer libro que me gustaba el método ecléctico, un método poco respetado, lo admito; sin embargo, este método a mí me ha dado excelentes resultados, pues entiendo que es un método que no pone a dormir a nadie, que puede ser divertido, iconoclasta y, como siempre he sostenido de manera burlona, no le causa problemas de estreñimiento a nadie. ¿Qué más se quiere de un método crítico?

14. ¿Cómo ves el ambiente cultural dominicanos? ¿No concibes la existencia de un cierto simulacro en las distintas manifestaciones de la cultura espiritual dominicana?

El ambiente cultural dominicano, pese a sus muchos problemas, yo lo veo todavía bastante dinámico. Existe todavía la polémica literaria. Hay gente que se molesta todavía por ésta o aquella posición crítica. Para que se le saque la lengua a un crítico o se le llame “sapo” y “culebra”, tiene que existir un interés en la cultura o nada de esto ocurriría. Cuando Andrés L. Mateo o Manuel Nuñez o Odalís Pérez o Diógenes Céspedes dicen algo o lo escriben en un periódico, todavía hay gente que le pone atención. Esto significa que la cultura dominicana no está muerta, como se piensa. Ahora bien, de que existe un profundo interés por matarla, ya es otro asunto. Pero eso es verdad de la cultura a escala mundial, no importa el país.

Lo que tiene importancia ahora es el rockero, el bachatero, el pelotero, el narcotraficante, la bailarina, toda clase de gente inútil, pero que tiene la posibilidad de acumular renombre rápido y cuartos. No es la cultura. A nosotros, los críticos, los escritores, los poetas, los pensadores, se nos considera pobres ilusos y pordioseros. Ya los poderosos y los gobernantes no nos necesitan para legitimarse en el poder. Para eso, tienen las compañías de relación pública, la televisión, Internet y cosas por el estilo.

Trabajar la cultura se ha vuelto ya una actividad solitaria, sin remuneración de ninguna clase, denigrante a los ojos de los demás. Es cosa de ermitaños, de antisociales, de gente desesperada. Pero nadie de nosotros, en su sano juicio, preferiría dejarla por otra cosa. De eso se puede estar seguros, tanto en Santo Domingo, como en Roma, París, Madrid y cualquier rinconcito de ese mundo postmoderno que hoy en día nos gastamos.


domingo 9 de agosto de 2009

El mal del tiempo: una novela que nos invita a repensar el pasado reciente


Por Miguel Ángel Fornerín
Universidad de Puerto Rico en Cayey

René Rodríguez Soriano teje un largo poema épico-lírico en prosa sobre el desencanto. Es su novela la contra parte de una épica; la última nuestra, o la más reciente. Es la novela del desgarramiento de unas ideas, de ciertas prácticas revolucionarias. Una manera de ver el mundo, cuando se sublevaron los signos. Está tejida ahí, en un ahí, que es el mundo vivido, palabra a palabra. Con un fuoco creativo que hace saltar sus llamas. Las palabras son sentimientos, que son gentes; gentes que son pueblo.

El autor teje y reteje el manto de una sola historia. Una voz que se mira a sí misma. No dialoga; monologa: introspectivamente va “de su corazón a sus asuntos”, como dijo Miguel Hernández. Es esta obra un extenso poema porque las palabras se abrazan; bailan en las aguas semánticas del ritmo y aflora una manera muy a la René de decir las cosas. Hay musicalidad en las palabras y el ritmo se convierte en símbolo, en presencia o ausencia. La referencialidad los deslié. La lírica siempre será la expresión de un “yo”, de una interioridad de la primera persona, haciendo que surja al reino del sujeto problemático, que piensa cual “cogito brisé” en el mundo, en su mundo vivido, como tragedia, como angustia agónica, como lucha.

Ahora me voy a quedar con el sentimiento. Porque es la lírica un terreno fértil para expresar lo que se encuentra dentro. Pues, El mal del tiempo viene de adentro; el afuera importa: muestra los conflictos, los enlaza, los hace presente. Pero lo que se encuentra, en primer lugar, es lo que sale de lo interior, de la psique del personaje, narrador. Ya que en esta obra el personaje es el narrador y no es el autor, aunque a veces podamos entender situaciones donde el personaje, narrador, se confunda con el autor, para hacer un texto cuasi autobiográfico.

El protagonista se encuentra en lucha consigo mismo. Pero su tensión viene de afuera y en el texto está marcada por la referencialidad, que hace surgir una época. Digo surgir como metáfora de lo que estaba escondido en la memoria y que sólo a través del trabajo de la escritura aparece ante nuestro horizonte de lector. El sujeto problemático, busca entonces, un asidero. Una idea, un sentimiento que le haga salvarse, pues está en el naufragio de un mundo, de unas ideas, de cierta ideología. Esa meta es difícil. De ahí el laberinto en que se encuentra metido. Es el laberinto del país, es el callejón sin salida de la izquierda.

Si su conflicto es interior, también debo decir que la exterioridad está muy marcada. Es que él está en lucha con su tiempo. El tiempo es metáfora de época y la época es tiempo vivido. En el tiempo está el desgarramiento. Su cotidiana existencia, como tiempo que se vive, como tiempo del mundo, es decir, su mundanidad, una agonía. La cotidianidad es política, un tiempo marcado por la violencia política.

La referencialidad se establece y representa como una crónica; trama que permite que los signos se conviertan en símbolos y, en definitiva, en ritmo. El personaje mismo, al negar el valor del presente, al saturarse como un hombre sin historia, realiza cada día su propia crónica, como crónica de la cotidianidad política, como expresión y representación del acaecer del país. Esa referencialidad la instala la radio, el periódico. Un mundo de las comunicaciones que ayudan a unir lo ocurrido en el país con lo acaecido en la vida personal. Es la novela, como género poliédrico que sirve como intermediario entre las acciones del mundo y los hechos humanos individuales. La forma del diario hace que la obra pueda contabilizar el presente.

Los acontecimientos, entonces, son repetitivos. Como toda cotidianidad está llena de ruidos: la política corrupta, los asesinatos, la lucha libertaria, los distintos momentos en que existe la sublevación: la historia de lucha que se refiere (La muerte de Mamá Tingó, Sagrario E. Díaz, Goyito García castro, Orlando Martínez) todas esas muertes que marcaron el tiempo, el tiempo del balaguerato; ese auriga que se paseaba bajo la manta del encono.

La voz es juvenil. Su espacio es la Universidad, el saber, la lectura, el periodismo… En su conflicto interior moran los recuerdos, la nostalgia del pueblo dejado, de Laura en Madrid, de los amigos, de los amores perdidos. La voz personaje reacciona contra su tiempo; está enfermo de un tiempo crónico. No encuentra la salida. Se guarece en los libros, lee, se aburre. La repetición de lo acaecido, de lo que ocurre o no ocurre como el sujeto lo cree y lo espera, lo lleva al tedio. Vive en la tristeza de los días, con pocos momentos de felicidad. Esta voz, que no se define, es la expresión de una generación (que vive su tiempo como tragedia) atrapada entre la Guerra de abril, la lucha foquista y el terrorismo de Estado impuesto por Joaquín Balaguer.

El mal del tiempo recupera el pasado reciente a través de la lengua, como habla y creación “poietica”; lenguaje que juega con los distintos contextos semánticos de la cultura y lleva al lector por una cotidianidad conocida y que invita a repensar la dominicanidad. Y esto es así porque lo dominicano se encuentra en juego. El valor del tiempo, de nuestro tiempo, se entrecruza con el valor que asignamos a la vida. Lo social aflora interrumpido por los poderes, por las prácticas políticas (corrupción, violencia). El individuo que piensa lo social, no encuentra salida a través de lo político. El dualismo izquierda-derecha, no permite que fluya otra vida, como lo otro. Pues en el dualismo se reafirma la mismidad, la repetición. La política es entonces, una mascarada. No hay asidero en lo social para el individuo, solo queda el sujeto pensante, angustiado, aburrido, que vive la vida, su propia vida, como un enfermo del tiempo que es lento y repetitivo.

La obra podría leerse como parte del existencialismo de lo absurdo. El yo no encuentra valor en el mundo: por eso existen en el texto tantas referencias escatológicas. Y el sujeto reacciona frente a la absurdidad del mundo. Pienso que esta obra podría colocarse al lado de La mujer de agua de Ramón Lacay Polanco, La otra Penélope de Andrés L. Mateo y Todo un hombre, de José Enrique García. Por ser una obra poética de sesgo existencial, tiene tangencias con las dos primeras, pero no tengo la menor duda de que supera el texto de Lacay Polanco como novela lírica que es, ante todo una novela redonda. Ceo que la de Lacay queda muy bosquejada. La de René Rodríguez Soriano es superior porque dentro de la lírica que la une a la citada, crea una atmósfera del tiempo vivido, como tiempo del mundo, frente a un sujeto en lucha con su estar ahí, contra la Historia.

El personaje narrador de El mal del tiempo es existencial y es llevado a esta perspectiva filosófica por el asco que le produce la política y su marco social. Esa atmósfera, esa reacción a la violencia, hace que esta obra tenga un valor inusitado. El valor de trabajar el sentido de una época. De vivir el presente como enfermedad del tiempo, de la historicidad como relación entre el tiempo vivido, las ideologías, la teoría de la Historia y la subjetividad. Su tiempo está sublevado, pero el personaje descreído de la epicidad reinante, va contracorriente, buscando su propia identidad.

La congruencia con la obra de Andrés L. Mateo, puede verse, en primer lugar, por el lenguaje poético y la reacción ética al mundo de violencia establecido por el régimen. Si la he colocado esta obra a la par con Todo un hombre de José Enrique García, se debe al trabajo de un lenguaje creativo que pocas veces encontramos en la narrativa actual. La vertiente de la novela dominicana en la que este texto de Rodríguez Soriano se enmarca es la del neobarroco, que juega en las palabras, que busca un ritmo del lenguaje, del sentido, un sentimiento que va del adentro hacia afuera.

Filadelphia-París, 3 de abril de 2009

viernes 29 de mayo de 2009

El General Soto Jiménez: Entre las patas de la creación literaria


“¡Sed justos; lo primero…!”
Juan Pablo Duarte

Miguel Ángel Fornerín
San Juan, Puerto Rico


Un amigo me pide que lea el artículo del General Soto Jiménez sobre la novela de Juan Carlos Mieses, publicado en Ventana este domingo. Vuelvo a abrir el Listín; ya había visto el artículo, leí unas cuantas líneas y lo abandoné diciéndome, en mis adentros: “no tenía conocimiento de que Soto Jiménez fuera crítico literario…” No crean, amigos que me sentí desplazado en la brega que llevo con la representación literaria, no. Es que desde el principio de su artículo, el General unió autor y obra. Y, para colmo, escribe desde una intimidad con el autor que no me motivó a continuar. Tampoco encontré en la recensión ese atildado estilo de la carta que Soto Jiménez le envió a Hipólito Mejía y que yo guardo para algún día dedicarle algunas reflexiones. No tanto por su decir, sino porque ese un cementerio de palabras que huele a otra época.
Pero entremos en materia. La idea del General entre las patas de la creación es una metáfora suya: “induciendo una advertencia enredada entre las patas de la fascinación literaria”. Lo de la creatividad, por de pronto, es que el General divide la obra y el contenido. Es decir, expresa una poética dual. Todo su artículo es la expresión de una poética que divide el contenido de la forma, por eso dice al final: todo lo demás es literatura, estilo, forma, talento, poesía, mucha poesía. El General se come la carne y nos deja el hueso. Claro, el dualismo entre la forma y el sentido es el mismo que maneja el poder. Es el divorcio entre la forma y la palabra, entre el vivir y el pensar. Es el olvido de lo poético como contradicción. La visión maniquea del mundo es el cuerpo y el alma, los esclavos y los amigos. Los que mandan y los que son mandados. Y de eso sabe el General. No se maneja un ejército sin someterse. Y someter.
De lo que habla el General no es entonces de la obra de Juan Carlos Mieses, subido al cielo por la complicidad y la alabanza. No. Lo importante es lo que está detrás. Y el General no nos engaña. Ni creo que lo pretenda. El problema es Haití. Lo que el artículo despliega es una forma operativa en que las clases oligárquicas y sus voceros, enquistados en todos los niveles, quieren convencernos del “peligro haitiano”. Claro mientras ellos hacen negocios con Haití, mantienen una inmigración desordenada, mientras el trabajo barato de los braceros haitianos engrosa sus caudales.
El problema es viejo y cada cierto tiempo tiene un episodio nuevo. Pero es un problema del siglo XX, que la literatura ha mostrado con toda su crudeza. El General habla de “El masacre se pasa a pie”, claro lo cita pero si lo analizara se enredaría en las patas de la creatividad contradictoria: el ejército dominicano, santificado por su papel de defensor de la nacionalidad, es el que a través de sus miembros espoleó a los haitianos de la frontera en el “Corte”; eso se puede leer muy bien en “El Masacre” de Freddy Prestol Castillo.
La literatura es la única que nos puede dar el valor del pasado, sin las trabas ideológicas que los sujetos ponen en el texto discursivo. El operativo antihaitiano que el General despliega es la forma en la que el poder busca su legitimidad. El peligro haitiano es lo único que hizo que el presupuesto nacional para la guerra fuera mayor que el de la educación en el siglo XIX. ¿Podrán otros decirnos, por qué se mantienen actualmente unas fuerzas armadas numerosas? Contra los haitianos somos nacionalistas, pero no lo somos con el mismo rigor para respetar la institucionalidad y la justa distribución de la renta nacional.
No debe olvidar el General que esas mismas fuerzas mantienen la corrupción en la frontera y son parte del negocio con los inmigrantes haitianos que trabajan en las fincas de los que piensan que “los haitianos son un peligro”. Un siglo de mentiras. El peligro no es haitiano. Es dominicano. Los que lo enarbolan, jugando a la lotería de la nacionalidad, el patriotismo, la identidad esencialista, y con todos esos operativos, no hacen más que mostrar su propia máscara. Siempre han estado al lado de un poder que saquea al Estado nacional. Comenzando por Pedro Santana y su postura frente a la Constitución de San Cristóbal. Siempre han tenido intelectuales a precio, como Bobabilla, para crear un discurso más o menos convincente. General, dejémonos de “simulacros.” No olvidemos que nos encontramos en un tiempo de la comunicación global. Ya no se nos puede engañar con los temores nacionales. Las guerras contra Haití terminaron en el siglo XIX. Ahora toca construir un estado nacional y protegerlo de los que en su nombre no hacen nada más que mantener la corrupción, la desorganización y el despotismo.
Pero es difícil hacer ética desde la política o desde los cuarteles. Esa ha sido nuestra peor desgracia. Usted y yo sabemos que nadamos en aguas profundas. Pero ya la gente no muere, tan frecuentemente por decir lo que piensa, siempre han existido dominicanos capaces de decir lo que piensan sin tenor a las consecuencias. El tema de Haití, ha sido el caldo de escritores ante los cuales ni usted ni yo tenemos nombre ni agarre suficiente. Lo que sí podríamos decir es de cual perspectiva se trató y que tipo de operativo ideológico desplegaron. Cuál ha sido su tributo. Veamos: José Ramón López, quien de crítico se convierte en Senador de Lilís; aunque sus trabajos sobre Haití son posteriores a la Dictadura, la relación entre el decir, el vivir y el poder queda meridianamente establecida.
Peña Batlle que, en sus bellos sentires dominicanistas, le presta su erudición al proyecto Trujillo. Freddy Prestol Castillo quien hace su mea culpa por su libro Paisaje de la frontera. Don Emilio Rodríguez Demorizi, quien en dialogo con Price Mars no deja de teorizar un problema sin ver la hondura de sus consecuencias. Los “Cuadernos Dominicanos de Cultura” no son más que la intelectualidad del silencio. Frente a esa ideología autoritaria-dominicanista, nos queda la poesía: Sí, General, la poesía, la creatividad. El poema “Yelidá” de Hernández Franco, “Luis Pie” de Juan Bosch, el poema “El haitiano” de Moreno Jimenes y “Rabiaca del haitiano que espanta los mosquitos”, de Rubén Suro García-Godoy; también, Over de Marrero Aristy y otras tantas obras que sería prolijo enumerar.
Cuando nuestros estudiantes analizan esas obras cimeras de nuestra literatura no pueden concluir en la estratagema del peligro haitiano, ni de la patria invadida, ni del territorio ocupado. El sentido contradictorio los llevará a amar al vecino; a pensar una utopía de la convivencia, antes que azuzar los odios y los rencores. Sólo le transcribo el poema de Domingo Moreno, que ayer releía a propósito de unos inmigrantes hindúes que viven en un bosque de Melilla, esperando entrar a Europa a cumplir un sueño humano: vivir como todos los seres de la tierra con dignidad. Aquí va un trozo del poema del gran Moreno:

“…Ese haitiano/ que no puede prescindir de la cuaba, / y prefiere tabaco del fuerte/ y aguardiente del malo,/ es bueno a su modo,/ y a su modo rico/ y a su modo pobre.// ¡Benditos los seres que maltratan al hombre! ¡Bienaventuradas las cosas humildes/ que se yerguen siempre sobre el polvo frío de todas las cosas!...”
Demasiado poesía, General, demasiado. Tanto como para convertir a la creación en una mula, como la de Fello Macario, una mula contra todas las ideologías y los operativos en los que se despliega esa dominicanidad. Donde las palabras y las cosas se debaten. Donde el silencio sigue siendo cómplice y la memoria una facultad olvidada a favor de medrar y tomar las migajas que el poder da. Es difícil ser intelectual dominicano, General. Como Américo Lugo –salvo distancia y la categoría- prefiero escribir desde un rincón de mi casa. Saludos a sus camaradas.

25 de mayo de 2009.

miércoles 27 de mayo de 2009

El mal del tiempo


El mal del tiempo recupera el pasado reciente, a través de la lengua, como habla y creación poietica de una época; lenguaje que juega con los distintos contextos semánticos de la cultura y lleva al lector por una cotidianidad conocida, que invita a repensar la dominicanidad. Y esto es así porque lo dominicano se encuentra en juego. El valor del tiempo, de nuestro tiempo, se entrecruza con el valor que asignamos a la vida. Lo social aflora interrumpido por los poderes, por las prácticas políticas (corrupción, violencia). El individuo que piensa lo social, no encuentra salida a través de lo político. El dualismo izquierda derecha, no permite que fluya otra vida, como lo Otro. Pues en el dualismo se reafirma la mismidad, la repetición. La política es entonces, una mascarada. No hay asidero en lo social para el individuo, solo queda el sujeto pensante, angustiado, aburrido, que vive la vida, su propia vida, como un enfermo de un tiempo lento y repetitivo.


martes 3 de junio de 2008



Liminar

Cuando mi colega Nelson Miranda me dijo que entrevistaría a un preso que ha pasado más de cuarenta años en el sistema carcelario puertorriqueño, no hice más que asociar su empresa a la Biografía de un cimarrón de Miguel Barnet (Ariel, 1969). También pasaron por mi memoria el libro Taso: trabajador de la caña de Sydney W. Minz, (Huracán, 1988). La teoría que sobre la historia estaba trabajando me ayuda a entender a un hombre del pasado que viene a iluminar el presente. Ocupan en estos tiempos mis cavilaciones, el tema de la narratividad de Paul Ricoeur y el análisis de una carta de un historiador dominicano en la que se expone el centro de la Historia como investigación del pasado. Es el tiempo el que nos relaciona con el pasado. Y esa relación que busca encontrar las huellas de nuestros difuntos, nos pone en una conversación entre el tiempo ido y el tiempo presente Las huellas del pasado permanecen como elementos que despiertan el desciframiento de algunas claves que la memoria guarda. Y de ahí sale el interés que los humanos tenemos por desvelar un pasado oculto, traerlo al presente y darle un significado definitorio. La Historia es el estudio del pasado, pero solo tiene sentido en un presente. La Historia es el trabajo del investigador, el historiador que busca y organiza las huellas dentro de un marco teórico; el presente le da sentido a lo histórico, pero el presente tiene también, como la Historia, su propio investigador y este es el sociólogo. Él trabaja el presente, busca catalogar sus defectos, estudia los sistemas, los movimientos sociales, las posiciones de los actores más allá de del sistema… La Historia y la sociología se encuentran en el punto más significativo que es el presente, ahí donde se le da valor al pasado. Pienso que este libro de Nelson Miranda toca el pasado-presente de un sistema, visto a través de la voz de un individuo que se desplaza en el tiempo y que su propio cuerpo contiene las prácticas y las improntas del sistema, de la sociedad, de la conciencia. Como Barnet, Miranda presta una voz a un subalterno. Crea desde la narratividad un relato que nos luce un testimonio, pues es la presencia del personaje en la acción social el que conduce el desarrollo argumental. El personaje realiza una homodiégesis en la que lo contado puede ser testificado, pues el actor estuvo allí. La expresión del investigador y la del personaje se confunden. Mirada sabe darle su espacio y no aparecer más allá que en el interlineado. El plan del sociólogo está en las mismas disposiciones textuales, en la primera mimesis, en el proyecto y en la segunda, el resultado estriba en el borrado de la voz del investigador, es ahí que entramos en el relato, en su entramado significativo. El sociólogo hace una obra para el presente. Tiende la cuerda hacia el pasado, hacia los años de la infancia, la juventud, la vejez… de ahí la historia plantea el crecimiento de un individuo; las complicaciones sociales, la violencia, la educación. Así como los elementos que la tradición deja en la sociedad como una herencia, las prácticas de la violencia, la familia; también las relaciones productivas y la forma cómo se articulan las relaciones sociales desde la familia hasta los grupos delincuenciales. Ese testimonio lo da una persona que ha pasado la mayor parte de su vida en las cárceles y en su voz encontramos las improntas de las transformaciones de Puerto Rico, aquellos movimientos sociales que han marcado el siglo veinte: el paso de una sociedad agraria a una de perfiles fabriles. El traslado del campo a la ciudad, la inmigración y cómo el desarrollismo ha revelado una sociedad de la dependencia en alianza con el mundo estadounidense. La lengua deja sus trazos. Se mezcla en el grano de la voz la forma jíbara del habla conjugada con la interferencia anglicada. El autor, sabiamente, ha dejado que esos rastros afloren en el texto y le da al relato un verismo que lo afianza en su propia realidad. Mientras la narración fluye mostrando la relación de ese actor como símbolo, como metáfora de un pasado, cual elemento que va hilando el tiempo y desvela los defectos del sistema penitenciario. Así la obra se abre al lector como un descubrimiento. El horizonte del lector desde la refiguración de una entrevista, en el relato homodiegético que pone en sordina la organización del investigador, integra la historia y el presente: El sistema penitenciario como cárcel del cuerpo, como lugar donde las almas en penas se consumen sin ninguna posibilidad de encontrar su paraíso. Ese paraíso que sería la tan cacareada reeducación del confinado, ese sueño que parece ser la libre comunidad. La palabra clave en el habla del confinado es “rehabilitación”. El prefijo re- significa volver. Es una vuelta, un cambio del que debe regresar a las sendas éticos-morales de la sociedad que lo ha exiliado. El confinado quiere retornar a vida, volver a ser aceptado por la comunidad que lo expatrió; quiere sentirse apreciado de nuevo y que sus errores hayan sido perdonados; quiere integrarse al mundo del trabajo, ser un ser “normal”, dejar atrás su pasado que queda inscrito en los libros de la infamia, en el record penal, en el papel de buena conducta. Por su parte, el término habilitación está íntimamente ligado a habilidad, posibilidad y hasta al origen mismo del homos habilis, del hombre capaza de hacer y de hacerse. La re-habilitación es, entonces, el pasaporte al presente. Haber dejado atrás el pasado delincuencial y encontrarse en el paraíso social. Muchas veces el confinado no encuentra ese paraíso. Se convierte en predicador de otra vida, de otra oportunidad más allá del paraíso terrenal de los “normales”. La voz del confinado que repite que la rehabilitación no es más que un fracaso es la voz de un ente que busca, a tientas, en la oscuridad del sistema, el camino que la sociedad le niega. Hasta ahí solo nos quedan las reformas. No puede la sociedad transformar el sistema carcelario, no puede reeducar en sus normas, ni para su normalidad. Las reformas son los movimientos en que el reconocimiento del problema se mueve y donde la política lanza sus dados para jugar una vez más, no para cambiar el sistema penitenciario, mientras miles de confinados esperan entrar a la “libre comunidad”. ¿En qué medida es libre y es comunitaria? En las mismas prisiones los ñetas establecen una comunidad de valores paralela. Ellos parecen homologar la “normalidad” de la sociedad y propulsar prácticas éticas que normalizan cierta manera de vivir y convivir en las cárceles. ¿Será que frente al fracaso en cambiar el sistema carcelario, los mismos que han delinquido presentan una alternativa? ¿Tal vez la “libre comunidad” deje de ser una panacea y la sociedad que los ñetas han establecida paralelamente, sea su propia sociedad, su propia libertad? El libro de Miranda nos presenta, desde esa voz testimonial, el origen y las vicisitudes de la Asociación ñeta. El tema de las prisiones tiene muchas telas que cortar. Y los administradores no hacen más que zurcir el traje viejo y gastado con el que van al casino de la política a lanzar sus dados y juegan a las reformas. Mientras allá adentro, la oscuridad de las celdas y los barrotes dejan muchas interrogantes sin contestar. Nelson Miranda es un investigador dedicado al tema carcelario. Así lo muestran sus investigaciones anteriores. Asimismo es un lector de obras narrativas y a través de la voz de este confinado nos narra parte de la historia del sistema penal y pone sobre el tapete una cuestión en el que la sociedad viene tratando de solucionar desde hace mucho tiempo. Resalta en esta obra cómo el hombre naufraga entre su educación, su medio y las normas que la sociedad le impone. ¿Es este personaje un ser signado por la maldad o las circunstancias le llevaron a delinquir? ¿Pudo el sistema judicial y carcelario reeducarlo, en las “normas” de la sociedad o simplemente vaga por más de cuatro décadas entre cárceles, fugas, amoríos, encuentros y desencuentros? ¿Se perdió su inocencia entre los expedientes, las defensas de los abogados y el mal trabajo de los oficiales socio-penales? ¿Se olvidó la sociedad de él y lo condenó para siempre? ¿Cuántos como el El Jíbaro se pierden sin la posibilidad de revertir su situación? ¿Es imposible que la sociedad perdone? El Jíbaro señala, al final de esta historia, que él se ha rehabilitado solo, y deja ver que el castigo ha sido suficiente; que los errores suyos y del sistema están ahí y deben ser cambiados. Espero, amigo lector o lectora, que esta obra te sirva, como me ha servido a mí, para conocer y comprender un poco más un problema cardinal de Puerto Rico de hoy, que tiene su origen en el tiempo y que con tanta sabiduría y vida vivida nos los presentan El Jíbaro y Nelson Miranda en este libro. Creo que este es un libro revelador, que más allá de los valores narrativos, más allá de la teoría que lo ligan al estudio de un pasado-presente, está el corazón de un hombre que pide ser perdonado. Al leer este libro, también tú pensarás, como yo, que todos deberíamos ser perdonados por haber dado la espalda a un problema tan importante como es el del sistema correccional.

Miguel Ángel Fornerín
Universidad de Puerto Rico en Cayey

lunes 11 de febrero de 2008

Giovanni Di Pietro

MUCHA ESPUMA Y POCO CHOCOLATE: REPÚBLICA DOMINICANA: EL MITO POLÍTICO DE LAS PALABRAS, DE ODALÍS G. PÉREZ


El amigo Odalís G. Pérez nos hace entrega --literalmente, pues nos lo puso en mano autografiado y todo-- de su último libro, República Dominicana: el mito político de las palabras (Manatí, 2004). Éste es un libro donde él repite la fórmula que estrenara en Nacionalismo y cultura en la República Dominicana (2003), la cual podría resumirse, en palabras sencillas, y que son suyas propias, en la supuesta oposición existente entre la “cultura-monumento” y la “cultura-movimiento”, o, como lo expresa más abiertamente, la “cultura desde arriba” y la “cultura desde abajo”.

Les recordamos a los lectores que, en su posición, Odalís acepta la segunda y rechaza la primera. Todo el libro del 2003 estaba dedicado a la elucidación de esa tesis. Aquí, en el presente libro, dicha tesis se encuentra sólo como trasfondo, y se supone que lo que él quiere hacer es profundizar la discusión y, más aún, brindar pruebas contundentes de lo que dice, o sea, pruebas acerca de la viabilidad de la “cultura desde abajo” y la total inutilidad de la otra cultura, la “desde arriba”. Se puntualizarían así ejemplos concretos tanto respecto a la una como a la otra.

Sin embargo, cuando abrimos este libro y emprendemos su lectura, nos encontramos con que, aparte de la discusión inicial, llamémosla “teórica”, en la primera parte, y una especie de conclusión bastante nebulosa en la quinta parte, donde Odalís nos engalana con sus sibilinos discursos semióticos de siempre, la reseña de un libro y la presentación de otro que siguen esa misma tónica, nada verdaderamente concreto se materializa como pruebas indiscutibles de sus aparentes fulgurantes nociones.

En efecto, cuando pasamos de la parte introductoria, con todo ese discurso supuestamente iconoclasta que atacaría la llamada “cultura-monumento” o “cultura desde arriba”, y creemos que ahora, por fin, nuestro amigo nos va a brindar las pruebas, nos va a nombrar en letras marcadas con su fuego vengador a los responsables de ese funesto bochorno que sería dicha cultura, he ahí que aparecen sólo dos nombres que deberían cargar con el pesado madero de todos los desmanes que en la literatura y la crítica dominicanas se han dado y siguen dándose “desde arriba”. Como reza el dicho, la montaña parió un ratón.

Entiendo yo que se explica, desde cierta perspectiva, que Odalís ataque la obra de Andrés L. Mateo, pues éste es un escritor e intelectual dominicano reputado “de primera” y prácticamente el representante más a la vista en las letras nacionales. Que a nuestro amigo no le agrade, y que eso sea porque Andrés formaría parte de la “cultura-monumento”, podemos entenderlo sin problema alguno. Es como decir que, al hacerlo, está atacando algo así como una institución, una determinada manera de ser y de actuar, y, de nuevo, toda una obra-- en la ensayística, en el periodismo y en la novelística. Hasta aquí se justifica, pues, aunque Odalís se niegue a verlo así, Andrés es alguien que tiene peso dentro del ambiente intelectual de su país.

Sin embargo, ¿qué decir cuando nuestro amigo pasa a la cuarta parte de su libro, “La miseria de la crítica literaria”? Ahí encontramos tres pesados ladrillos que le tira al desdichado Di Pietro. ¿Y por qué? Por éste haberse permitido poner por escrito, en forma de dos reseñas, sus opiniones acerca de La ideología rota y Nacionalismo y cultura en la República Dominicana. Nada más. Dedicarle tantos hirientes epítetos a un pobre infeliz que, como él mismo explica, es simplemente un fantoche creado por una “pandilla”, a un mal escritor, a una persona sin método ni preparación para opinar, a un aprovechador de premios literarios inmerecidos, etc., no tiene ningún sentido. Es, sin lugar a dudas, como querer matar a un mosquito disparándole con un cañón.

Porque, si a Andrés L. Mateo lo podemos considerar como una institución en el medio cultural y literario dominicano, no importa si perteneciente a la “cultura desde arriba”, según la tipología de Odalís, no es de ningún modo posible hacer lo mismo con Di Pietro. En efecto, en términos de la cultura y de la literatura dominicanas, éste prácticamente no existe. Ante la innegable y abarcadora presencia de Andrés, es un mero fantasma. No se entiende, pues, toda esa importancia que, a través de sus tres pesados ladrillos, Odalís insiste en brindarle.

Antes que nada, por ejemplo, nuestro pobre infeliz de Di Pietro nunca ha dicho que es un crítico literario ni jamás lo ha pretendido. Si alguna vez ha hecho uso de ese apelativo, fue como un simple expediente para salir de apuros. Es más, y que conste, en reiteradas ocasiones hasta se ha dado el lujo de mofarse de la misma crítica literaria, diciendo que nunca la lee porque la encuentra completamente aburrida. Y en su mente, no pocas veces afloró la peregrina idea de Oscar Wilde, que decía que, en fin de cuentas, el crítico es sólo un artista fracasado y, por ende, digno de la más profunda lástima a causa de su impotencia creativa. Precisamos, pues, que Di Pietro siempre ha dicho que es un “lector” y que, tras sus “lecturas”, le gusta poner en blanco y negro sus opiniones acerca de lo que ha leído. Que estas opiniones escritas no le gusten a Odalís, y con él a otros más, poco importa porque, a pesar de que Di Pietro las publique, siempre las escribe por puro deleite personal, y no para satisfacer el gusto de nadie.

Por consiguiente, que Odalís considere a Di Pietro uno de los representantes de la crítica literaria en la República Dominicana es un craso error y hasta una grave afrenta a los verdaderos críticos literarios del país. Si nuestro amigo quiere atacar a un crítico, que se busque a Diógenes Céspedes, a Manuel Matos Moquete, a Bruno Rosario Candelier o a José Alcántara Almánzar, los cuales sí se consideran críticos y se definen como tales.

O sea, que, al final, Odalís está dando palos a ciegas y contra un enemigo imaginario, pues, como es obvio y como decimos, Di Pietro no es ninguna institución en las letras nacionales. En efecto, no ve a sí mismo como tal, ni tampoco le interesa serlo en lo más mínimo. Lo que quiere decir que está contento con lo que es, un simple “lector” al cual le gusta leer libros, comentarlos y después, si se presenta la ocasión, publicar sus opiniones.

Por eso, carece de cualquier importancia decir, por ejemplo, que Di Pietro no tiene un método crítico. Muy por el contrario, lo tiene y siempre ha dicho que es el ecléctico. Para esa gente que toma la crítica literaria con tanta seriedad que hasta le causa problemas de estreñimiento crónico, éste, lo admitimos, es un método poco respetable, pero, al fin y al cabo, es un método tan válido como cualquier otro. No todo el mundo posee la capacidad o la inclinación para el método semiótico, que sería el que Odalís no sólo acepta, sino que considera el único viable. Al así actuar, todos los demás que no se atienen a ese método son automáticamente candidatos a la hoguera como resultado de una verdadera inquisición literaria y cultural.

Como quiera que sea, vamos a dejar atrás este discurso sobre los varios gustos en la crítica literaria y regresamos a lo que es el meollo de la posición de nuestro amigo.

Odalís sostiene que existe una “cultura desde abajo”. Dice que siempre ha estado ahí. También dice que está “en construcción”. Pero, bueno, si siempre ha estado ahí, ¿cómo es que, después de tantísimo tiempo, todavía estaría “en construcción”? ¿Será que ha estado ahí sólo “a medias”? Y, de hecho, así es. Si algo está “en construcción” es porque está “a medias” en su realización. Y, ya que pasó todo ese tiempo, ¿a qué se debe que esta “construcción” aún no se acabe? Pero aquí está el quid del asunto. Para él, el problema se encuentra en la “cultura-monumento”. Esta nefasta entidad opresora, construida por las élites reaccionarias --trujillistas, neotrujillistas, fascistas, neofascistas, liberales, neoliberales, nazis y neonazis, todos términos suyos--, se encarga, a través del dominio del Estado, de que esa cultura “en construcción” nunca termine de construirse. ¿Cómo? Ocupando todo el espacio social y asfixiando las legítimas aspiraciones de las masas, los excluidos, los marginados, los desheredados, los desposeídos o como quiera que, siguiendo sus preferencias, los llame.

Ahora bien, si existe una “cultura-monumento”, con sus escritores y sus obras, también tiene que existir una “cultura-movimiento”, con sus propios autores y sus propias obras representativas. Entonces, ¿cuáles son? ¿Dónde está la lista definitiva que separaría los buenos de los malos según este esquema maniqueísta? No está en La ideología rota. Tampoco está en Nacionalismo y cultura en la República Dominicana. Menos aún la encontramos en el presente libro. Por ningún lado vemos que Odalís se haya atrevido a elaborar dicha lista, para así cortar una vez y por todas el nudo gordiano del problema. Indudablemente, aquí y allá aparecen nombres y títulos que él suelta como prueba de lo que pretende. De modo que podemos decir que Manuel Núñez y Andrés L. Mateo están en la lista de los malos. También lo está el desdichado Di Pietro. ¿Céspedes? No lo está si nos llevamos de los libros, pero sí si conocemos la carta que Odalís le enviara a Areíto. Ahí, Céspedes aparece como el señor “de la boina” y un verdadero demonio de la falsedad humana. Estarán en esta lista los escritores trujillistas. Sin embargo, sorprende notar que Tomás Hernández Franco aparece en la lista de los buenos, parece que por su poema “Yelidá”. Prestol Castillo aparece en esa misma lista no tanto por El Masacre se pasa a pie, una buena novela, como por Pablo Mamá, que no vale mucho la pena. Y encontramos también a Ramón Francisco. ¿Por el libro de crítica Literatura 60? No, por La patria montonera, supuestamente un poema de la “cultura desde abajo”, pues describe los montoneros y otros presuntos desheredados de la tierra, y más específicamente porque nuestro amigo le ha dedicado todo un libro de crítica semiótica. Cabe preguntar si este poeta está de acuerdo con el reduccionismo crítico al cual fue sometido su poema.

Sin embargo, si existe cierta confusión con relación a quienes son los buenos y quienes los malos en la literatura dominicana, para Odalís existe la más amplia claridad con relación a los que estarían en la lista de los buenos cuando de historia y de cultura en general se trata. Para que seamos claros en este asunto, los santos a cuyos altares nuestro amigo quema incienso incesantemente son los siguientes: Silvio Torres-Saillant, el supuesto gran gurú dominicano del multiculturalismo en los Estados Unidos; Frank Moya Pons, autor de un destacado texto de historia dominicana, entre otras cosas; Roberto Cassá, el más importante historiador marxista del país; Franklin Franco Pichardo, analista de las ideas políticas dominicanas con tendencia hacia el centro-izquierda; Héctor Miolán, un autodenominado gestor cultural y ex miembro del MPD, ahora en gloria en Nueva York, donde elucubra por la Internet acerca de las virtudes del marxismo-postmodernismo; Miguel De Mena, sociólogo y escritor dominicano en gloria en Berlín; y, por fin, Néstor Rodríguez, ese aparente gran fenómeno de la crítica literaria actual, aunque tenga un solo libro del mismo tenor de los de Odalís publicado, profesor creo que en Toronto. Una última persona es Fidel Munnigh, considerado como un filósofo (en este país todos creen que un filósofo y un profesor de filosofía son la misma cosa), y al cual nuestro amigo le escribió el prólogo de un libro. La relación entre estos buenos y Odalís a veces es muy estrecha, como podemos ver en este último caso. A Silvio, por ejemplo, le debe la presentación de La ideología rota. A Miolán le debe una conferencia en Nueva York. O sea, que, en definitiva, cuando la investigamos muy de cerca, la pertenencia de esta gente a la lista de los buenos se revela bastante interesada.

A nosotros nos parece que reducirlo todo a este esquema maniqueísta es algo sencillamente inaceptable. Lo es porque, en fin de cuentas, dicho esquema nos llevaría a hacernos preguntas muy embarazosas, como por ejemplo: ¿Es Dante un escritor “desde arriba” o “desde abajo”? ¿Y Cervantes? ¿Y Goethe? ¿Y Milton? ¿Y Cavafis? ¿Y Montale? ¿Y T. S. Eliot? O, para ser más exactos, ¿cuáles poemas o trozos de poemas de los mencionados pertenecen a la “cultura-monumento” y cuáles a la “cultura-movimiento”? Si pasamos a los dominicanos, ocurre igual cosa. ¿Es Mieses Burgos de “arriba” o de “abajo”? Debería ser de “arriba”, pues trabajó para los Vicini, los cuales hacían negocios con Trujillo. ¿Hay poemas que se inspiran en la “cultura desde abajo”? ¿No? ¿Qué les parece ese poema que trata de Caamaño? ¿Y del Cabral, dónde lo situamos? ¿Es de “abajo” por su ridícula novela El presidente negro y su poesía negroide o es de “arriba” a causa del verbo individualista que saqueó de Krishnamurti? ¿Y qué hacemos con Pedro Mir? Tiene que ser de “abajo” porque fue marxista. Pero, ¿no le regaló una casa Balaguer? ¿Y qué de Silvio? ¿Es de “abajo” porque ataca a los intelectuales dominicanos o de “arriba” porque recibe un pingüe sueldo en Albany? ¿Cómo calificamos a Moya Pons, pasado funcionario estatal? Fue Homero de “arriba” porque describe la sociedad latifundista de la vieja Grecia y sus valores aristocráticos o de “abajo” porque cuestiona sus virtudes guerreras? Como podemos ver, con ese esquema nuestro amigo abre una tremenda caja de Pandora.

Odalís habla de los estudios interdisciplinarios. Esos estudios, que estaban muy de moda en los Estados Unidos hace unos años, ahora ya se encuentran prácticamente en desbandada. En las universidades, los departamentos de esa disciplina, al igual que los demás que tienen que ver con las humanidades, dejaron de crecer y se van a pique. En el caso de los estudios interdisciplinarios, es así esencialmente porque se estrellaron contra ese infranqueable arrecife que es el tipo de maniqueísmo propuesto en el discurso de nuestro amigo. O sea, hablaron demasiado de la “cultura desde arriba”, diciendo que era mala casi como la Gran Meretriz del Apocalipsis, y que, por consiguiente, había que extirparla como un tumor del alma de los hombres, como hablaron también demasiado de la “cultura desde abajo”, esa cándida paloma, una especie de Beatriz campesina, como la Dulcinea del desventurado don Alonso Quijano, la cual, al ser tan pulcra e inocente, había que afirmar y defender a toda costa. En otras palabras, los estudios interdisciplinarios lo vieron todo en términos antropológicos y a eso lo redujeron.

Ahora bien, si tomamos este esquema de la “cultura desde arriba” y la “cultura desde abajo” de Odalís, como retomado de los estudios interdisciplinarios (estudios que están muy cercanos al corazón de Silvio Torres-Saillant, por cierto), y lo aplicamos a la escena actual, hablando así de “cultura popular”, (o sea, “desde abajo”), podemos apreciar el hecho de que, de repente, se presenta una enorme dificultad. ¿En qué consiste la “cultura popular”, o sea, esa cultura que, con regocijo de Odalís y su gente, estaría en contacto con la gente y representaría sus más prístinas aspiraciones de redención social y espiritual? Consiste de la televisión, del cine, de las telenovelas, de los chismes de la farándula, de don Francisco, de Sábado Gigante, del Gordo de la Semana, del rap, del regettón, del perreo, del nintendo, de la pornografía, de la Internet y de muchas otras cosas afines. ¿Representan estas cosas la verdadera “cultura popular”, esa muy cacareada “cultura desde abajo” o “en construcción”? Por definición, deberían. Sin embargo, tan pronto observamos con detenimiento esas expresiones “populares”, advertimos que de ninguna forma o muy raras veces provienen y son una expresión genuina de la gente de abajo, del pueblo. Puede esa gente, ese pueblo, creérselo, sin duda; pero, no es así. Todas esas expresiones supuestamente populares provienen de conglomerados económicos que las sujetan, las inventan, las elaboran, las venden y las imponen. O sea, que esa supuesta “cultura popular” nada tiene que ver con el pueblo en sí, a menos que no sea para cogerlo de pendejo, como ocurre las veinticuatro horas del día y en todos los países, en la televisión, el cine, las discotecas, los periódicos, las revistas, la radio, la Internet y la misma literatura, a la cual se la define ahora como lite.

Además, si nos fijamos en este discurso, ¿dónde están la poesía, la filosofía, la novelística, el teatro y la cuentística populares, o sea, “desde abajo”? Es que la cultura popular que estamos esbozando, y que es esencialmente farándula en todos sus nefastos sentidos, rechaza tajantemente el signo escrito y lo sustituye por la imagen demoledora del espíritu rebelde en los seres humanos. A pesar de sus pretendidas raíces populares, la farándula es elitista en sus funciones, ya que reduce a la gente a un estado letárgico comatoso. El rap, el regettón, el perreo, la MTV, los Reality shows, cosas que se conforman tanto a la idea de una “cultura desde abajo” como la enuncia el amigo Odalís, no son sino la patética expresión de lo que el novelista Thomas Wolf definió hace tiempo como radical chic, o sea, “radicalismo de moda”. ¿Qué más elitista y decadente que un cantante de rap, por ejemplo? ¿Qué más falsos que el merengue y la bachata como ritmos internacionales? Pero, ¿qué podemos esperar de un tipo de cultura en la cual al cantautor Bob Morley se le considera un filósofo?

Por cierto, Odalís va a rechazar todo lo antedicho, y va a insistir que la “cultura desde abajo” o “cultura-movimiento” no es igual a la farándula. No tiene que serlo. Lo que importa es que, al seguir las pautas de su discurso, es ahí donde irrevocablemente se llega. Si eliminamos la definición de la cultura como signo y como pensamiento, lo que es la fatal consecuencia de ese discurso, no hay otra salida que la que hemos esbozado más arriba. Lamentablemente, lo fácil siempre se impone sobre lo difícil. En el mundo de hoy, como en el de siempre, al Estado le conviene tener un pueblo compuesto de seres humanos con la cabeza del tamaño de un guandúl, y de ninguna manera de seres humanos que defienden su individualidad, su libertad y su dignidad a través del esfuerzo mental y espiritual que requiere toda verdadera cultura.

Lo cual nos lleva --para terminar-- a otra observación importante-- la crisis de la cultura en nuestros tiempos. Esto es algo que, metido de lleno dentro de su posición maniqueísta y a lo sumo preocupado por definir quiénes son los buenos y quiénes los malos, Odalís no advierte en lo más mínimo.

Tradicionalmente, las clases altas monopolizaban la cultura. Primero la aristocracia y después, ya con el Renacimiento y más tarde con la Revolución francesa, las clases medias entendieron la cultura como poder y legitimación del poder político, y, además, como una forma de prolongarse en el tiempo, o sea, como una manera de alcanzar la inmortalidad a través de los monumentos (pirámides, templos, estatuas, palacios, jardines, poemas, tratados históricos y filosóficos, retratos al óleo, etc.), esto es, como un modo de asegurarse el recuerdo mediante la gloria. Es por eso que, en el pasado, siempre se habló de “la posteridad”, llegando casi a deificar ese concepto, pues era esa “posteridad” la que otorgaba dicha gloria.

Cuando habla de “cultura-monumento” y “cultura-movimiento”, el discurso de Odalís está inmerso todavía en ese mundo tradicional. El problema es que, desde nuestro punto de vista, ya ese mundo está casi en vía de extinción, gracias en gran medida al maniqueísmo del concepto exclusivamente antropológico de la cultura que encuentra resonancia en su tipo de discurso. Como resultado del auge de los medios de comunicación de masas, especialmente del cine, la televisión y ahora la Internet, desde 1960 en adelante se ha ido borrando cualquier noción de lo que es la cultura en términos de ideas y de sentimientos. A esta noción se le ha ido sustituyendo paulatinamente la otra noción de una cultura compuesta únicamente de la imagen y del sonido, con el añadido de la supremacía del concepto de la cantidad sobre el de la calidad. Por consiguiente, las clases pudientes, que otrora necesitaban la cultura para acaparar el poder o legitimarse en él, como también para darle sentido a la existencia humana, ahora no la necesitan, pues tienen a su alcance medios más poderosos, económicos y eficaces para hacerlo. La televisión, el cine, la música popular, los videos, los juegos de nintendo, la Internet-- todo eso les proporciona un indiscutible dominio sobre las masas. A la gente se le da acceso a estas cosas para que no desarrolle extrañas ideas, como esa de pensar por su propia cuenta, de cuestionar su sociedad o de buscar alternativas intelectual y espiritualmente más dignas en su vida. ¿No es todo esto cultura “desde abajo”, “cultura-movimiento”? Así se los hacen creer. Y, al no existir ya una cultura fuertemente anclada en el pensamiento y la crítica, en el individualismo a ultranza contra el Estado, la gente se lo cree. Las clases pudientes actuales tienen entendido que, al igual que en una vasta colonia de termitas, en este mundo todos somos consumidores, de arriba hacia abajo. ¿Hay que darle sentido a la vida? Simple: ¿Consumo? Ergo, existo. ¿Qué más se necesita saber? Tanto a Dios como al demonio los encontramos cada día de nuestra aburrida existencia en el supermercado y en el Shopping center. Y si estos lugares son virtuales, mejor aún.

¿Qué queremos decir con esto? Simplemente, que nuestro amigo Odalís está gastando su tiempo y sus energías en un discurso completamente desfasado. Ya no existen “arriba” o “abajo”, “monumento” o “movimiento”. Existe sólo el presente campo de batalla donde la cultura, esa cultura que es pensamiento y es sentimientos, tiene que defenderse de la insidiosa y profundamente inmoral barbarie de este mundo posmoderno.

Odalís, amigo, enlístate en esta trascendental batalla y no te pases toda una vida desperdiciando tu intelecto hablando de santos y demonios, como cualquier inquisidor de la Edad Media. Gente como tú, revisando un poco sus ideas y manera de ser, pueden contribuir mucho a que esa enorme marea de mediocridad y estupidez que es el mundo de hoy no se vuelque sin misericordia con su furia destructora sobre nosotros, destrozando y aniquilando así lo poco que los seres humanos han logrado construir en su triste y sangrienta historia-- su cultura, su civilización. Deja que el arado sepulte los huesos de los muertos, escribió William Blake en los proverbios de El matrimonio del Cielo y del Infierno. O sea: deja de pensar en el pasado y concéntrate en el presente, para crear así el verdadero futuro de la humanidad.

©Giovanni Di Pietro

(29/6/04)


THE FARMING OF BONES, DE EDWIDGE DANTICAT
TEORÍA DE LO ÉTNICO

[Giovanni Di Pietro]

Sin lugar a dudas, en los Estados Unidos lo étnico está in, o sea, está de moda. Basta con mirar al gran éxito que ha tenido Julia Álvarez con sus libros. Basta con mirar al éxito de muchos otros escritores-- Sandra Cisneros, Esmeralda Santiago, Ami Tan, Junot Díaz, etc., para darse cuenta de esto. Muchos de estos escritores son de origen suramericano. Los hay también centroamericanos y asiáticos. Faltaba sólo una etnia-- la haitiana. Y ésta ha llegado ahora, con los libros de Edwidge Danticat. Porque, en efecto, no todo es étnico en ese país. La literatura producida por las minorías ameroindias, por ejemplo, no es parte de lo étnico. Tampoco sería parte de lo étnico lo que podrían producir minorías provenientes de Europa. En otras palabras, en los Estados Unidos muy a menudo lo étnico tiene mucho que ver con las conveniencias políticas (politically correct, se dice) del momento. Son esas conveniencias políticas las que hacen de lo étnico algo aceptable y respetable.

Para nadie es un secreto que las minorías centro y suramericanas, como también las minorías asiáticas, han adquirido un enorme poder político y económico en estos últimos años en la sociedad norteamericana. Este poder hace que puedan imponer lo suyo como nunca antes. Y hace que todo el mundo, desde los grandes consorcios comerciales hasta las academias, se interesen en lo que producen. Puede ser comida típica, música o literatura, no importa. Si es rentable política y económicamente, estará in, estará de moda, y es, pues, rápidamente adoptada como parte del mainstream cultural prevaleciente.

Esto de ninguna manera quiere decir que a lo étnico le falte calidad o valor. Sin duda, tiene tanto una cosa como la otra. Los libros de Julia Álvarez, de Sandra Cisneros, de Esmeralda Santiago, de Ami Tan, etc., son cosas cuya calidad y cuyo valor están a la vista de todos. Pero esto no le resta al hecho de que pertenecen esencialmente a una moda. Y las modas, que conste, van y vienen, no son algo estable. Hubo un tiempo, por ejemplo, entre los años sesenta y setenta, en que lo étnico quería decir principalmente lo referido a la minoría de color. Esta era una minoría que adquiría cada día más cierto poder político y económico y que, por consiguiente, la sociedad tenía que tomar en cuenta. Y así se hizo. ¿Dónde está lo étnico de la minoría de color ahora? Prácticamente desapareció del mapa de las preocupaciones de la sociedad norteamericana, una parte absorbida en el mainstream tradicional, otra parte, simplemente rechazada, por haber perdido ya su viabilidad.

En el caso de Haití, toda esta situación cambia. No se puede, en verdad, hablar de una minoría haitiana que adquiere poder político y económico en los Estados Unidos. Ni tampoco se puede hablar en términos de una minoría en sí, ya que la comunidad haitiana en ese país es sumamente pequeña cuando la parangonamos con las minorías centro y suramericanas y las asiáticas. Para que lo étnico se aplique a esa minoría también, el juego tiene que ser otro al que hemos esbozado con relación a esas otras minorías. Y es, indudablemente, otro.

Como todos dicen y repiten hasta la saciedad, Haití es el país más pobre del Hemisferio Occidental. Los malos gobiernos y una serie interminable de catástrofes ecológicas lo han llevado a eso. Tiene un gran exceso de población. A diferencia de otros pueblos, a esas pobres almas que componen el pueblo haitiano no les ha sido posible la emigración. Lo que ha habido de emigración, ha sido casi exclusivamente hacia la República Dominicana. Otro país pobre, éste. Pero donde la pobreza no alcanza la miseria que es de Haití. Últimamente, los acontecimientos políticos han expuesto Haití a la atención internacional. Tropas de la ONU reestablecieron en el mando al padre Jean Bertrand Aristide, Presidente derrocado, y todavía sigue ahí una fuerza de paz. Haití es un país convulsionado en todos los sentidos. En un Occidente próspero y postmoderno, Haití es su conciencia. Si todo anda a las mil maravillas en este mundo neoliberal, ¿cómo es que ese país está como está? Si el mundo es ya un mundo próspero, ¿cómo es que los haitianos siguen siendo los olvidados de la tierra?

La falta de respuestas exactas a estas preguntas ha hecho que a ese mundo “alegre” de hoy se le pueda notar una tendencia hacia la mala conciencia. Haití es todo lo que ese mundo pretende que ya definitivamente dejó de existir. La miseria y los malos gobiernos, el desastre ecológico, la tragedia de la emigración de gentes pobres hacia los países ricos, la persistencia y hasta la intensificación de la discriminación y del racismo, etc., todo lo que el mundo postmoderno dice que se quedó en el pasado, habiéndose terminado con el mismo “fin de la historia” --y la historia humana, que se sepa, no es más que dolor--, lo encontramos vivo y palpitante en Haití. De ahí, la mala conciencia. Es la duda constante, en ese mundo “alegre”, de que, en efecto, la historia no ha llegado nada a ningún fin. Es la realización patente de que en este “mejor de los mundos posibles” del postmodernismo todavía se encuentra el dolor de un pueblo desamparado.

Ese otro juego de lo étnico en la sociedad norteamericana se encuentra aquí, en esta coyuntura. En ese país desarrollado, la mala conciencia hace que, por razones “humanitarias”, o sea, para acallar la voz oculta de la acusación en su contra, lo étnico termine por extenderse también ahí donde normalmente no se extendería nunca.

Ahora bien, este discurso no es válido solamente en el caso de Haití. Puede ser válido en el caso de cualquier otro país que se encuentre en similares circunstancias. Lo étnico --repetimos-- está in. Está de moda. Pero lo étnico puede estar in, puede estar de moda, hasta con los pueblos olvidados, si es que eso ayuda de alguna manera a ameliorar los embates de la mala conciencia. ¿No estuvo de moda lo étnico en el caso de Etiopía, durante la espantosa sequía, con su subsiguiente hecatombe en vidas humanas, a finales de los años ochenta? Y ahí se puso en movimiento toda la maquinaria farandulera norteamericana, elaborando lo étnico en esa melosa, y ahora del todo olvidada, canción-- We are the world, we are the children...” Pasada la crisis inmediata, ¿dónde fue a parar esa manifestación gigantesca de lo étnico? El olvido y la indiferencia se encargaron de sepultarla para siempre.

Esto explica, en parte, la presencia de esta novela de Edwidge Danticat, The Farming of Bones (Penguin Books, 1998). En la publicación de esta novela se movieron muchos actores, y éstos van desde Bernardo Vega, embajador dominicano en Washington, y Barnard College, el prestigioso colegio de la Universidad de Columbia, hasta Junot Díaz y Julia Álvarez. Una serie de gentes intermedias también tomaron parte para que la publicación se convirtiera en una realidad. El mismo hecho de que saliera publicada por Penguin Books, ya es algo que mueve a reflexión. O sea: con Haití bajo la mirada de la atención internacional, con Haití que levanta su dedo acusador en contra del mundo “alegre” postmoderno y su bella fábula del “fin de la historia”, esto es, del fin del dolor de los pobres, la mala conciencia, como es obvio, actuó rápido su mecanismo compensatorio. Si lo étnico está in, si está de moda, vamos a extender, por razones “humanitarias”, lo étnico también a Haití. Y he ahí cómo se aparece Edwidge Danticat con su novela, una historia de amor, de miseria, y, por junta, con el cuco ideal, el cuco de lo que el mundo era antes, mucho antes de la supuesta “perfección” de hoy, cuando la historia ya llegó a su fin-- es el cuco que se encuentra en Trujillo y su masacre de 1937. “Miren lo que ocurría antes. Miren lo que hacían las ideologías,” dice este discurso postmoderno. “Pero en el mundo de hoy, con el neoliberalismo globalizador, ya eso no ocurre.” Y no ocurre, según esta lógica, porque ya lo étnico está in, está de moda. Y lo étnico también se aplica, milagro del “humanitarismo” de ese mundo, a Haití.

Decimos esto porque, en fin de cuentas, como se colige de toda la gran fanfárria mercadológica que ha habido alrededor de este libro, no es verdad que esta obra de Danticat sea una gran cosa como novela. Es que se la escogió para llenar un vacío dentro del discurso de lo étnico. Como no hace mucho, por ejemplo, se escogió Drown, de Junot Díaz, por esas mismas razones, esta vez llegando hasta el absurdo de meterle medio millón de dólares en el bolsillo a su autor para que escribiera una novela. También en ese caso la gran fanfárria mercadológica ocultó la pobre calidad del producto. O sea, tanto en el caso de Danticat como en el de Junot, lo étnico se impuso por razones externas a lo que conforma la buena literatura. Por razones de política y de mercado, en el caso del escritor dominicano; por razones “humanitarias”, en el caso de Danticat. Y si podemos aceptar como normal el juego de lo étnico en el primer caso, creemos que hay algo fundamentalmente inmoral en el segundo. Inmoral, no porque lo étnico haya respaldado a una novela de muy modesta categoría; inmoral más bien porque, como hemos explicado, lo “humanitario” de lo étnico no es más que una manifestación de mala conciencia. Al serlo, al final no lleva a nada constructivo. Llevará solamente al olvido y a la indiferencia, como al olvido y a la indiferencia llevó en el caso de Etiopía.

En la historia del hombre, al ser expresado en una forma literaria, el dolor se impone sólo y cuando el resultado sea excelente en términos estéticos. El dolor no se impone a través de una moda. Tiene que ser a través de algo genuino y trascendental. Los grandes libros que cambiaron la historia, la cambiaron porque fueron grandes libros, y de ninguna manera porque estuvieran de moda. Lo étnico, con relación a la novela de Danticat, trata de imponer el dolor a través de una moda. Y eso no puede ser. Si The Farming of Bones fuera de verdad esa novela excelente que la fanfárria mercadológica dice que es, entonces bien, no existiese ningún problema. Sólo que, desgraciadamente, no es así. Se toma una novela de muy modesta categoría, y se le achaca la responsabilidad de representar lo que es el dolor de todo un pueblo. Al hacer esto, no resiste al peso que esa responsabilidad implica, y ese pueblo que está ahí representado en su dolor termina perdiéndolo todo. Si lo que estamos leyendo no vale la pena como obra válida, ¿valdrá la pena el mensaje de dolor que nos está tratando de comunicar? En la mayoría de los casos, se asume automáticamente que no lo valdrá.

LA COSECHA LITERARIA DE DANTICAT

¿Por qué decimos que The Farming of Bones es una novela de muy modesta categoría? Simplemente porque, al leerla con detenimiento, nos damos cuenta de varias cosas que no le funcionan a Danticat. Excepción hecha del protagonista central, Amabelle, y quizás también de Yves y uno que otro más de los personajes menores, los demás protagonistas de esta novela son creaciones extremadamente superficiales. Basta con mirar al personaje de Valencia, o al personaje de Pico, o al otro de Sebastien, por ejemplo, para saber en lo que estamos. Son personajes que no despegan nunca. Pico, en su crueldad, es un personaje borroso y de cartón. Así Valencia. Sebastien no pasa de ser el simple esbozo de un personaje romántico. Ocurre igual cosa con el personaje del doctor Javier. Es superficial el personaje de Papi.

Otro asunto negativo son las situaciones creadas por Danticat. Casi todas, a excepción de la descripción de la masacre de 1937 y cómo Amabelle e Yves la experimentan, son situaciones programadas que no dejan nada al juego narrativo en sí. Eso del accidente en el cual muere Joel, al inicio de la novela, por ejemplo, o eso de la reacción de Pico a ese accidente, como también eso de los mellizos de Valencia --uno blanco y el otro de tez oscura--, ¿qué son, sino situaciones programadas para que surtan ciertos efectos? Como es obvio, en esto se ve sólo la mano inexperta de una novelista principiante.

El manejo de los diálogos es uno de los elementos claves en cualquier novela buena. Aquí, en The Farming of Bones, por lo menos en su primera mitad, los diálogos tienden a ser aburridos e infantiles. Creemos que se debe a dos cosas. Primero, a la falta de experiencia de la novelista, y, segundo, posiblemente a la técnica que quiere emplear, la cual se supone que consistiría en reproducir al inglés las modalidades del habla creole. Un estudio lingüístico del texto podría aclarar este argumento, confirmándolo o hasta rechazándolo.

Esto de lo que es la primera y lo que es la segunda mitad de la novela de Danticat es importante. Al leer atentamente toda la novela, nos damos cuenta que su calidad mejora considerablemente ya al iniciarse el capítulo 28. Es, en efecto, como si estuviéramos leyendo dos clases de novelas-- la primera, sin ningún valor literario de que hablar; la segunda, con un valor literario loable. Esto se nota hasta en su nivel lingüístico. El lenguaje de la segunda mitad de la novela no es exactamente el mismo que encontramos en su primera mitad. En la primera mitad abunda la tendencia a reducir el habla creole al inglés; en la segunda, el inglés es la base misma del texto, y un inglés --añadimos-- bastante literario y lírico en su naturaleza. Que The Farming of Bones se divida en esa forma hace que fracase como una obra narrativa valida.

La tesis de la novela de Danticat es obvia. Trata de la igualdad que debería existir entre los dos pueblos cuya historia está narrando-- el pueblo haitiano y el dominicano. Se asume desde un principio --y el recuento de la masacre de 1937 será el eje de esto-- que son los dominicanos que no quieren aceptar como iguales a los haitianos. El dominicano sería el pueblo rico; el haitiano, el pobre. Ya que los dominicanos son ricos, son explotadores. La explotación es cruel. Y la crueldad no es más que racismo. Sin embargo, que conste, Danticat no introduce el tema del racismo en la novela. Podemos notar sus tenues rastros en el personaje de Pico, cuando rechaza su hija Rosalinda, de tez oscura, y le prefiere a Rafael, el blanquito que muere. Para Danticat se trata más bien de prejuicio y de discriminación por razones de pobreza.

Esta tesis de la igualdad entre los dos pueblos es --creemos-- muy sensata de parte de Danticat, aunque también un tanto parcializada. Antes que nada, no es verdad que el dominicano sea ese pueblo rico que se pretende que sea. Si de objetividad histórica se trata, sabemos que, en ese período, el pueblo dominicano era tan pobre como el haitiano y vivía, además, bajo una cruenta tiranía. En este sentido, pues, tanto el pobre haitiano como el pobre dominicano eran iguales en su indigencia. Admitimos que el pobre haitiano puede ser considerado como aún más pobre del dominicano. En fin de cuentas, ese pobre era un emigrante y se exponía a todos los vejámenes a los cuales son expuestos los emigrantes. Pero aquí estaríamos hablando esencialmente de grados de pobreza, y el hambre es hambre, no importa cuál sea su grado.

Que se quiera decir que había explotadores dominicanos, ya es otra cosa. Si decimos que éstos eran los ricos, entonces estaríamos en lo cierto. Y estaríamos en lo cierto al decir también que eran crueles explotadores. O sea: hay que distinguir. No podemos caer en un fácil maniqueísmo en el cual el malo es el dominicano y el bueno es el haitiano, algo que sí ocurre a lo largo y ancho de toda la novela. Hay dominicanos malos y dominicanos buenos, como también hay haitianos malos y haitianos buenos, pues está en los hombres ser una cosa u la otra, y ambos, dominicanos y haitianos son, indudablemente, hombres. ¿Acaso no es malo Tibon, en la novela, cuando le pega a un niño dominicano y le sigue pegando cada día porque no quiere decir lo que él quiere que diga, o sea, que los haitianos son iguales a los dominicanos? ¡Vaya manera de establecer la igualdad entre los dos pueblos!

Así que si Danticat está en lo cierto al no jugar la carta del racismo --por lo menos en esta novela--, no lo está en ese esquematismo que establece entre un pueblo bueno, el haitiano, y otro malo, el dominicano. O a lo mejor, si nos fijamos en la última parte de la novela, cuando Amabelle regresa donde Valencia y se encuentra con el hecho de que ésta no la trata como pensaba que la iba a tratar, como una hermana extraviada, entonces podemos acusar cierto racismo al revés-- los dominicanos no sirven porque no quieren ser nuestros hermanos. Son todos racistas por esta razón. Sin embargo, este discurso nos deja olvidar que, en verdad, estamos hablando de diferencias de clase, entre Valencia que es rica y aristocrática, y Amabelle que, por su inmensa desgracia, socialmente hablando, no existe. No es, pues, un discurso que explicaría tanto el racismo dominicano, como tampoco el racismo al revés haitiano.

En otras palabras, para evitar el maniqueísmo, siempre se hace inprescindible precisar las cosas, poniendo el punto sobre las ies. Es que el maniqueísmo no construye nada. No ayuda nunca a resolver problemas o a mitigar el dolor de la gente.

NACIONALISMO LIBERAL Y NACIONALISMO TRUJILLISTA

Pero ahí está la matanza de 1937, la cual habla por sí sola, con una elocuencia ominosa. La matanza se daría porque toda la cultura política dominicana la preparó, parece decir esta novela de Danticat. Y el gran culpable, desde el inicio, sería el nacionalismo dominicano. Por eso, el militar que lleva a cabo la matanza se llama Pico Duarte. Pico implica agresividad, como la de un gallo de pelea, por ejemplo; Duarte es una obvia referencia al nacionalismo dominicano en sí, el cual empezaría con Juan Pablo Duarte y los demás padres de la nación dominicana. El nacionalismo dominicano es violento con relación a Haití, es así cómo anda el discurso. Siempre lo ha sido. La nación Dominicana es antitética al muy sufrido pueblo haitiano. Entonces no se trata sólo del Generalísimo Trujillo; las cosas van más lejos, coenvuelven un rechazo a toda la cultura política dominicana. Es esa cultura política lo que hizo posible la matanza de 1937. Si no hubiera habido un nacionalismo dominicano, no habría ocurrido la matanza.

Este es un discurso simplista. Antes que nada, el nacionalismo dominicano original --no nos cansamos de repetirlo-- era de índole liberal y no tenía nada que ver con el nacionalismo estúpido de la tiranía de Trujillo. Que lo querramos o no, en la misma base de todo nacionalismo --inclusive del haitiano-- está el problema de la identidad cultural de un pueblo. Las naciones que tenemos surgieron de su lucha contra otras naciones opresoras. La República Dominicana surgió, pues, en oposición a Haití, o sea, luchando en contra de esa nación opresora para establecer su libertad, no importa las graves fallas que esa idea pudo haber contenido desde un principio. ¿Hubiera existido Haití como nación independiente sin recurrir al nacionalismo haitiano, lo cual hizo que el pueblo luchara contra Francia? Claro que no. Entonces, si esto es válido para Haití y lo es para las demás naciones, ¿por qué no puede serlo también para la República Dominicana? Cada cual defiende lo suyo. Hasta en este “alegre” mundo postmoderno globalizado, donde se supone que ya no deban de existir las naciones, encontramos naciones --los Estados Unidos, la Unión Europea, el Japón-- que defienden lo suyo a rajatabla.

La matanza de 1937 se debió a la mente desquiciada de un acomplejado como lo fue Trujillo y a la indoctrinación nacionalista que le impuso a los dominicanos para que aceptaran el endiosamiento de su figura como sinónimo de esa falsa patria que representaba. No se debió al pobre desgraciado dominicano que no tenía de qué comer, no podía ni siquiera salir de su país, y era triturado a diario por la represión y el terror en lugares como “la 40”, “el 9” y Nigua, para mencionar sólo algunos. De nuevo, hay que precisar las cosas y no caer en el maniqueísmo. Es maniqueísta decir que los dominicanos son responsables de lo que ocurrió en 1937. Los que son responsables son Trujillo y sus seguidores criminales, sin importar si estos últimos creyeran en la tiranía o simplemente se quedaran indiferentes ante ella; no es responsable todo un pueblo, ese pueblo cuya gran mayoría sufrió la represión y el terror en carne viva.

En otras palabras, de no haber habido un Trujillo, con su clase de nacionalismo estúpido, tampoco hubiera habido matanza. Culpar a toda la cultura política dominicana de lo que ocurrió es erróneo. En The Farming of the Bones, Danticat cae en este error tan común y, además, tan acomodaticio que hasta existen sectores políticos dominicanos, dentro y fuera del país, que lo hacen suyo. Que los dominicanos tienen que arreglar el asunto de su relación con Haití es más que evidente. Son dos pueblos hermanos, sí; pero lo son porque ambos sufren la miseria y el abandono producido por los “políticos bocones” (el término es de Andrés L. Mateo) de ambos lados de la frontera que, desde siempre, han preferido azuzar la discordia para aprovecharse y así llevar a cabo su propia agenda particular. Y esto, como es obvio, implica que les compete a los mismos haitianos arreglar su asunto con relación a la República Dominicana. La reciprocidad de intenciones sinceras acabaría con el maniqueísmo de un lado y con el falso nacionalismo del otro.

Sin embargo, Danticat no parece ver nada de esto en su novela. Por falta de experiencia como novelista y por prejuicios maniqueístas, hace que Valencia venga a significar la República Dominicana, blanca y pura, ya que es hija de Papi, un rico emigrante español (= la herencia hispana), y que es, por consiguiente, prejuiciada en contra de Amabelle, la pobre hermana indigente de tez negra, o sea, Haití, sirvienta en vez de ser libre e igual. Hace que Duarte (= el nacionalismo dominicano, la cultura política dominicana) sea un antihaitiano rabioso que causa y lleva a cabo la matanza de 1937, olvidándose convenientemente, claro está, de las diversas invasiones militares de la República Dominicana llevadas a cabo por Haití, con sus respectivas matanzas. Hace que el pueblo sea mulato (= la niña Rosalinda), pero que pretende ser blanco (= el niño Rafael), tratando así de eliminar lo negro (= la herencia africana). Y si existen dominicanos sensatos (= el doctor Javier), éstos son desplazados fácilmente por tipos malos como Pico (= ahora, el militarismo dominicano).

Con esta clase de procedimiento, de nuevo, no llegamos a nada. No gana Haití porque, a través de su novela esquemática, Danticat está manipulando el discurso y falsificándolo en parte; no gana la República Dominicana porque, el dominicano que lee esta novela, y se encuentra con personajes como Pico Duarte y con cosas como el tipo de discurso que se lleva a cabo, nada aprende del dolor de su vecino más cercano, y tampoco logra ver lo importante que es entender que entre su dolor y el dolor de su hermano haitiano no hay ninguna diferencia, ya que es el dolor de dos pueblos hambrientos y miserables, presas de tantos y tantos “politicos bocones” --nacionales e internacionales-- que los han llevado a ese callejón sin salida en que se encuentran viviendo desde largo tiempo en sus respectivas sufridas historias.

Concluimos diciendo, pues, que, a pesar de toda la gran fanfarria mercadológica norteamericana de lo étnico que lleva respaldándola detrás de sí, The Farming of Bones no es, todo sumado, esa gran cosa que se pretende. No lo es porque son pocos los méritos que tiene como una novela propiamente válida. Tampoco lo es, o no lo es aún más, por el discurso maniqueísta que desarrolla y que hemos tratado de trazar a lo largo de este análisis. Esto de ninguna manera quiere decir que Danticat no sirva como novelista. Por el contrario, juzgando a The Farming of Bones desde la perspectiva de su segunda mitad, creemos que tiene habilidades creativas y lingüísticas de sobras que muy posiblemente la llevarán a escribir cosas excelentes en el futuro. Ojalá que sean cosas más ponderadas en términos de su contenido ideológico y que, además, logren disociarse de lo étnico como medida “humanitaria”, ya que eso es algo indigno de cualquier pueblo, y en especial del pueblo de Haití que tanto ha sufrido y sigue sufriendo en este mundo a lo sumo injusto en el cual tenemos todos la desgracia de tener que vivir.

©Giovanni Di Pietro (22/6/00)